Jau jipi japi

estos si son hippies buenos

“Tú es que eres muy hippie”. ¿Yoooo?, contestaba en la facultad. Los auténticos son los que he visto esta mañana en la playa. Aunque la pelambrera de ella chocaba bastante. Sería francesa, o portuguesa.
De las vacaciones de este verano descarto tajantemente los macrofestivales de música. This is the end a la etapa de fakir en tiendas de campaña descubriendo nuevas piedras cada noche. Un par de años fuimos a uno en Zambujeira do Mar, el Musica no coraçao.
La primera vez fue la mejor. Estábamos como en casa. Nada más llegar, nuestros vecinos en el camping eran de Cádiz, y tenían una mascota, una piedra atada a una cuerda, donde apagaban los porros. Grandes amigos de tres días. Lo de ligar lo llevábamos descartado por el tópico de las portuguesas, feas y con bigote, pero una vez allí vimos que la fama no era para tanto. En peores trincheras ha estado uno. Y me dije, españolas no, buitre no come alpiste, pero portuguesas…
Me vi bien con dos hippies, una de Lisboa y otra de Angola. Llegaba de los conciertos, ya de madrugada, y las pobres estaban intentando poner la caseta al lado de la mía. Caballero español, solícito ante la desesperación femenina en el bricolaje, me ofrecí a echarles un cable. Tres horas me dieron clavando piquetas y montando la tiendecita, que tenía todos los complementos. Hasta hall con ventanas. ¿Cómo me lo agradecieron? Unas galletitas, de las secas que también hay aquí.
Los inconvenientes matutinos de no encontrar gelito por ningún lado y del idioma nativo, “obradoiro” dábamos las gracias, se difuminaban en la comuna gaditana ante la esperanza de cazar fauna local, ya bien difundido mi encuentro nocturno.
“¿Están buenas?” “No sé, era de noche, una era rubia y otra morena”. “Para mí la rubia”. “Pero si no las visto”. “Da igual”. Carlos lo tenía claro. Aparte de cantar en las duchas, mixtas, el o sole mio y salir chupando cámara en la tele portuguesa cuando le preguntaron “¿Cómo está esto” y él dijo “esto está maravilloooozo”, Carlos tenía claro su objetivo en la expedición. “La música la escucho en casa cuando llegue”.
Por la noche, invitamos a las hippies a tomar unos cubatas calientes, no habían bebido whisky en su vida, y Carlos las convenció para ir los cuatro a los conciertos. Y todo parecía ir bien, muy bien, cuando nada más pasar la puerta de control del festival, donde las pulseritas, las raparigas vieron algo que les hizo saltar un motor interno y salir corriendo: eran unos notas disfrazados con sirenas en la cabeza que repartían algo gratis. ¿Qué eran? Condones. “Pero tio, pero tio”, me contagié de Carlos. “Eah, po vamo pa la tienda”, dijeron algo así las niñas, en portugués.
El amor, universal y libre. El Carlos, más ancho que alto y quemado de la playa que iluminaba como un fosforecente, no se había visto en otra igual. Qué coño, yo tampoco. Así que camino de vuelta otra vez para el camping, ellas delante y nosotros detrás en plan comandita, diciéndonos “macho, aquí sí que van rápido, ¿cómo dices que se llamaban?” mientras el Carlos me decía “para mi la rubia, eh, que ya me la pedí ayer”.
Hoy podría decir que yo ya sospechaba algo por el camino y no las tenía todas conmigo, pero no sería un relato fiel. Me comí enterita la película. Así que no pude hacer otra cosa que abrazar a Carlos y consolarnos cuando las niñas abrieron los candados de su tienda, montada con todo mi esfuerzo, y tras un rato dentro, no hubo comunicación con el exterior. Las carreras como posesas hacia los cachirulos no tenían por fin aquello de los ideales “paz, amor y libertad”, sino una explicación más mundana, cuanto que era únicamente económica.
¿Qué pasó con woodstok, el flower-power y, sobre todo, con el verano del amor? Sólo tenían en sus mentes el ahorro de pelas y pillar todos los preservativos que pudieran para cuando vieran a sus novios.
I-lusos, se nos llamaría en portugués.

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