Te echo de menos, Antonio

Todos nosotros estamos tan desesperados por sentir algo, cualquier cosa, que nos chocamos unos contra otros jodiéndonos el camino hasta el fin de los tiempos (Hank Moody)

Hay líneas que en un momento determinado convergen y van hacia un mismo punto, pero en la senda de la vida son más las otras, las divergentes, parten de un mismo punto y en el trayecto se van separando hasta que están tan lejos una de la otra que apenas recuerdan si alguna vez se tocaron. Un amigo, en noches de jackdaniels a palo seco, siempre desafina aquello de que “el amor es mentira y nos deja al final con las manos vacías”, que decía Chabela Vargas. El corazón es un pequeño tragón, y a veces necesita escupir para volver a coger aire.
En estos sofocantes días de agosto se echan de menos muchas cosas. Recuerdo cuando en mi barrio estaban abiertos los comercios, pero los tenderos se han ido de vacaciones y han colgado el cartel de “no hay tutía hasta septiembre”. Todos, hasta el chino, menos Juan el “ávaro”. Nunca me he fiado de su tenderete, un kiosko de feria donde cuelgan gusanitos y piruletas pederastas para captar a los chiquillos, pero la necesidad aprieta y no sé comer lentejas sin pan.
“Una viena, agua de litro y esas patatas”, pido a una Lolita bielorrusa que ha puesto el Juan de reclamo, se las sabe todas. Normal que los obreros se arremolinen frente a la tienducha. Nunca se han comido tan a gusto el bocadillo de las dos de la tarde, seducidos por unos ojos azules que se clavan directamente en la médula ósea. La chica estará mas familiarizada con el rublo que con el euro y le pide mi cuenta al viejete. “Uno sesenta, dos sesenta, tres euros”, redondea de memoria y alarga la mano. Para que nos vamos a andar con tonterías de decimales.
“A cuánto está el agua”, repongo con media sonrisa, estafado sí pero sin resignarme. “Pues la de litro y medio más barata que la de dos litros, que es la que te he puesto”. “¿Y si me llevo las patas fritas sin el jamón?”, aprieto. El viejete no se ha pasado media vida en la tienda para cháchara. “Vale lo mismo, son tres euros en total”, defensa numantina. “Pues no me llevo el pan”. Jaque mate y 20 céntimos de vuelta.
Puede ser una ínfima victoria sobre la injusticia que no se escribirá en los libros de historia, puede ser que los picos no le peguen a las lentejas, y puede ser que la bella princesa ex soviética no se enterase de mi triunfo sobre su sombrío guardián, pero sé que mi tendero oficial, Antonio, estaría orgulloso de mí desde su merecido reposo en la playa.
Él, que me pone los huevos de su gallina, que me deja fiado si no llevo suelto, que una vez me invitó a un botellín que estorbaba para cerrar la nevera, él, que me hace las cuentas con su boli en papel de estraza y la repasa dos veces con los dedos, sabe que nunca le seré infiel porque mi historia con el tendero alternativo no tiene más miga, comenzó y terminó en el mismo punto.
Se acabó. Los finales felices tienen mala fama, pero existen y son tan verdaderos como los tristes. Cuando una persona no está a la altura o la caga, supongo que tarde o temprano tienes que decirle que te jodan o mandarla a la mierda. Se le llama desencanto y eso no tiene precio.

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Una respuesta a “Te echo de menos, Antonio

  1. no nadamas te kieria decir ke eres un pinche mentiroso porke no vienen nada de ejemplos

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