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Francisco Ayala

Martes, Noviembre 3, 2009 · 5 comentarios

Descubrí quién era Francisco Ayala gracias al profesor de Literatura de la Universidad de Barcelona David Viñas. Hasta entonces, era uno de los nombres que se apilaban en una colección de libros verdes sobre escritores españoles a la que nunca había echado cuenta. Siguen apilados. Nunca he leído un libro suyo aunque alguna vez me atreví a empezar, pero me superaba. De hecho el profesor lo advertía en el libro que nos hizo coincidir a los tres por primera vez. “Toda la novela del siglo XX ya la había anticipado Ayala”. Su opinión estaba formada en que se había leído toda la teoria literaria del siglo XX y eso le bastaba para concluir que el análisis de Ayala sobre la creatividad literaria se anticipaba a los formalistas rusos; que aquello de reflejar las vivencias del autor en la obra, de la estética idealista de tradición alemana, Ayala ya lo había experimentado; que la polifonía, la multitud de voces en una novela que acuñó Umberto Eco, el escritor granadino ya lo anticipaba en 1947 e, incluso más sorprendente, me contó que Ayala pronunció una conferencia en 1929 en Nueva York y ya hablaba de la disputa entre las distintas teorías literarias cuando éstas, en España, no cuajaron hasta los años 60 gracias a teóricos como Dámaso Alonso.
Para un aficionado a la literatura, Ayala era un libro en sí mismo, vivo, abierto, y su longevidad, la calma para comprender que hay tiempo por delante. Si en 1929 ya estaba dando una conferencia en Nueva York y ahí seguía, no había por qué meterse prisa.
Pero la conversación con Viñas sobre Ayala no quedó ahí. Me contó que escribió sin muchas esperanzas a Ayala para comentarle su teoría de que era el gran maestro de la novela del siglo XX y que éste le contestó, casi avergonzado, humilde, para responderle que escribiera cuanto desease de su persona, no sólo si le ponía bien, también si veía errores en su obra. “Contestaba a todas las cartas”.
Luego de repente comenzó el circo sobre Ayala, como para desagraviar la injusticia del olvido. Fue vanal, todos sorprendidos por su edad y cómo mantenía su capacidad intelectual, como el libro de los récords. Dos manzanas, una cucharada de miel y un chupito de whisky antes de acostarse, decía él, cuando bromeaba en tercera persona diciendo que “estoy harto de Francisco Ayala”.
Algunos años llevábamos mi compañero de cultura y yo colgados con una necrológica a la que le salían telarañas y que cada cuanto actualizábamos con más premios y homenajes para el día que su corazón fallase no nos cogiera desprevenidos. La inhumanidad del oficio. Tuvimos que dejarle el encargo a otros porque ahí seguía, inmortal, cuando nos fuimos a otras empresas.
No podía contarle esto el día que le vi en persona, uno de esos en los que la Junta le hizo abandonar la comodidad de su casa para pasearlo por un teatro. Mi empresa tenía un encargo que él debía protagonizar y yo ejecutar. Se debatía entonces si en el Estatuto a esta comunidad la iban a llamar realidad nacional o no y estaban los gerifaltes interesados en que le preguntase.
Le observé durante más de una hora de fastos y galones, acechando con grabadora. Terminó el acto y Chaves le acompañaba, no era fácil acercarse. El lobo seguía esperando. Y en un momento en el que le dejaron solo, después de sentarlo en una mesa y ponerle por delante un plato de paella, me acerqué. “Buenos días, ¿puedo sentarme con usted?” “Sí, claro, joven”, dijo con voz tenue y acercándose un plato que se había ganado con creces y al que no le iba a quitar ni una gamba un intruso descarado. “Señor, soy periodista y quería hacerle una pregunta, si me permite”. Los ojos de Ayala me miraron conocedor de que allí había truco y paciente dio entrada a aquel imberbe de apenas un cuarto de siglo. “¿Quería saber qué le parece que Andalucía sea descrita en el Estatuto como realidad nacional?”, le pregunté con boli expectante sobre cuaderno de cuadritos a la espera de una contestación centenaria para la posteridad. “Hijo, ¿usted cree que a mi edad eso puede interesarme?” Lección de historia en toda la cara.
Pude haber titulado por ahí. Al fin y al cabo era una declaración y, en los tiempos que corren, incluso una exclusiva, pero preferí guardármelo para mí y no someterlo a las vacías interpretaciones del efímero periódico del día siguiente para que, en adelante, me sirviera para darle importancia a lo que tiene importancia y a lo que no lo tiene ni lo tendrá. Fue el legado de vida que, en vida, me dejó para siempre Francisco Ayala.

