Ole Pivo (I, llegada a Praga)

Cerveza y monumentos. El viaje a Praga promete emociones.
Cinco días de vacaciones y una maleta improvisada (soy un desastre en organización) para darle la bienvenida al otoño desde Europa del Este. ¿Pero checo? Salir a las seis de la mañana de un sábado, cuando la peña vuelve de fiesta, asegura que las horas en el avión se te vuelan echando babas. Despertamos ya en el aeropuerto abrigaitos como pollos y los ojos se nos ponen como platos al ver a dos vigilantas de seguridad más estimulantes que el café. Nos da la risa floja como a niños. “Anda que vaya dos”, pensarían las chicas checas. Una oriunda que ha vivido en Madrid nos aconseja qué líneas de autobús y metro coger para llegar a Arbesovo Namesti, en Mala Strana, donde hemos alquilado un apartamento de choza.

Y qué flipe, totalmente independiente, con una cocina dentro de un armario y con una puerta automática que se abre con una tarjeta. Soy muy de pueblo y con estas cosas me quedo con la boca abierta. Son más de las tres de la tarde y habrá que ir a comer. De la guía de El País, que nos abriría casi todos los secretos de la ciudad, llama la atención el Gitanes, comida balcánica por menos de 400 coronas checas. Aún no dominamos el cambio y el fajón de billetes que esperábamos apenas abulta en la cartera, esta gente del otro lado de los Alpes están progresando a toda hostia y prácticamente está igual que el euro: 100 coronas, cuatro euros y medio, no es un chollo. Primer choque de civilizaciones: a estas horas, por muy español que seas, es difícil comer. Así que bajamos hasta otro de los garitos recomendados, el Cerny Orel, nos sentamos y por fin ¡más de diez horas después¡ la primera Pilsner Urkell.¡Pero chico, que pareces checo¡ 

Dice la guía que los checos se beben 160 litros de cerveza de media al año, así que tenemos que darnos prisa que son cuatro días. De comer, nos dejamos llevar por el camarero y el tío nos pone medio cerdo roasted, que es para no haber comido desde el lunes, pato y ternera, unas patatas checas que están buenísimas y salsas, y una rama de algún árbol que como todas las cosas verdes que se echan en los platos, pal laito. No comimos más carne en todo el viaje del empacho que pillamos. Para bajar el colesterol, paseo por el río a ver patos y a encarar el puente de Karlov, el más famoso del mundo entero.

A un primo de vosotros nos lo hemos comido antes

A un primo de vosotros nos lo hemos comido antes

Y esto merece reflexión aparte: yo, un tío que cogió fobia a los puentes un día de resaca en el julio sevillano que me dio un bajón y casi me tiro por la Barqueta, un tío que se cogió un taxi para cruzar el puente de Isabel la Católica en Valladolid porque ni de coña pasaba eso sin que me diera un ataque de ansiedad, un tío que miraba mapas para elegir destino y ¡coño¡ todas las ciudades tienen río, se va a la ciudad con más puentes del mundo.

Afortunadamente, esa fobia la superé y mi viaje más bien era una peregrinación al lugar donde, precisamente, perdió la vida el patrón de los puentes, San Juan de Nepomuceno, un sacerdote que se enfrentó al rey, degollaron, metieron en una bolsa y lo tiraron al río. Era visita obligada ir a verlo y echarme una foto, pero tendré que volver porque esa zona la estaban reformando, vaya chasco.

Preferia a Juan, se me nota en la cara

Prefería a Juan, se me nota en la cara

Y este puente en particular está lleno de parejitas felices dándose besitos a todas horas que se le revuelve a uno el estómago de tan empalagoso y dan ganas de darles un empujón a ver si flotan, pero te controlas y emprendes retirada a ponernos guapos que es, recuerdo, sábado noche en Praga. Importante, los negros controlan la noche, es así, y nosotros tuvimos la enorme suerte de que se nos apareciera un ángel morenito. Habíamos ido a un concierto de jazz impresionante cerca de casa que empezó a las 9 y como buenos españoles llegamos hora y media tarde, y después, cuando más perdidos estábamos por el centro histórico mirando bares desde fuera buscando ambiente, llegó Pete (nombre ficticio, yo ni le hablé porque no me fiaba, estaba todo el tiempo hablando por el movil y soy de natural desconfiado) y nos marcó en la guía una cruz y un nombre, Lucerna.

El bar estaba en Novo Mesto, barrio pegado a Stare Mesto que es donde están las iglesias, las estatuas y esas cosas que dicen las guías que hay que ver sobrio, y que quedan igual de bonitas o más con tres litros de Urkell en lo alto.Y en Novo Mesto estaban los jóvenes, checos y de todos los países, y los cabarets, y los puestos de salchichas y sobre todo, el Lucerna.

Al entrar por esa puerta supe por qué había ido a Chequia. Dos plantas de gente bailando, bebiendo, ese día éxitos de los 80 y 90, y nos pusimos a hablar, inglés claro, a conocer, chicas claro, y a bailar, como los patos del Moldava claro, y las Urkell de medio litro parecían chupitos, y los paisanos flipaban porque manteníamos los vasos en la boca sin manos y una chica checa nos invitó a cervezas por nuestra destreza, y entramos en un estado de euforia con espuma hasta que vinieron a despertarnos del sueño.

El lugar del zuzezo horas después

El lugar del zuzezo horas después

Las luces se apagaron, salimos y mientras hablaba con un grupo a las que entré con un “the following bar, please” y me dijeron en castellano “tú eres de España, del sur, qué gracioso”, mi compañero se me escapó a mear y cuando volvió, me agarró y salimos pitando porque le habían pillado practicando costumbres españolas en la calle (más bien portal enfrente del bar) y querían hacerle carne picada checa. 

Y a la carrera salimos hacia una plaza donde nos entraron ganas otra vez, que estaba frente a un museo y donde a los días comprobamos, buscando a San Wenceslao, que la estatua que nos tapaba era la del patrón de la ciudad. De diplomáticos más vale que no nos manden. Vas a Praga y te meas en el patrón. Y con ésas cogimos el tranvía de vuelta que aún quedan días por delante.

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Una respuesta a “Ole Pivo (I, llegada a Praga)

  1. vale. día 1: sin ligar.
    voy a pasar al 2 a ver si me dais una alegría!

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