Ole Pivo (II, la resacaczh)

Un domingo es igual en todos sitios.
La lengua parece una zapatilla, la cabeza gira como una noria y en los oídos resuenan aún los últimos hits, esta vez de los poperillos de los 80. De viaje, la opción de sofá y peli mala hay que desecharla para rentabilizar la pasta que te has gastado y levantarte para ir a ver piedras y figuritas, lo que viene siendo empaparte de la ciudad. Cuesta adaptarse a que pisamos Chequia, porque hace más calor que en el sur y en el puente de Karlov no cabe ni un español más, aprovechando el puente del pilar. “Domingueros”, pienso.
Podría explicarle a los morenitos que por la noche nos invitaban a entrar en los cabarets y nos confundían con italianos, los rasgos diferenciadores del producto nacional. Uno, los españoles son los que más chillan, en la calle, en los museos y en los bares compitiendo con los rusos y los británicos. Dos, son los que giran la cabeza cuando les acaba de pasar una chavala para anotar la matrícula. Y tres, en una plaza son los que pasan de los bancos, se sientan en el suelo y en tres minutos han organizado un botellón.
Los checos han importado la palabra vino, así tal cual en los bares y tiendas, el Don Simón reluce en las tiendas de los chinos, Chambao suena entre souvenires, y el museo Dalí lo han adosado a la iglesia de Týn, portada de todas las guías.
La plaza de Staromestské (me empeñe en aprenderme el nombre y no lo conseguí) está llena de turistas para ver el desfile de muñequitos del reloj zodiacal. Insisto, me gustó más de noche porque la veía el doble de chula de lo doblao que iba. Con resacaczh, me dan picás, y esta vez se me antojó comer sano. Leo en la guía que los checos no supieron lo que era un menú vegetariano hasta que derrumbaron el Muro de Berlín y empezaron a pedirlo los turistas que, como servidores, el día anterior se habían comido hasta las pezuñas del cerdo y bebido medio río en cerveza. Pillamos una especie de kebab con una ensalada dentro en un burguer local que regentaba una señora que ni palabra de inglés y que quería hacerse la simpática y para entenderla estábamos, así que su experimento acabó en el cubo casi sin quitar el envoltorio. Después ya iríamos a por salchichitas, la lechuga para los conejos.

Casi por casualidad, dejándonos arrastrar, el plan derivó en una visita al barrio judío. Me habían dicho que era un coñazo y lo intuí cuando una parejita de españoles pasaba por el lado y ella dijo “no entro más ni en una sinagoga” y él le respondió, cariñoso, “pero si te tienen que gustar, si tienes toda la cara de una judía”. Más bien de habichuela, anoté en mi cuadernito de Kafka comprado para la ocasión.
Y es que si algo rentabilizan los checos es al escritor, que está en todos sitios, y al exterminio judío. Con un billete de unas 70 coronas, los visitantes pueden recrearse de todo el horror del Holocausto. Desde los dibujitos que hicieron los niños antes de morir hasta las lápidas donde están enterrados. No sólo los MacDonalds hacen dinero en el sistema capitalista. Dado nuestro estado de recogimiento, el plan no era malo, e incluso nos divertimos un rato jugando a ser judíos con el kipá.

Mira tú, un hebrio, digo, un hebréo

Hasta que se me volvió a revolver el estómago cuando a un español con bigote y una hija de 15 años a la que no debería dejar salir así de casa, le dijo a su mujer cuando veían fotos antiguas “¿has visto qué caras?, si es que es para matarlos a todos”. Un espontáneo descendiente de los inquisidores. Ni siquiera se intimidó con la mirada que le eché, quizá porque me confundió con un guiri que no entendía castellano o con un judío, porque éramos de los pocos que llevábamos puesto el kipá, como señal de respeto.
Así que reprimí las ganas de partirle la cara al compatriota ibérico y pensé en mi querido Piotr Stringler. ¿Qué quién es?, os preguntaréis los neófitos. Piotr es un músico, qué digo, es el músico, el más grande de todos los tiempos. Al doblar una esquina de la ciudad vieja, nos sorprendió un anciano con un look a medio camino entre Gargamel de los pitufos y Chanquete acabado de levantar. Cantaba como una sirena, más bien como la de las ambulancias, no las de los mares. Su histriónica voz atrapaba (sobre todo a los que estábamos atrapaos) y sus discos costaban 200 coronas, una ganga. Un genio a la espera de un club de fans, del que sólo pensar en escuchar su disco en casa se me abren las carnes.
Gracias Piotr, cada vez que piense en Praga, mi resacosa cabeza se acordará de ti.

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Una respuesta a “Ole Pivo (II, la resacaczh)

  1. Vaya con Piotr!!! Podríamos presentar su candidatura para la próxima edición de Factor X. El caso es que su aterciopelada voz me recuerda a la de alguien…. Ah, sí, a ese que canta con Los Enemigos, ¿Josele se llama? Ja,ja,

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