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Cumple

Miércoles, Octubre 28, 2009 · 4 comentarios

El viernes, a partir de las 22:30, estaré gustoso de invitar a unas cervecillas y lo que se tercie a quien quiera acompañarme en mi repentina llegada a la madurez. Lugar: Pub Merchant (calle Canalejas)

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El Día Que…

Lunes, Octubre 19, 2009 · 10 comentarios

Creo en los días de sentimientos colectivos. Percibo las mañanas en las que la gente está más contenta, o más triste. Las tardes en las que hay ganas de llegar pronto al refugio, y las otras en las que apetece alternar hasta la primera luz de la mañana. Las noches en las que todo da igual y allí sea ésta o aquel, que éste o aquella, cuando los locales son el escenario del baile. Las horas en las que todo el mundo tiene prisa por llegar adonde siempre y la masa hastiada que ese día nublado transita hacia el destino conocido, quizá frenando a otros que, ese día, tienen el biorritmo cambiado y chocan desesperados en sentido contrario perplejos ante la calma generalizada. Como aquellos que eligieron quedarse en casa el día en que, todos coinciden, fue el mejor. Los que consiguieron salir a por todas la noche que nadie salió y no tuvo con quien compartir la experiencia. Aquel que estuvo melancólico en el día mundial de la alegría, el que ríe cuando llueve o el que probó suerte en la discoteca con la estrecha en el día que todo apuntaba que…
Pero a quien no entiendo es a ti, me desconciertas. Te miro y pienso que ese día estás triste e intento sacarte una sonrisa de la cara, que consigo hasta que a los minutos vuelves a ensombrecer, y otros días, contagiarías la alegría sólo a quien te viera hasta que, de repente, las risas se apagan y enmudeces y salgo a la calle a comprobar las reacciones de la gente para saber en qué día nos encontramos, si acierto o me equivoco, si lo intento o desisto de una vez por todas, si eres de las que caminan pausadas o de las que chocan en la calle.
Vuelvo a ti, pero por mucho que intento afinar mi sentido de la orientación de las personas de este mundo, las agujas salen disparadas cada vez que te veo y marcan a la vez el norte y el sur. Sigo sin saber quién eres o cómo te encuentras, pero me he hecho a la idea. Es como si tuviera a un hombre con la extraña costumbre de pegarme todas los días con un paraguas en la cabeza. La primera vez te cabreas, la segunda piensas en apartarla, en el daño, la tercera estás precavido pero el golpe llega igual, la cuarta te preguntas por qué a ti y llega un momento en el que te acostumbras al paraguazo, de una forma mecánica.
Antes de dormir, al final del día, concluyo que tu corazón ya no está roto, está desorientado. Sucede que cuanto tienes enfrente a una persona que se interesa por ti, no te das cuenta, porque estás tan aturdida de los tambores arrítmicos de las anteriores relaciones que ya no escuchas una mierda. Ni un tic tac que sale del interior de quien está enfrente a quien las pulsaciones se le agolpan y está estremecido porque seguro que todos están escuchando los latidos que no puedes callar pero que no oye la sorda que tiene más cerca.
Quizá sea joven para ser maestro relojero y comprender tu mecanismo. Algún día quizá lo entienda, pero pueden haber pasado años y ya no me interese porque haya encontrado otra brújula más fiable. Quizá no seas de este mundo y por eso eres indescifrable. O quizá estás tan cansada que no te apetece imaginar qué. Seguiré queriendo verte los días alegres y los tristes, los días que dan igual y los que importan, las mañanas, las tardes y las noches, a todas horas, siendo testigo de las agujas del reloj. Mientras tanto me quedo dormido y pienso en el día que digas…

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Alegrías de Cádiz

Sábado, Octubre 17, 2009 · 6 comentarios

Tiri Ti Trán Tran Tran,
Tiri Ti Trán Tran,
Tiri Ti Trán Tran Tero Ay
Tiri Ti Trán Tran Tran Tran Tran

Todo empezó con el anuncio de un viaje, de vuelta a Madrid. Prometí tener preparado una compilación de canciones para el coche y que esas horas se les hiciesen más livianas a mis padres. Una vez listo el cd, hice otra copia y se la llevé a mis abuelos, esta mañana, sin preguntarme antes si iban a tener dispositivo donde escucharlo. No tenían, pero no hizo falta. Porque cuando comencé a enumerar lo que había grabado lamentándome de la ausencia de nuevas tecnologías en la casa, tiraron de experiencia de vida y me abrieron una puerta que nunca, jamás, querré cerrar.

