Miki 1 – Rota 0

Tres días nos quedaban por delante en Roma. Y sólo un descampado separaba el hotel, a las afueras, del bar. La tentación llamaba y unos cuantos nos escabullimos de la “seguridad” del hotel a aventurarnos por la senda desconocida. Al final, el oasis y el primer desengaño: ¡Ron con limón para todos¡. No se estilaba el refresco y media rodaja con pepitas naufragaba en un vaso lleno de alcohol. Tomamos una y a la vuelta escuchamos los siseos en el campo de las bichas –que no eran sevillanas-.
Embutido en mis pantaloni fuimos a la Basílica de San Pietro in Vincoli, una iglesia pequeñita con unas estatuas gigantes de todos los apóstoles y en el centro, Jesús, más grande que ninguno. Y el Moisés, claro, mi primer experiencia con Miguel Ángel tras la frustación fiorentina. Molaba. Como la Plaza de Venecia, toda de mármol, o la de España, donde comimos latas de sardinas hasta que llegaron los carabineiri y nos echaron. Haciendo honor a la patria, nos fuimos a dormir la siesta a un jardín cercano, con muchos bustos, hasta que un niño romano se pegó un carajazo con la bici en el que se dejó todas las mueli.
El Templo de Venus estaba cerrado y nos desilusionamos, porque nos lo había recomendado el profe de Latín, Hipólito que se llamaba. El de Griego se llamaba Felipe, y era conocido porque su operación de riñón la retransmitieron por la tele local. Unas cuantas veces, como en todas las teles locales, en multidifusión.
El Anfiteatro también estaba en obras, escuché entre mis compañeros, a medio terminar. Años después, en la peli de Gladiator, ya estaba entero. Y allí nos pegaron la gran clavada romani, que se llama desde entonces. Íbamos de camino al bus y vimos a un nota con unos muñequitos que bailaban al son de la música. Vaya flipe. Sólo golpeabas un imán detrás del Miki en el altavoz del radiocasete y listo. A bailar. Eramos de Letras, claro, y no alcanzamos a comprender la imposibilidad del milagro: unos piernecitas de hilo no podían soportar la gravedad del cartón. Unos 20 roteños, a 500 pelas, le dejamos un dinerito al Walt Disney tirititero, entre mikis y minis, la parejita. Ni qué decir tiene que aquellos mikis nunca bailaron, por mucho que le dimos al imán contra el altavoz del autobús y alguno iluso aún lo intentó en casa.
Las penas había que ahogarlas y, tras comprar moneditas del Papa en el Vaticano, nos vinieron bien el negocio que tenían montado los jamaicanos en la Fontana de Trevi. En el Trastevere, comimos pizzas, sin queso ni tomate. Torta de pan con jamón serrano, todo seco, pizza de jamón según ellos. Ya estaba empezando a sospechar del mal fario de mis pantaloni, pero aquella noche fue la primera en la que dormí acompañado con presencia femenina. Reacios a volver a tomar colonia en el bar, montamos la fiestecita en el hotel.
Primero, fui a la habitación de dos amigas, pero al echarnos a dormir me tocó al lado la fea con novio con ganas de marcha, mientras la guapa tonta sin novio y proclamada tía más buena del Instituto, la venus, se me quedó lejos. Me marché a otro cuarto y ahí sí, dormí con una chica al lado. Y otros seis con otras cinco, doce en total en el cuarto, en dos camas juntas. Así que sólo había once cuerpos por en medio de la que me molaba, en la esquina opuesta a la mía. De lejos, estaba preciosa.

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