Apu, ¿y ese pinchito?

Martes, Julio 1, 2008 · 1 comentario

Si quieres comer un chuletón con una cerveza fresquita, no vayas a un restaurante indio.

Tenía antojo de coquinas con un vinito blanco frío, qué rico, pero un lunes ya de julio, escasean los bares abiertos. Ya me había pasado por la mañana con las ganas de comer pollo asado. ¿Y donde cenamos?
Al indio de Lasso de la Vega. Nos recibe un amable hindú, sin turbante, y sin bichas aparentemente por alrededor. Su espiritualidad le hace andar sosegado, sin alteración en el paso. ¿Me contagia?, en mi primer día de vacaciones aún es pronto para estar tan relajado, liberarme del estrés acumulado durante el año. Y tengo hambre, así que acelera Apu Panduri que ni dios, cualquiera de ellos, te salva de que te pegue un bocao.
Para empezar, mal andamos. Como Homer, sin cerveza pierdo la cabeza. No hay nada con alcohol. Aunque Asha Miró, bellísima aun sin su sari, me dice que te dejan traerlo de la calle. Si lo hubiéramos sabido antes me encajo allí con la litrona. Pero como dice mi madre, “si del cielo caen limones, hijo, a hacer limonada”. Pido una sin. La alternativa es una mezcla de yogur con leche de cabra, que se me adivina algo pesadote para una noche de esas de ola de calor, antes llamado verano.
Soy durito para esto de las experiencias exóticas, reconozco, viene de crianza. Mis padres en los bares son de gazpacho y caracoles. Ole. Pero me dejo llevar y poco a poco voy entrando en ambiente. Elegimos, mejor dicho, elige que no entiendo ni papa: pollo tikka masala, gambas korma, pan y mucho arroz blanco.
Ya no me importa que tarden horas en servir, tratan a la comida con mucho cariño, y me entretengo con lo que piden los recién llegados. Caigo en la cuenta de que no hemos reparado en elegir el nivel de picante, ‘no picca, picca o picca que te cagas’ que venía en la carta.
Espero que mi amigo Apu Panduri no se chive al cocinero de cuando he cogido la carta de la mesa de enfrente una vez retirada las nuestras y que él minuciosamente ha vuelto a poner en su sitio, meticuloso y tras echarme una mirada de reprobación casi parental, de las de “para que coges esto si sabes que no es tuyo”. Me veo abriendo la boca como los dragones pero al revés (inhalando aire en vez de exhalando fuego), y agitando la muñeca mientras estiro el otro brazo buscando mi sin caliente.
Nos sirven. En India, la comida que no tenga algún tipo de especia, por mínima que sea, es considerada un plato indigno. El arroz y el curry son sus pilares fundamentales. Y de eso nos vamos a hinchar. Como la sabia guía acompañante, mezclo el arroz con el pollo y la salsa. Impresionante. La torta de pan, que los vecinos llenan como si fuera un kebab, riquísima. Las gambas vienen con espinacas y un toque de yogur. Qué mezcla de sabores. Me siento un rajá con un precioso rubí.
Con el estómago lleno, todo se ve mejor. Al terminar, a mi particular Apu le faltan diez euros a devolverme. Pero ya nada es capaz de alterar mi karma, caigo en que acabo de empezar mis vacaciones y tras las disculpas de su majestad la tranquilidad interna, me despido. “Gracias, me ha tratado usted como a una vaca”.

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