Al principio sólo fueron susurros “cañones de artillería, y aunque me pongas en tu puerta cañones de artillería, tengo que pasar por ella, aunque me cueste la vida”, recitó mi abuelo por Pericón de Cádiz. Dice que se podrá olvidar de que compró esta mañana, pero no de las coplillas que le escuchó a su madre de pequeño cuando los vecinos echaban alhucema al brasero. Entonces cogió la guitarra y afinó cuerda. Y apareció mi tío pequeño. Y cuando llegó mi padre, mi abuela ya se había levantado del sofá, gitana guapa, y allí de dolores sólo había los de amores de los tanguillos.
Aquella era mi sangre, cantando y bailando, la sangre que corre por mis venas, gitano de nueva generación. Si una cámara hubiera estado grabando, habrían dicho “mira el guiri qué gracioso también cantando”, negando si dar fé si alguien les comentara que compartía genes de los artistas. Pero el espermatozoide vikingo llegó antes que el gitano y por mucho que me encajara mi sombrero, con sonrisa de oreja a oreja, me dejase la camisa abierta y me echase salivita en la ceja, daba el cante pintoresco en el cuadro flamenco de pieles olivas.
De aquella guitarra que mi abuelo tocaba cuando no bebía del vino blanco sacado de la garrafa y de aquel compás de mi abuela que se había quitado cincuenta años de zapateo en zapateo mientras se acompañaba del palilleo de sus dedos. “No te llames Francisco, llámate Antonio, porque Antonio era el nombre, de mi primer novio”.
Entonces un timbre rompió la magia, cuando mi tio ya iba “por las calles de la isla, las campanitas del Carmen, botijotes y boca de San Fernando, con vino chiclanero pa rociarlo, que maravilla, prima, que maravilla, que hasta a San Pedro le gustan las cañaillas”. Me cabreé con los nuevos tiempos, en los que he crecido y vivo, al pensar en la convivencia vecinal y el respeto al del tabique de al lado. El arte no puede entender de respeto. Noté a mi abuela preocupada, mirándose de reojo los zapatos lamentándose de la supuesta causa del alboroto y me dio pena de que la alegría tuviese remordimientos por ser alegre. Que me importara a mí que se sequen las salinas, mientras te tenga yo a ti.
Pensé en aquellos tiempos que la gente cantaba por las calles y en cómo nosotros, que somos llamada la sociedad, hemos apagado esas voces, que ya ni a los afiladores se les escucha. Hoy son locos o borrachos cuando se pasa por al lado y se dedica una mirada recelosa al que comparte una letrilla que a lo mejor es lo más bonito que se escucha en el día. Hoy día la gente no canta en voz alta, se limita a escuchar, cuando no sólo a oir sin que nada le apasione.
Pero al otro lado de la puerta no había una vecina en babuchas cabreada. Había un hombre mayor al que yo no conocía. Titirimundi. No sólo traía una sonrisa en la cara. También una guitarra y a un niño pequeño, de unos siete años, con un plato de chicharrones en la mano. Miré a la cara de mi abuela y vi a una niña paseando por la muralla real, con un genario en el pelo, que bien lo lleva.
Lo que vino después no soy capaz de escribirlo, quizá porque el tiempo se paró. El flamenco lleva la dureza y la pena, pero también la alegría, como nuestro propio ser. Pero se ha convertido en un lenguaje oficial, de políticos que lo sacan a relucir allende las fronteras en lujosos volúmenes encuadernados, perdiéndose en los cauces oficiales mientras el pueblo que lo engendró se aleja y pronto quizá incluso lo olvide porque nuestros mayores no pueden vivir para siempre. A mí no se me olvidará el día de hoy, porque cuando se entra por Cai por la bahía, se entra en el paraíso de la alegría, de la alegría niña, cuando se entra por Cai por la bahía.

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Las hormigaz odian el cinetube

Martes, Octubre 13, 2009 · 1 comentario

“Vengaz, vengaz, ahora que ze habrá dormío, que salga la avanzadilla de reconozimiento; si está todo en calma, atacamoz”.

