Marmita bonita

El hambre que tengo yo por dentro / me hace andar muy lento / me hace comunicarme con gestos/ y no puedo leer los textos/ necesito comer algo/ aunque sea un cruasán/ hasta me conformo con una miga de pan (El Jarche)

Hoy es mi tercer día en ayuno. No es que vaya a la moda y me haya puesto en huelga de hambre por algo absurdo, como que el Cádiz se mantenga en Segunda, más bien achaco la culpa a unas fatídicas coquinas que comí la otra noche. La tía de mi amigo nos advirtió “¿te ha dicho el Noli si aquí las puedes pedir?, pues entonces no te quejes después”. Ando al borde de la inanición desde el viernes, con acuarios pa arriba y pa abajo, y con más hambre que el perro de Carpanta.
Antes de iniciar mi obligada dieta, nos reunimos los tres compañeros de piso de la facultad. Uno se marchó a Barcelona y allí sigue en una agencia de publicidad, y a nuestro encuentro se trajo a su nueva novia, a la que pusimos al día de nuestras experiencias académicas de aquellos años. Es lo mejor de renovar a las novias, las antiguas historias relucen como si fueran del día anterior. La chica quería agradar, se interesaba y hacía preguntas, un caramelito de público para los abuelos cebolleta.
Curiosamente, a las hazañas sentimentales, le seguían en jerarquía las gastronómicas, lo que es capaz de comer un universitario sin ablandársele el corazón. Mis padres me daban unas 4.000 pesetas semanales, así que descontando el tabaco, los cafelitos de media tarde en en el bar de enfrente de la facultad (el que estaba en medio de la espumita y el guirigay, ¡¡cómo no puedo acordarme si me he pasado media vida allí¡¡), las 200 pelas para apuntes, y las 2.500 para salir de copas, había que estirar unas mil pelas en el super, analizando las ofertas y sin dejarse atraer por las nuevas marcas y diseños coloridos, que yo soy muy de eso.
Con ese presupuesto, unido a nuestra destreza en la cocina, no era de extrañar que alguna semana sólo comiéramos bocadillos de atún. No obstante, recordé que si empezamos a comer mejor fue porque me fotocopié un libro de recetas fáciles, escrito por un estudiante de Periodismo de Navarra. Si él sobrevivió, nosotros podíamos conseguirlo. Venía desde el entrante de los espárragos con mahonesa, “abre el bote, quita el agua, sirve el contenido que quede y vierte la salsa encima” al arriesgado mundo del huevo frito y el aceite hirviendo. “No te amedrentes, la vida son dos días pero hay que comer”, recuerdo que empezaba la receta.
Una vez pasados los primeros sustos de que las viejas sartenes salieran ardiendo, me aficioné a cocinar algo de vez en cuando para sofocar los apetitos de mis compañeros. El día que me metía en la cocina, comprábamos una botella de vino para acompañar, y una barra de pan de las caras, no me acuerdo de qué clase pero con harina por encima. Las judías con bacon y la tortilla de patatas con queso fundido eran mi especialidad, y se celebraban en toda la calle Venecia. Con semejante festín, era tontería desperdiciarlo yendo a clase por la tarde, pegaba más una siesta.
Y una vez (en cuatro años) cocinamos pescado. Era el gran reto. A mi no me salía en mi librito nada más que calamares rebozados o gambas con mahonesa, pero el objetivo era comer pescado de verdad, del que lleva espinas. No estaba preparado para asumir la tarea, ¡no venía en mis hojas¡ Cogió el relevo mi compañero, le dimos más dinero del que contábamos, unas 400 pesetas o así, pero el esfuerzo lo valía, teníamos que comer sano. Salió camino de la pescadería, ese lugar inhóspito que recordábamos porque estaba enfrente del estanco, y volvió con tres caballas, una para cada uno.
Todo iba bien, hasta que mi compañero, más de la escuela de Arzak que de Adriá, se empeñó en que ese pescado, en concreto ése, se cocinaba sin limpiarlo. “¡Ningún pescado se cocina sin limpiarlo¡”, rebatí buscando entre mis hojas apoyo jurídico, una carta magna de la cocina que no encuaderné y me arrepentía. No pude contrarrestar su decisión pese a que nos llevaba a un destino macabro, pasar todo el día sin comer o, aún peor, tener que ir a comprar más y no poder salir ese fin de semana.
Ya habíamos experimentando todo en la cocina. Un domingo de hambre, cocinamos lo único que había, spaguetis, y el mundo se nos vino encima cuando comprobamos que nos habíamos pasado con la sal. Pensamos, ¿cuál puede ser la solución? Evidentemente, azúcar. Una cosa palía la otra. También una vez hicimos caracoles, más de tres kilos. Sólo uno sacó la cabeza, creo que para pedir que le diéramos más fuego y acabásemos ya con aquella tortura convertida en sopa de babas.
Así que cuando cerca de las cinco de la tarde, (las caballas se hacen a fuego lento), y ya con la botella de vino por el culín, probamos el pescado, apenas se notaba que el riñón y todas sus cosas de pez se habían esparcido por dentro. Mi compañero desistió, “es verdad, tenía que haberle dicho al pescadero que me lo limpiara”.
Menos mal que éramos de costa, porque si nos dan un ciervo nos comemos los cuernos. Ni siquiera se pudo solucionar con la táctica de mi compañero el hoy eminente publicista forrado de dinero, que era echarle ketchup a todo lo que saltara.
Pero hoy, casi una década después, hemos conseguido lo que entonces nos proponíamos como objetivo culinario, tener dinero para irnos de bares. Eso sí, cuando me recupere, porque ahora tengo tanta hambre que me comía la caballa acompañada de las coquinas y con los espaguetis por encima. Pero tengo que dejar descansar a mi estómago a prueba de bombas, que en San Sebastián me esperan unos pinchos y unos marmitakos para saltarse la dieta, ñam ñam…

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4 Respuestas a “Marmita bonita

  1. Pues ya te estás poniendo bueno que nos esperan unos zuritos, txakoli y unos POTES!!! Todo aderezado con un pokito de Jazz. aiba la ostia tú!

  2. No te pierdas a un grupo que se llama ‘Puerto Candelaria’. Los vi anoche en el concierto por el Día Nacional de Colombia y actúan como invitados la semana que viene en el Festival de Jazz de San Sebastián. Son de Medellín y muy divertidos. ¡Viva Colombia!

  3. Hola Fuentes! Dime cuándo estarás por San Sebastián, que igual podemos coincidir. Yo también voy… Mil besos

  4. ¿Pero en San Sebastián no hay cibers o qué? Me detengo en el olepapa antes de mis vacaciones y me encuentro con que llevas diez días desaparecido… Un poquito de más formalidad, hombre, que esto no es lo pactado!! Espero que hayas recopilado historias que compensen la sequía de estos días!!!

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