Te quiero verde

De cómo ir a moderar una conferencia sobre medio ambiente y contar tu vida a una indefensa audiencia.

Los pobres chavales no podían salir de la sala, aunque nadie había echado el pestillo de la puerta. Es lo que tiene ser estudiante, te matriculas a unos cursos para sacar unos créditos, pero no puedes elegir a los ponentes, y aún menos al moderador de la mesa redonda. El año pasado me porté bien, serio y formalito, en mi guión, pero es lo que pasa cuando conoces el hábitat, que te vienes arriba. Me movía como pez en el agua en el Palacio de Los Briones, sin premio, de Carmona.
La primera vez me figuraba que iba a ser en una sala grande con cortinas, la mesa con micrófonos y centenares de cabecitas abajo e iba con un poco de canguelo y dispuesto a imaginarme a todo el mundo desnudo. Pero allí esperaban 20 corderillos sin prisa dispuestos a tragarse lo que le echaran, de vez en cuando echando cuenta y poniendo cara de “uy que interesante” y el mayor tiempo pensando en sus cosas o echando miraditas de soslayo al bollicao del pupitre de al lado. Los tabarras que me tocaron entonces pegaron el coñazo padre a saber de qué y servidor se mimetizó con los alumnos, “sí sí sí sí que sí” a todo, termina, coge el talón y hasta luego si te he visto, ni me acuerdo.
Esta vez he estado más integrado con el entorno. Los ponentes me la seguían sudando como el año anterior, como el tema de la mesa Economía y cambio climático, y sólo me he fijado en el talón, todo correcto. Pero a una conferencia a las 9 de la mañana hay que darle un poco de vidilla y llevaba preparado unos chascarrillos que me hubiera envenenado si no los suelto.
Desde el primer momento me vi bien, en plan profe, saludando a los chiquillos, interesándome por lo que estudiaban y engañándolos con lo que me importaba el tema a debate, a la espera de que los ponentes se terminaran el carajillo en el bar de enfrente. Incluso a los de la fila de atrás los eché para adelante, que era una cosa que me daba mucho coraje en mis tiempos.
Así que con todo el mundo ya presente, el organizador me presenta, o más bien me recita una loa, porque ni yo mismo me reconozco, “una gran promesa ya realidad del periodismo andaluz”. Ni mi abuela lo hubiera hecho mejor.
Ahora, tiene su incoveniente el halago, porque me crezco y someto a los chavalillos a un par de reflexiones espontáneas sobre los entresijos del oficio, la dureza de los horarios, la lidia con los políticos, la responsabilidad social, la objetividad que es como el punto G, todo aderezado con un poco de romanticismo de poeta de bar, total, que me doy cuenta al rato de que no he venido a hablar de mí, miro el título de la ponencia e introduzco al primero.
El catedratico de Economía Aplicada no está mi nivel didáctico, no hay feeling con el público, de esto entiendo. El mundo académico vive… en otro mundo. Tanto, que el tío se cree que detrás están saliendo sus diapositivas y han puesto un bloc delante del proyector. Moderador atento, me doy cuenta, “¡¡alto¡¡, lo siento profe, pero es que ve menos que una polla metía en un trapo”, acierto a decir más o menos, quizá no literal, y eso es lo que los asistentes esperan y agradecen, los fallos. El pesao continúa y la gente no echa cuenta, lo noto, principalmente observan al atractivo moderador y lo bien planchada que lleva la camisa.
Yo pienso en ellos, chavales en la flor de la vida perdiendo el tiempo, sobre todo una con camiseta verde de la segunda fila que podría estar dedicándose a muchas otras cosas que me estoy imaginando y que juega a echarle miraditas al moderador y a enredarse el pelo y veras tú con la hipi y bueno que me distraigo y el cansino éste que termina, aplausos y al siguiente.
Éste se lo trae mejor preparado, fue el fichaje de Llamazares en las últimas elecciones, el número 2 de IU en Madrid, y le molesta que se lo recuerden porque él es un sindicalista muy íntegro, como si eso existiera. Es el típico ponente de cambio climático: todos vamos a morir ahogados por el crecimiento de los océanos mientras los lagos del Chad se secan. Ante tanto dramatismo, ¿qué puedo añadir?. “Fijaros cómo influye el cambio climático que yo hace siete años era moreno”, risas y a la de verde, ecologista ella, se le hace agua, de esto entiendo.
Y para terminar, que llevamos ya hora y media, el último ponente que comienza “a mi me ha encantado siempre plantar árboles, así que monté una empresa para eso, para que me llamaran a plantar árboles”. Sin comentarios, no le voy a preguntar si ya es millonario, si ha entrado en bolsa o está en la lista Forbes, porque probablemente me responda que el móvil todavía no le ha sonado pero que es de la batería. Por Dios, hijo mío, a mí de chico me gustaban las chapas y no me hice chapero. Éste se me ha puesto nervioso, normal, todo el día rodeado de arbustos no está acostumbrado a seres con ojos, pero me porto bien, no parece mal tío y le digo que su empresa es un ejemplo de eficiencia sostenible, que es un remiendo que vale para todo en esto del medio ambiente, y el hombre lo agradece.
Turno de preguntas. Como sé que nadie se va a lanzar, un clásico, vamos a meternos con los americanos que son los malos malisimos que les importa un pimiento el protocolo de Kioto y el efecto invernadero, y otro, qué podemos hacer como sujetos individuales de un hombre un plátano para luchar contra el cambio climático.
Respuestas trilladas, aplausos y fin de fiesta, “oye que ya te llamo”, “aquí tienes un amigo para lo que necesites”, no se acerca ni cristo y la de verde, fiera universitaria enjaulada, que se marcha sin pedir autógrafos ni bises ni nada a la siguiente ponencia, donde el moderador será alguien con estudios que entiende de lo que se habla y no le seguirá el juego de las miraditas.
Yo cojo mi camino de vuelta, con mis eurillos en el bolsillo, intentando recordar si alguna vez fui a un cursillo de éstos y de qué iba, sin que me hubiera influenciado ni una de las miles de palabras vacías que se habían pronunciado en las dos últimas horas. Porque sólo hay un rincón en este mundo a salvo del cambio climático, la universidad, donde los billetes siguen siendo verdes y todo sigue y seguirá como siempre.

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Una respuesta a “Te quiero verde

  1. Ese intento de ligarte a la Greenpeace fracasó, toda una pena. Quizás no acertaste con la camisa.

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