No noté nada raro en casa cuando llegué tras una tarde alamedeando. Puse la tele, no me convenció nada, palomitas en el microondas y conecté el ordenador a ver una peli. Ellas no contaban con el parón a los 72 minutos. “Mayday, mayday, la operación ha fracazado, vuelta a caza”, empezarían a llamarse por móvil. Pero ya era tarde.
La cerveza bajó y cuando fui al baño en el intermedio ése desesperante, un batallón de hormigas planeaba invadir mi casa. Salían por todos lados y el reguero de vivaces cabecitas negras desfilaba por el cuarto, el pasillo, el salón y terminaba en la cocina, donde se agolpaban en una caja de pizza de la mañana. Repasé de nuevo el sendero y observé cómo iban por grupos transmitiéndose información para seguir avanzando. Las había pillado in fraganti y mejor les hubiera salido toparse con un oso hormiguero. Era el inicio del holocausto.
“¿Ezo que ze mueve qué ez lo que ez, un mamífero?” No sólo eso, era un mamífero con escoba. Planeé el plan de contraataque mientras un hormigueo me sacudía el cuerpo. Tenía la sensación de que corrían por mi espalda. Había que actuar rápido. Como soy un animal de sangre fría, dicen, empecé por el origen, de esta forma al comando que salió primero de expedición no le llegarían noticias de lo que estaba pasando en el puesto base, jajajjajaajja (reí sádicamente).
“¿Qué ozcuro ze ha puezto ezto ¿no? Oztiaz, ¡una ezcoba¡ Ataqué con la luz apagada para que no advirtiesen de mi presencia y cogerlas desprevenidas. Al darle de nuevo al interruptor, habían roto filas en el suelo, pero para mi sorpresa, muchas corrían palo arriba.
Ahora el que tiró la escoba y salió corriendo era yo, tenía que admitir que estaban mejor organizadas. Pensé en coger los objetos importantes de la casa, lo que había que salvar de un desastre natural –las chaquetas de NYC, el pelocho, la batidora que no he estrenado, los calzoncillos de la suerte, y un libro si daba tiempo- y pagarles el alquiler mensualmente fuera a ser que se cabreasen y me siguieran, pero al llegar a la puerta, caí en que me olvidaba de algo: la play y sus cables. Medité y tras minutos de reflexión, pensé un plan mejor con el que demostrar la supremacía del hombre, sobre todo, hombre cabreado.
“Viztoria, viztoria”, estarían celebrando con hormigaz en bikini y mendrugos de pan bañados en cerveza cuando vieron aparecer por el horizonte al ‘ezterminador’, el que iba a aniquilar la colonia armado con una fregona empapada. Con meneos de cadera al compás de la música del apocalipsis, las tropas iban cayendo sin compasión. Corrían sin rumbo, la cadena se había roto y en apenas segundos la batalla estaba librada. Tres fueron absueltas premeditadamente, para que volvieran de donde quisieran que viniesen y contasen a las nuevas generaciones que, en aquella casa, ni de coña se volvía a planear una incursión suicida.
Y con mi triunfal victoria sobre la madre naturaleza, y sin quitarme el cosquilleo que tenía por todo el cuerpo, volví a deleitarme con Pequeña Miss Sunshine. Necesitaba quitarme el ecologista remordimiento del crimen masivo, en fin, si alguna vez soy juzgado por un tribunal de hormigas, alegaré allanamiento de morada y defensa propia. “Ezte inzecto enorme es máz inteligente; no deberíamoz habernoz atrevido”, concluirán.

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La década enemiga

Domingo, Octubre 11, 2009 · 4 comentarios

El 22 de marzo de 2000 tenía 20 años. No sabíamos lo que era el euro. Yo era un universitario de segundo de Periodismo y ni siquiera intuía de qué iba eso, sumergido en la niebla de las llamadas asignaturas comunes. Aquel día, a las 22.00 horas, tocaron por última vez en Sevilla el mejor grupo de la historia del rock en español: Los Enemigos. No sé cómo la entrada de aquel concierto llegó viva, pero la conservé. La raspa de un pescado de ilustración, milquini de precio y el nombre de la sala, Salamandra, aún es legible.
Llevábamos nerviosos días, era nuestra primera vez en directo con aquellas canciones que nos habían acompañado en las borracheras y en las resacas, en las vivencias alegres y en las nostálgicas, a la hora de la ducha y a la de de fregar los platos, con una rubia o una morena al lado. Llegaba nuestro momento de ser partícipe de aquel momento. Días antes habíamos comprado el disco doble de despedida, camisetas y el ‘kit’ de concierto de rock, petaca y otros soportes endrogaínos recomendados. Tras el protocolo en casa ante el espejo, cogimos dirección calle Torneo con una botella de Johnny Walker.
Cientos de enemigos saltaban de un lado a otro la mediana de la avenida y toreaban a los coches, de la zona de botellona del paseo a pegar la oreja en la sala por si habían terminado los teloneros. Un par de cubatas y adentro. Si el aforo de aquella sala era de 500, casi se duplicaba, no había un hueco para respirar.
Los Enemigos salieron, tocaron dos horas y media y al terminar nadie seguía llevando la camiseta, a más de uno se lo llevaron de lipotimia y perdí a un amigo que al principio se ofreció a ir a la barra. Ni siquiera la tocó. La única diferencia en ese momento entre un alpinista del Everest y yo al terminar ese concierto era que él, al menos, habría podido moverse. Deshidratado, ronco y apestando a sudor de otros 500 correligionarios. Creo que Josele Santiago, el cantante, no llegó a verme.

