La vuelta al cole

“Conozco las sonrisas brillantes de las mañanas,
las tardes melladas, las desdentadas noches,
sé del aullar de gigantes en lumbres de aspa de molino,
sé del letargo de los sentidos entre el estruendo de monedas,
sé del néctar de las bocas y de su aliento en la nuca,
sé de las palabras inútiles como volutas de humo,
y de camas deshechas como lienzos desflorados,
sé de los bordes cortantes del canto herido, sé su demencial cordura
desconozco, sin embargo,
ese rostro vagamente familiar,
que me mira a cada instante…
desde el espejo”

Pues sí, ése soy yo, el que se refleja en los escaparates camino del curro, ya ni me acordaba de las calles. Un mes fuera es lo que tiene, pierdes la perspectiva, te pones delante del ordenador y dices “¿dónde coño está la ‘m’?” En los cursos de mecanografía del colegio me apunté a balonmano, y ahora no me han llamado para Pekin y escribo a dos dedos, eso sí, a 500 pulsaciones por segundo, de haber trabajado cuatro años en una agencia de noticias. Más que teclear pongo banderillas cuando me acelero. Dos dedos mu rectos y vámonos que nos vamos.
Para estrenarme, malas noticias. Recuerdo a Jerónimo Luna de haber hablado con él cuando se le complicaron las cosas al querer traerse a su cría de China. Preparo un reportaje sobre adopción internacional y lo llamo. Me lo coge una mujer y en un instante dos neuronas se conectan. Estaba de vacaciones y leí el diario, el nombre me sonaba pero no lo relacioné, “bueno, a saber de qué” pensé. Pero con el teléfono en la mano, se me heló el corazón, me vino un mal presentimiento, a veces pasa. Su mujer me confirmó que ese nombre pertenecía al vigilante jurado que mataron hace unas semanas en El Viso del Alcor. No le pude decir más, que era una gran persona, lo era.
De camino al periódico, todos los días, paso por la casa donde nacieron dos muertos. En poco menos de diez minutos, leo la placa dedicada a Joaquín Turina, músico, y al doblar la esquina la de Luis Cernuda, poeta. Si voy a la Alameda a tomar copas la de Bécquer. No somos nadie, algunos placas llenas de polvo. Voy a meter el rock y todos mis libros en una caja de zapatos. Me las llevaré adonde me lleven.
La vuelta al curro no es como la vuelta al cole, no estreno mochila, pero a medida que pasa la semana el ánimo se levanta, a pesar de que me han tocado diez días seguidos. Ayudan los amigos y las cervezas, da igual el orden porque no altera la borrachera.
Ya vestido de domingo, me acerco al Parlamento para el homenaje a otro póstumo insigne, Blas Infante. Los radicales de Nación Andaluza me confunden con un político en el control policial. Que no se confundan, les enseño la cartera y extiendo la mano para pedir limosna. No lo pillan. Me acerco, les digo que si no se está mejor en la playa y me presento como periodista. “Televisión manipulación”, me increpan. Paso de la rimas consonantes, una ciudad con tanta tradición literaria para nada.
Los entiendo tanto como el deporte que echan en la 2. Son los juegos olímpicos, en el país donde vio por primera vez el sol María, la chiquilla de Jerónimo. Mientras escribo la noticia de verano, ponen esgrima. Como van enmascarados no distingo al español y como traigo la cabeza llena de pajaritos, no sé si es andaluz. Encima se ponen a mariconear con los floretes y apenas se arrean. Vaya mosqueteros. “Venga, dale fuerte picha, tirásela a la cara”, intento contagiarme de la locutora que grita “vamos Pirri, bien, tocado doble, ¡¡que final más emocionante¡¡”. Sigo sin ver donde están las porterías. Me entero por el teletexto que ha ganado el bronce. Bien, Pirri, picha.
Y seguimos buscando culebrilla de verano, ese tema que te resuelve un agosto donde no pasa nada y por tanto de nada se escribe. Porque todo el mundo está en la playa y sólo quedamos periodistas y guiris en las ciudades. Si abro la nevera, me refresco, si la cierro, apenas reconozco la imagen del reflejo, me estoy poniendo amarillo de las luces del periódico. Te echo de menos, y a la playa.
 

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