Si recuerdas lo que te llevas de un viaje a una ciudad, igual de importante fue lo que dejaste.
Decenas de “what?” a todos los taxistas que hablan solos en chino, árabe o a saber qué mientras conducen a no sé cuántas millas por hora mientras saltan terraplenes, y miles de “excuse me” cuando la marea humana nos atropellaba por parar en seco en la quinta avenida.

Esto es un cangrejo frito, con patas y sin patatas
Dejamos dólares de sobra para que EEUU salga de la crisis. Facturas en restaurantes turcos, coreanos, italianos, hot dogs, alitas de pollo y aros de cebolla. Y en compras, desde decenas de camisetas a una guitarra que suena como tocada por ángeles rockeros.
Dejamos tranquilo a John Lennon, icono de la ciudad y de Central Park, donde asistimos respetuosos ante el círculo de Imagine pulido en el suelo que le homenajea en Strawberry Fields. Hasta que una gorda se tiró en lo alto. Y tranquila a la ardilla que, si se nos acercaba en el picnic, era por las fresas.

Dejamos miles de luces de noche en el puente de Brooklyn, que ríete tú de la portada de la feria de mi pueblo (alcalde, toma nota). Más luces en Broadway y noches chocolate en Times Square.

Dejamos miles de emanems tirados por el suelo en un mercado italiano al saltar por los aires la bolsa al abrirla. Y a un conserje del Metropolitan cabreado, porque, por lo visto, no se pueden comer emanems sentados delante de un cuadro de Velázquez ni de ningún otro, razón por la que me cabreé y quería llevarme una figura sumeria escondida en la pernera.
Dejamos pendiente en el MOMA cuál es nuestra sopa Campbells favorita y pendientes me quedaron aquellas salas en las que no entró la coreana a la que seguí. Lo que ella vio, a su ritmo, vi yo.
Dejamos a cientos de personas corriendo a todas horas, a las que no pudimos acompañar en pantalón corto por nuestra escasa aclimatación. El clima polar del aire acondicionado y los pronósticos de fuertes lluvias que desembocaron en la soleada playa de Coney Island.

Allí dejamos en el parque de atracciones a la mujer que cabía en la palma de una mano, a la vaca de dos cabezas y a la rata más grande del mundo que nos miró con una cara de castor que no se la quitaba nadie. Gorros de cowboy, caracoles en las rodillas y barcos hundidos. Nos llevamos un baño en el Atlántico, por el otro lado, agujetas y miradas expectantes por el foráneo juego de palas.

Dejamos ánimos de revancha en el Beer Pong en el Stumble Inn, un juego que consistía en acertar con una bola en cada uno de los nueve vasos de cerveza del contrario para que se los tomara de un trago y acabase cantando desde New Jersey al río Hudson vengo por toda la orilla.

Y dejamos menos colillas de las que esperábamos, porque no se puede fumar en ningún sitio salvo en la calle, justo donde está prohibido beber.
Dejamos expectantes a latinos y judíos en barrios de Billysburg en los que quizá pusimos la primera huella de un turista, que aún se preguntarán de dónde habían salido aquellos pavos que buscaban bares de rock; gritos de metal con pantalones ajustados y descubrimientos musicales como Your sister´s canary (el canario de tu hermana) en The Bitter End, primer bar donde asumí que si una guiri quería ligarme en la cola de los baños, iba a tener que hacerlo por señas porque mi inglés daba sólo para devolver sonrisas.

El gordo que cambiaba las letras, el mejón del mundo
Y dejamos un amor cada cinco minutos, a veces en menos de una canción. Y miradas, casi en número a rascacielos, a cientos de chicas de todos los colores porque, en Nueva York, el amor se alarga lo que dura un trayecto subterráneo.
Nos dejamos sin ver a Stevie Wonder, I just call to say I love you, a pesar de que Irene sabía donde vivía, “allí, en el no-ve-no-be”, ni la casa de Friends ni la de Seinfeld.
Dejamos en el salón a Manu y a Julita, para que nos cuenten algunos amaneceres más desde sus ventanales. Y una amiga en el Upper East, que más que papel de compañeros, hizo de D’Artagnan de mosqueteros. Nuevos amigos, de muchas naciones.
Dejamos pendiente la foto en la ONU con la bandera de España para cuando talen el arbusto que le han puesto delante. No recuerdo si nos dejamos algo más al volver, pero seguro que nos llevamos miles más. Hasta la próxima.

6 respuestas hasta el momento ↓
Vicentico // Martes, Agosto 25, 2009 a 12:22 pm |
Seguro que te has traído más de lo que has dejado. El paso del tiempo te dejará un sabor especial de esta ciudad mágica, única en el mundo.
Kangrejo // Martes, Agosto 25, 2009 a 5:07 pm |
Hostia ompai, pareceis un grupo de punk rock en la foto, muahaha…
Por cierto, eso del cangrejo frito me parece mu cruel… como los coja…
Alamedera // Martes, Agosto 25, 2009 a 10:22 pm |
Maravilloso todo lo que habéis dejado (salvo la rata gigante, no quiero ni un sólo detalle al respecto)
D’Artagnan // Miércoles, Agosto 26, 2009 a 2:00 am |
Se te olvidó poner Mac Carney en la paella!!!!! Me ha encantado!!! Está muy chulo y me sirve de diario, para recordarlo todo paso a paso. Espero poderte hundir más barcos pronto. Un beso. Valle y sus camisetas. muas muas y caracoles.
Herblay // Jueves, Agosto 27, 2009 a 12:13 pm |
Qué bueno verte de nuevo… ¡Qué envidia de viaje! Gracias por la crónica
Manu // Sábado, Septiembre 19, 2009 a 9:57 am |
Gran Antonio! La verdad que la foto es de grupo punk total. Abrzo.