El 9 de octubre de 2009 tenía 29 años. Acababa de salir del periódico y fui a sacar dinero para pagar las entradas. Los últimos euros de la cartera me los había gastado horas antes en una medicina para el estómago. No quería ni beber cerveza, y abortaron mi idea de pedir un trinaranjus en la barra. Josele viene a tocar en solitario, la avenida tiene el tráfico normal de un viernes en una gran ciudad y en la sala, ahora llamada Malandar, somos unos 50. Veo rostros conocidos, puede que a algunos de aquellas rutas enemigas, pero echo de menos a los míos de hace una década. El comprador de las entradas las reparte y tiene la deferencia de ofrecerme la 001, el día antes hemos llegado los primeros. Sigo mirando a la puerta esperando a la avalancha cuando Josele y sus Menudencias saltan al escenario, pero no llega.
Lo que vino después es difícil de contar. Apoyado y a veces sentado en la barra hemos cambiado el rock de la guitarra eléctrica por el rock´n´roll de la acústica. Tres canciones de perros y una par de peces. Y la de una pata de un ciempiés, qué puede hacer, aquella que quiere ser seguir su rumbo, pero tiene que hacer lo que ve a las demás hacer. Y Ole Papa, que se merece más que un blog.
Somos diferentes a los de hace diez años, pero aún nos retuerce por dentro un afilado punteo de los que antaño nos dejaban sordos. Es nuestro estilo, esa manera de vivir. El grito desgarrado de Josele cantándole al borracho de la calle ahora se ha vuelto más susurrante para que se le pueda escuchar su voz por encima de las guitarras. Ahora ellas entienden unas letras que a los salvajes de antes no les hacía falta, llegaban directas a las vísceras. La sala se eleva cuando se despide y vuelve para tocar uno de aquellos himnos, quizá la mejor canción compuesta jamás, y los fieles retroceden a algún momento de la vida pasada.
Al terminar, queremos firma. Y la entrada número 1, el primero. Aquella foto que se enconó hace diez años cuando la multitud se lo llevó, hoy es posible. Cuando estamos posando para ese momento histórico, para mí, Josele me mira preguntándose por qué no soy una tía, que aún no se le ha acercado ninguna, nada más que carrozas. Le miro comprensivo, pero le dirijo la mirada a la cámara y cuando salta el flash, se pone a mirar hacia abajo como si tuviera un perro pegado a la pata, la madre que lo… Vuelve a mirarme consciente de que se ha ido en ese momento, pero ya el fotógrafo anda en otra cosa. “Que te vaya muy bien”, le digo. ”A ti también”, responde.
josele y yo

La noche siguió ladrando y no fue hasta la vuelta, a escasas horas de volver al periódico, cuando caí en el destino de la entrada. Otra vez había vuelto a correr el riesgo de quedarse por cualquier esquina, pero de nuevo aguantó arremolinada en el pliego de un bolsillo de pantalón ajustado, como siempre. La estiré y fue a acompañar a todas las demás para que dentro de diez años pueda volver a ellas.

