El malo del cuento

Si fuera actor y el director me dijera “pon cara de malo”, terminaría la secuencia y diría “vale ya está”, “oye, que ya está”, “eh, tú, que ya vale”, hasta que se diera cuenta de que no tiene más que hacer, que el de enfrente le dice con la mirada “de qué estás hablando, Joe”.
Ya de pequeño tenía el sambenito de travieso. Con unos años más, era el primero de la fila del grupo de colegas para entrar en las discotecas, con la avanzadilla en las peleas, pero el último para hablar con las madres a pedir permisos. Ni pata de palo ni parche en el ojo. Por la cara.
Un buen colega de la facultad, con el que no hablé el primer año y medio, me lo recuerda: “yo te iba a saludar antes, pero con esa cara de cabrón daba susto”. Es la que hay. Tiene sus ventajas, como tener dos asientos en el tren. Esta semana, la ida y la vuelta. Esperando que se siente alguien al lado para darle conversación que estoy tela de aburrido. Pero nadie se me ajunta.
Y es que por algo iba para picoleto, la careta la llevaba de fábrica. Como el chiste de los extraterrestres que se encuentran un tricornio, uno de ellos se lo pone y el amigo le pregunta, ¿qué tal?, “pues no sé, pero me están entrando unas ganas de meterte una hostia”.
Y como todos los lunes, sesión pepera. Arenas podría hacer de malo también en las pelis, por lo menos cuando me mira. Definitivamente, no le caigo bien. Estábamos con el cachondeo de por qué Telecinco le ha preguntado “qué le ha parecido el final de Bea la fea” (literal), y sobre el cachondeo que se trae el PP nacional, cuando le han recordado la de veces que se ha presentado ya a la Junta. “Diréis lo que queráis, pero a la sexta salgo”, bromea. “Sí, en el programa de Buenafuente”, digo. Pasa de mí como si fuera en el tren. Ya ni las cuento.
Pero bien, hablando de las vacaciones. Él va a Benahavís, que tiene una casita, y a Tarifa, pero si los niños aprueban. Chantajea a los zagales. He intentando preguntarle por si dan EpC, pero no me ha dejado meter el chascarrillo. Me tiene cogido el truco.
Dice que al chico es al que le va mejor, que tiene cuatro años, pero que ya los mayorcitos se le rebelan y le dicen que es un pesao, que le dejen ver a a Bea y se deje de monsergas. Imagino que será como la que nos suelta a nosotros los lunes. Javier, apágales la tele y leéles un cuento. Seguro que ya no hace falta que pongas cara de malo cuando riñes a los chiquillos.

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