Escritor vinagre

Allá donde palpe, encuentro un boli. ¿Era esto con lo que soñaba?

“Coge el teléfono, niñato”, pensé la cuarta vez que me saltó el contestador de mi colega. Pasaba por delante de su casa sobre las doce de la mañana, fantástica hora para cerveza y aceitunas. Él me llamó la semana pasada y yo le contesté por quinta vez consecutiva: “estoy escribiendo”. Si me paro a reflexionar, que últimamente me está dando más de lo acostumbrado, pudiera concluir que me dedico única y casi exclusivamente a juntar letras, unas veces con más atino que otras. “Tienes manos de niña”, describen más que ofenden mis amigos, a los que les adivino cierta curiosidad por conocer cómo puede ganarse alguien la vida sin levantarse antes de las siete y sin saber qué coño es un palaustre.
Escribir, como oficio. “Incluso un simple telegrama debe plantearle preocupaciones estilísticas a un escritor”, me decía Felipe Benítez Reyes en una entrevista para un trabajo de la facu. Era tercero de carrera y la recupero entre mis papeles perdidos buscando unas entradas a un concierto que me gustaría llevar en mi nueva cartera, de Los Suaves. El trabajillo me sirve para examinar si progreso adecuadamente, como en el cole. Es una entrevista larga, en plan suplemento, más allá de la típica pregunta-respuesta y comienzo en plan sabelotodo:
“Somos mayoría los que no somos agraciados con el cumplimiento de nuestro más fuerte deseo. El tiempo no concede tregua, pasa igual para todos y no atiende a peticiones. Es orgulloso, soberano, insobornable y criminalmente igualitario. Cuando aún era niño (…a ver, para, para, para, ¡pero si tienes 20 años¡)”.
¿Por qué al escribir me ponía tan melodramático? Creo que asociaba la escritura a personas que tienen algo interesante que contar (craso error, sólo hay que echar un vistazo a los periódicos) y tenía la imagen del escritor atormentado por cientos de diablos que hacen sangrar las llagas de su vida sobre el papel. No hay que ser un triste para escribir, de hecho, debe suponer una diversión, pero entonces no lo sabía.
Felipe tenía su propio concepto. “La literatura es agridulce. Es una relación en la que se mezcla angustia y placer. Ni es un disfrute ni es una tortura. Es una estado raro en el que se escribe, en tensión”. Él sabrá, pero al igual que los malos libros y los amores tormentosos, abandono antes de que me duela la cabeza.
En la entrevista, juego a escritor novel y me veo en fuera de juego, porque me enrosco en la solemnidad que en mi opinión debía tener un texto escrito. Describo al entrevistado: “una vida sumergida en literatura, necesaria para traspasar las sombras muertas de la memoria, fiel e ingrata compañera”. Joder, zagalillo, me estás dando miedo.
Parece que el problema lo tenía con con el hilo conductor que elegí para la entrevista. Aproveché que su libro favorito es Peter Pan para hacer del tiempo, ese que no permitió crecer al personaje y que para el entrevistado se trata del “destructor invisible”, para hilar el cuestionario con fragmentos de sus poemas y reflexiones varias de mis extensas dos décadas de experiencia vital. Ves, ahí sí reconozco al viejo que llevo dentro, igual que en el giro que doy sobre la página cinco.
¿Quién me habría pasado el tripi? De buenas a primeras cruzo a espadachines con campanillas, piratas besando a hadas y seres imaginarios mientras mi paisano contesta a tímidas preguntas. Y lo mejor, en dos páginas centrales me voy a la playa a fumar un paquete de coronas y paso del entrevistado un montón y vuelvo con él ya casi al final para preguntarle por su mujer, Wendy en mi enrevesada historia, meto un par de sentencias y lo firmo, qué grande soy, un autógrafo en mi propio trabajo, antes de dárselo al profesor Hidalgo.
Más allá de la nota, un 9, aquel devaneo con el género ha conseguido lo que consiguen las fotos viejas donde uno ya no se reconoce. No es vergüenza ni sonrojo, porque al fin y al cabo eres tú o lo que has escrito, pero por dios que no lo vea nadie. Probablemente dentro de unos años, no reconoceré al yo actual ni asumiré la tutela de las letras que ahora me da por unir.
Sonrío con el final, cuando me despido de Felipe y, liberado de las ataduras de rictus serio y referencias a cuentos infantiles que me impuse, le zampo “oye, la próxima entrevista me invitas a unas cervecillas ¿no?, que estoy seco” a modo de despedida. Me he emocionado y todo, ése es mi estilo, el reencuentro con el escritor vinagre. Dícese de aquel amigo de las tabernas, las juergas y el vino. Amante de la noche, los garitos y el rock. Y que junto a otros vinagres se dedica a cerrar bares hasta que el sol le sorprende y sueña con un día siguiente mejor que el anterior.
Y para componer, qué mejor que brindar, dice Yosi de Los Suaves. Si pudiera, dedicaría todo el tiempo a escribir de lo que me dé la gana. Ése será mi deseo de niño.

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3 Respuestas a “Escritor vinagre

  1. Ok, nos has enganchado a todas. ¿No crees que va siendo hora de que, a la vista del éxito obtenido, los de la web te cambien esa cabecera? Las próximas las pagas tú, pishita.

  2. Chuli, reitero lo habaldo el pasado jueves. ¡¡¡tienes que escribir más!!! por cierto, difiero totalmente con tus amigos en eso de que tienes manos de niña… a mí me parecieron muy varoniles, de muñecas fuertes… 😛 ¡¡nos vemos en la próxima convocatoria!!

  3. Siempre que sale el tema “Escribir: ¿para qué sirve eso?”, recuerdo este artículo de Millás. No se nos ajusta como un guante, pero todos tenemos el mismo objetivo, al fin y al cabo. Ahí va: http://www.elpais.com/articulo/ultima/RUSIA/Escribir/elpepiult/20001103elpepiult_2/Tes
    P.D.: Digo yo que va siendo hora de vernos…

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