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Asesino en serie

Jueves, Octubre 8, 2009 · 1 comentario

De un tiempo a esta parte, la gente no me aguanta la mirada. Cuando digo la gente me refiero a los que pasan por la calle y cuando me refiero a los que pasan, lo que quiero decir es las que pasan. Las que pasan, pasan. El pulso de vista debería ser deporte olímpico, en mi opinión. Vas por la acera, estás a punto de cruzarte con alguien a quien no conoces ni probablemente nunca conocerás, tus ojos se dirigen a los suyos, la otra persona mantiene la mirada y si los dos sois buenos rivales, sin timidez, la secuencia termina a la altura de los hombros. Adiós. Un maestro se diferencia si, en el instante final, acompaña la jugada con una sonrisa. Chapeu¡ Son unos segundos a guardar en la memoria, con suerte, minutos.
Por eso últimamente me aburro tanto en mis caminatas, me quedo sin miradas y sin competición. ¿Qué vislumbran en mi persona? ¿Tendré un halo chungo? ¿Se adivinará en la sombra de la figura que se les aproxima el rostro mismo de la maldad concebida en varón? No lo entiendo, aunque en los últimos tiempos he notado en mí mismo una transformación, miro distinto, de otra forma, tengo ganas de darle un merecido a más de uno que está comprando todas las papeletas y no va a hacer falta ni rifa, y eso quizá se me intuya.
Así que me dispongo a encontrar una respuesta fácil a mis sospechas y lo más lógico me parece hacer el test: ¿te has convertido en un asesino en serie? para hallar el sentido a mi espontáneo furor de los últimos días, que ando más cabreado que un mono sin cacahuetes y a punto de la masacre global.
¿En qué piensas ahora mismo?, es la primera pregunta. En clavarle algo al que ha decidido que ésta sea la primera pregunta, relleno. Sigue. ¿Qué nombre te gustaría que te pusieran los periodistas? Hostia, pues molan el carnicero de Rostov o el monstruo de Kentucky, pero ya están cogíos, así que pienso en algo más cercano como Antoñito el desfibrilador, la Fuente Asesina, la Bestia Colorá o El Machote de la Macheta, pero ninguno me convence.
Mi terapia continúa en una página de un eminente científico americano, que dice que lea este caso detenidamente, intente encontrar una respuesta a la pregunta, y después mire el resultado al final. Probemos.

Una mujer, mientras asistía al funeral de su madre, se fijó en un hombre que no conocía. Pensó que ése era el hombre de su vida, tanto que se enamoró de él en aquel momento, pero no le pidió ni el nombre ni el teléfono y ya no pudo verlo de nuevo. Unos días más tarde esta mujer mató a su hermana.
PREGUNTA: ¿por qué la mató? (piensa un poco antes de responder). Cuando creas tener una respuesta sigue leyendo.
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^^^^^^ (Sigue pensando)
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^^^^^^ (ya falta menos)
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^^^^^^ (si te aburres Internet es un mundo lleno de posibilidades)
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^^^^^^ (vale)

RESPUESTA: Esperaba que el hombre apareciera de nuevo en el funeral de su hermana.

Si has respondido correctamente, piensas como un psicópata. Por lo visto, muchos asesinos en serie detenidos han participado en la prueba y han respondido correctamente.

Mierda, yo pensaba que la loba estaba desequilibrada porque nadie la miraba por la calle y se cargó a la hermana porque sospechaba que el maromo le estaba haciendo ojitos a ella. Por una parte me alegra no ser un asesino en serie, que tiene que ser muy cansao eso de levantarse por la mañana a buscar un afilador de cuchillos, pero por la otra, si tengo el instinto asesino a la altura del calcetín, sigo sin hallar una respuesta a mis desencuentros callejeros. Por cierto, si alguien ha acertado el test, espero no coincidir contigo en un ascensor durante un corte de luz. Pero si pasa, ¡ten la decencia de mirarme a los ojos cuando me estés acuchillando¡

