Ole Pivo (IV y fin, la metamorfosis)

Cuando desperté una mañana después de un sueño intranquilo, me encontré sobre mi cama convertido en un monstruoso insecto.

Al cuarto día en Praga, de ser un bicho soy un caracol, echando babas de pilness. Sólo pasan cinco segundos, dicen los estudios, hasta que al despertar reconoces la cama ajena. Lejano me queda el momento en que repartimos los cuartos con una moneda al aire. “¿Caballo o dragón?”. Salió dragón y yo al salón. Han pasado tantas cosas desde entonces que no quedan cruces en el mapa por visitar, por lo que salimos de la habitación con un objetivo marcado que no sale ni en la guía: el metrónomo gigante de Praga. Para los de letras, es un péndulo con un contrapeso que marca las pulsaciones y se utiliza en música. Ni puta idea, vamos, pues sigamos.
Como el metrónomo no pillaba de camino hacia ningún lado, porque está casi al lado del zoológico, cogimos dirección hacia Nerudova, una calle que más bien es cuesta y que en la guía aparece como antiguo camino real para llegar al castillo. Allí está la casa del famoso escritor Jan Neruda, primo checo del de “me gustas cuando callas porque estás como ausente”, que le decía a su mujer cuando le dolía la cabeza y ella se quedaba embelesada y calladita. Un sabio. Cuando termina la cuesta, una camarera rubia en un bar a la que ya había visto kilómetro y medio abajo, nos ofrece cerveza cual premio al terminar la escalada, pero a estas alturas las coronas están contadas. Me descubro un “no thanks” que me asusta. ¿Me estaré transformando? El paseito por los jardines reales al lado del castillo, con las hojas caducas del otoño, no ayuda a quitarme de la cabeza la inquietud. No todos los días, laborables, se presenta rubia la cerveza.

Sin comentarios, no puede haber una foto más gay

Tonterías, aquí hemos venido a ver lo importante, el metrónomo. Y allí que vamos y cuando llegamos, pues casi corro para atrás otra vez a pedir una nueva oportunidad. “Sólo dije que no porque quería ver un cacharro que no sale ni en la guía”, hubiese implorado con la cola de dragón entre las patas pidiendo perdón a la princesa que custodiaba el castillo.
Pero la culpa no es del metrónomo, el pobre, sino de que hemos llegado 17 años tarde. Se construyo en 1991 sobre el sitio donde se alzaba uno de los mas imponentes monumentos de la extinta Unión Soviética, que derribaron y pusieron esto. ¿Por qué se eligió un metrónomo?. Porque cuando vino Mozart de gira con los colegas, vio el monte y exclamó: “!me gusta esta ciudad, tiene ritmo!”. Un cachondo el tío, y los checos, por poner la tontería ésta donde cristo perdió el mechero.
Estamos tan lejos que sólo nos queda coger el tranvía y tirar para casa a comer. La noche, como siempre, nos salvará. Esta vez en el local Jazz Club U stare pani (la anciana) el único donde se puede comer y escuchar jazz a la vez. Tocan unos chavales jazz moderno y el concierto nos mola tanto como a nueve rusos que tenemos en la mesa de delante que no paran de chillar. Hubiera estado bien traducción simultánea, que las bromas del teclista, en checo, no son tan graciosas y éramos los únicos con cara de palo. Un par de bares más y nos vemos sin conocer el U Fleku, porque al día siguiente, toca levantarse a las 11, madrugar, que salimos de vuelta.

Aquí están las rubias

La Czech Airlines son unos enrollados. En el aeropuerto controlamos las coronas para poder comer algo antes de embarcar y nos faltó dinero para comprar regalos (por eso, amigos, no os hemos traído nada) y van ellos y nos dan de comer, además de darnos el Prague Post. Pero lo que más me gustó fue el mapa de las pantallas. Aparece entre Praga y Madrid ciudades como Bruselas, Zurich, Lyon, Marsella y ya en España Barcelona, Bilbao, San Sebastián, Zaragoza, Málaga y ¡Don Benito¡. ¿Y Sevilla? Ni rastro, ahhh, cuánto echo de menos a estos checos, me han ganado el corazón, qué hermoso pueblo. Casi beso al comandante cuando llegamos.
Y casi mato al que nos trajo a esta ciudad que no aparece en los mapas, que es, pongamos como ejemplo, como el metrónomo en Chequia. Despúes de cuatro horas en la T-4 en Barajas, va y cuenta al pasaje que hay un problema con un navegador y que no podemos despegar. Claro, la gente casi se amotina, una señora coge la maleta y dice que se baja y otra, que la tengo al lado, que allí huele a gas y que todos para abajo. El marido, un inglés de esos panchones, que no se inmuta y ni la tranquiliza ni nada (ya los había visto en el aeropuerto de Praga) y la chica que se pone a rezar y así pasó todo el viaje y servidor sin poder hablar con nadie.
Al recoger las maletas, me preguntaba si habrían explotado las cervezas que metimos dentro y que rifamos al estilo checo ¿caballo o dragón?. Por la gravedad checa, siempre sale el dragón. Me puse a oler el equipaje como un perro sabueso y entonces se me acercó el inglés, Bowie, y me confesó que él llevaba diez dentro y temía por la explosión, la de las cervezas claro. Comprendí por qué miraba hacia la pista por la ventanilla, cuál era su preocupación, cuando su mujer se puso histérica.
Y es que visitar Praga te transforma. Ya no beberás igual la cruzcampo, Bowie, cuando se te acabe la provisión de pilness como a mí; ni te cruzarás ojos verdes por la calle porque tu mujer te estará controlando y no mirando estatuas en el puente; y estarás en la feria y te preguntarás ¿qué coño es esto? cuando podrías estar en la tranquila Starometsky namesti o cómo se llame, a tu bola y sin sentirte estafado con quienes te insisten en que a la larga el rebujito coloca. Volvemos a la realidad, Bowie, y yo, ya no me mearé más en los patrones, ni seré más judío por un día, no volveré a correr detrás de las ardillas, ni me atraparé más con Piotr, ni comeré más salchichas, ni iré a un concierto de jazz ni al Lucerna y volveré adonde solía, a frecuentar los bares de rock y a preguntar a cualquier desconocida que no parezca un insecto monstruoso, ¿qué hace una checa como tú en un sitio como éste?

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