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El último superviviente

Domingo, Octubre 4, 2009 · 1 comentario

A las 12.25 ya estoy sentado con mi cuaderno delante de la tele para tomar apuntes. Nunca se sabe si cualquier día te hallarás en medio de una selva tropical o de un desierto de arena y ahora qué, cómo carajo se sale. Mi madre se piensa que me ha salido una afición repentina por la cocina y que estoy cogiendo recetas, pero al ver la primera rata salta de un brinco del sofá y pregunta desde el pasillo “pero niño, ¿eso que es?” “Supervivencia, mamá, supervivencia”.
Será mi frustrada experiencia como boy scout salesiano en la que nada más que hacíamos cantar chorradas la que ahora me lleva de nuevo a interesarme por la vida salvaje. Y este programa de Cuatro se sale. Al tío lo dejan a saber dónde y que se busque la vida, con poco más que una navaja suiza y sin letreros de señalización.
Con el pavo éste he aprendido cosas importantes. Por ejemplo. Vale que en mi casa no hago la cama salvo cuando hay que cambiar las sábanas o, si están muy arremetías, antes de dormir. Pero si un día se me hace de noche en un paraje tropical, cojo cuatro palos, unas lianas y las hojas de una palmera y me hago un jergón que ni en Ikea. E importante: siempre a un metro del suelo para evitar los insectos y las serpientes. Y otra cosa: que no se te ocurra dejar una mano fuera porque cuenta la leyenda de la selva que un día uno se despertó con una boa constrictor que le llegaba al hombro. Así que todas las noches al dormir las manitas en la entrepierna, y mato dos pájaros de un tiro poniendo a salvo lo importante.
El programa de los bichos, como le llama mi madre, no sólo me ha enseñado a construir una balsa, a saber que si me meto en el fango lo mejor es no moverse para evitar hundirse (¿qué me hago un sudoku, pichita?) o a no ponerme en la cara una ortiga bicaria. Lo que me apasiona es que se puede comer de to, con lo mijita que yo soy. De moluscos, quitándole los intestinos, se comen crudos. Las arañas, pa dentro también. La boa de antes, el tío la cogió, le quitó la cabeza, la llevó un rato de bufanda y por la noche se la zampó sin mahonesa ni ná. Y cuando se vuelve loco es cuando ve a un ave de caza, que ahí me animo yo también porque se me vuelve a abrir el apetito. Hay que ser sigiloso y silencioso porque las aves corren y yo me extrapolo y me veo en el Carrefur con el taparrabos puesto dirigiéndome con cautela hacia el pollo empanao que viene ya envasado, que es lo más que en mi vida rutinaria, aventuro, voy a estar cerca de una experiencia así.
Todo siempre que esto no esté preparado. Porque si alguna vez me meto en la boca, por lo que sea, una tarántula pajarera gigante siguiendo el consejo del tío éste de que da mucha energía, espero que esto sea real y no diga cuando está a punto de coméserla “¡Corten, traedme el bocadillo de tortilla que esto no hay quien se lo meta en la boca¡”
Me sospecho que algo de producción existe, porque al nota se le ve siempre agobiao y el que tiene que pasarlo mal es el pavo que le acompaña con la cámara y que tiene que ser el tío que se pincha con tos los cactus, al que se le meten los escorpiones por las botas y el que se queda bajo la catarata cuando el pavo éste se quita de en medio subiendo por la liana.
Pero yo me quedo tan a gusto sabiendo que si un día me apetece agua al ir de camino al curro, no hace falta que entre en un bar. Me trepo el primer árbol que vea, subo hacia las hojas más húmedas de arriba, cojo un puñado y las machaco hasta que salgan tres gotitas que me sacien. Un euro que me ahorro. Lo malo es cómo llegaría mi camisa recien planchá, que es lo mismo que resuelve mi pragmática y poco aventurera madre cuando me ve viendo el programa.
Ella entiende lo justo de tácticas de supervivencia y le da igual lo que coma o deje de comer, de dónde consiga el agua o dónde y con qué víbora pase la noche, pero ahora, si se me mancho la ropa como el tío de la tele, por su casa que no pase. Si pongo un pie allí, no salgo vivo.

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Los niños del Rif

Jueves, Octubre 1, 2009 · 2 comentarios

En las ciudades de Marruecos hay niños en cada esquina. En torno al 60% de su población tiene menos de 20 años. Frente al envejecimiento de Europa, la juventud está en África y guste o no, ellos quieren vivir en el mundo de los lujos. Por lo que hemos visto hoy en Alhucemas, capital de la región más pobre del país, el pueblo marroquí nos adora y recibe como nosotros a aquellos americanos en los 60. Masas de niños. Un autobús nos lleva desde Rabat a esta ciudad que mira a través del mar la costa andaluza. Motril, dicen. Estamos tan cerca que la bandera española más lejana está a tan sólo 300 metros, en el Peñón de Alhucemas.
En esta ciudad se ven más velos que en la capital o en Casablanca. Dicen que se ha puesto de moda entre los jóvenes. En otros muchos que tapan toda la cara se adivina a mujeres mayores. En las teles de los bares, antes veían las cadenas españolas y ahora sintonizan Al Jazeera. El polvorín del radicalismo crece porque quieren las soluciones que su opíparo Gobierno no les da. La esperanza se las ofrece el Islam, la mezquita les cobija.
Los niños no paran de saludarnos, creo que pensando que somos un equipo de fútbol, alguien importantes, y corren detrás. Decenas de niños. Cuando bajamos y nos ven, se les borra de la cara la infantil ilusión. No somos ni los Iniesta o Messi de los estampados de sus carpetas colegiales, porque Marruecos es más del Barça.
Nos cuentan miembros de Unicef que la educación, los colegios, es la única manera de impedir que un día se convenzan de que cruzar el mar en una lancha de juguete es la mejor solución para ser alguien en la vida. O de que se enrolen en las mafias del narcotráfico que campan al otro lado de las montañas del Rif para que sólo los grandes jefes vivan como jeques gracias a los porritos de los occidentales. Educación y formación para que esos niños sean alguien en su país.
Una señora decía a una compañera periodista cuando visitamos un centro de salud con las últimas especialidades que ha financiado los impuestos de los andaluces: “Muy bien, pero aquí queremos trabajar”. Luego fuimos a un colegio de niños y nos miraban como lo que quieren ser. Alguien.
Una chica quería una foto con el presidente porque de mayor quiere ser periodista y Griñán nos sorprendió al decirle: “pues lo mejor es que te hagas la foto con ellos”. La acogimos y posamos, aunque no le contamos que allí sólo podrá trabajar en los medios oficiales, porque todos los medios son oficialistas, del rey. Mohammed el omnipresente, porque su cuadro está en todos los edificios públicos, hoteles y hasta en casas particulares.
Los corresponsales extranjeros no tienen mejor suerte. Nada más llegar les avisan de las tres líneas rojas que no deben pisar para evitar problemas o la expulsión: la Casa Real, la religión y el Sahara. Ahora viven con la certeza de que tienen pinchado los teléfonos y que unas chotas de policías los vigilan. Les acusan de instigar a un grupo de chavales que se negaron a seguir los preceptos del Corán, pero sólo fueron a cubrir la noticia.
Ajenos a las páginas que arden en las hogueras, la niña y todos los de su clase cantan al presidente, con algunas estrofas en castellano. Choukran o merçy. El árabe y el francés son sus idiomas oficiales y el inglés apenas lo hablan. Las maestras nos cuentan que los mocosos llevan semanas preparando el momento. Terminada la fiesta, recogemos y nos marchamos.
Los niños del Rif se quedan y algunos nos piden un saludo, un beso, tocarles las manos, la cabeza. El autobús deja a toda la delegación andaluza a la puerta del avión, como estrellas de rock. En sólo 40 minutos estaremos en nuestro mundo. Si nos hubieran acompañado y les viéramos desde las ventanillas, no hubiéramos podido marcharnos. Hay que volver.

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Everybody comes to Rick`s (salvo nosotros)

Martes, Septiembre 29, 2009 · Dejar un comentario

Hay veces, no muchas, que temes un día complicado, con salida a las seis de la mañana y, al final, se queda en nada. Porque si te toca una espera de más de tres horas hasta que te devuelvan al hotel de origen, más vale aprovecharlas. En esas horas muertas en Casablanca, lo mejor es ir a tomar café. Todo el mundo va al café de Rick, es el título original de la película. Y nos hemos puestos ciegos ante el aburrimiento que a ver quien nos duerme, pero hemos visto la ciudad lo mismo que los protagonistas del film, que se rodó en estudio salvo las escenas del aeropuerto. Como nosotros.
Porque la cita, una jornada comercial entre empresarios de ambas orillas, era en un macrocomplejo que estaba en la quinta puñeta de donde estarán los sitios visitables. Así que si me preguntan si he estado en Casablanca, diré que sí, pero que no pregunten más. Al estilo de Humphrey Bogart, que tampoco la visitó, dicen, aunque su imagen siempre quedara pegada a la ciudad.
El personaje de Bogart, Rick, debe elegir entre el amor y la virtud. Su dilema es ayudar a la pibita o no a escapar de Casablanca junto a su esposo, uno de los líderes de la resistencia, para que éste pueda continuar su lucha contra los nazis.
Mi dilema era diferente. Al menos hoy. Entre vender la enésima moto o tirar por escribir lo que me diera la gana sobre un encuentro donde todo es, en los discursos, maravilloso. Pero si les preguntas a los empresarios marroquíes, no se fían de los españoles y las fórmulas de “colaboración mixta”. Me van a tener que sacar del país vestido de morita.
Me reservo otras extrañas costumbres del lugar. La de pedir 8.000 euros al camión español que traía los carteles promocionales del evento, o el empresario marroquí que se descalzó en los aseos y se lavó allí los pies, sin complejos. O las extrañas relaciones con los medios, no sólo marroquíes. Una nueva fórmula del habla de mí aunque sea mal: No me critiques ni me adules, pero sácame. No sé que me pasa cuando veo a un empresario, pero se me afilan los colmillos. Como a ellos cuando cuadran cuentas y diseñan los despidos, pero no les falta dinero si se trata de rumbosos viajes y comitivas. Sólo que ellos, por mucho café que tomen, consiguen dormir tranquilos por la noche. Pero a mí hoy no me acuesta ni el tato.

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