Poesía eres tú

Ella, una mujer romántica, yo soy un hombre exquisito. Yo le tocaba la chocha y ella me tocaba el pito.
La poesía, ese género tan ambiguo. Conocí a José Antonio Fortes hace más de cuatro años. Esta semana, su nombre ha ocupado cajones de titulares, como a él le gusta, protagonizando la actualidad y agitando conciencias dormidas. Le he visto en las fotos llegando a los juzgados, acompañado de una mujer. Si es reconciliación o una nueva compañera lo desconozco, sólo hemos hablado por teléfono y así me hizo partícipe de su separación.
No recuerdo por qué motivo le entrevisté la primera vez, pero sí lo que le dije a mi compañero de mesa cuando tras dos horas de charla colgué el teléfono. “Macho, como escriba lo que me ha dicho este tío, no me esperes mañana”. No hubo un insulto en sus declaraciones, a eso no le hubiera dado mayor importancia. Lo que me removió de la silla fue el fondo de su discurso, dinamita contra la historia como está contada en los libros.
“Lorca era un fascista”, era el titular y con él caía toda la generación del 27, a los que las flores no se les marchitan. Fueron conocidos y hoy estimados gracias al apoyo del régimen, eran todos unos fascistas, decía. “Venga ya, siempre me tocan a mí los locos, qué tino” pensaba, mientras Fortes me daba una y mil razones que apuntaba agitadamente en mi cuaderno para sostener el pensamiento crítico de su argumentario, siempre basado en los textos, no en las personas.
“Yo es que poesía, lo siento, pero es que no me llega…”. “¡Porque has leido a quien te han dicho que leas, ¿me dejas que te recomiende a algunos?”  Y acepté, y leí a Alfonso Grosso, que desayunaba ginebra como mi abuelo y así le fue a los dos, a Alejandro Sawa, a Dicenta o a López Vago. Y lo llamé: “mira, José Antonio, que yo de esto de la poesía, como que no…”. Y exclamó sobresaltado, lleno de ímpetu como siempre “eso da igual, lo importante es que los has leído y ahora puedes elegir”. Cierto es que me costó encontrar esos ejemplares, tanto como que no me parecieron peores que los idolatrados que ha encumbrado la historia.
Ignoro cuánta verdad habrá en las palabras del anarquista, pero me insistió en la libertad. “De lo que te he dicho, escribe lo que quieras, lo que tu conciencia te dicte”, dijo, tan fácil para su atrevimiento y tan imposible en los medios. Y seguimos hablando de Cela, de su cruzada cuasi personal contra Cercas de Soldados de Salamina o su caballo de batalla contra los “señoritos progres” de la poesía de la experiencia bajo el colchón de Prisa, García Montero o Benítez Reyes, que tantos problemas, o más, le han acarreado, tantos como su “revisionismo histórico”.
De las conversaciones con el profesor, aprendí una lección, quizá más que en toda mi carrera en la facultad: todo puede ser discutido. ¿Por qué no? Me indignó que lo considerasen un hereje, se discutiera la libertad de cátedra y amenazaran con echarlo de la facultad de Granada donde imparte clases. Que sean sus alumnos de Literatura quienes decidan. Me niego a pensar que son esponjas acríticas.
El día que García Montero lo “citó” en El País, me llamó. “Guarda esa reseña porque va a haber movida”. El 10 de octubre de 2006, García Montero le acusó de lanzar “disparates” en sus clases, como la explicación a sus alumnos de que García Lorca “reproducía formas ideológicas fascistas como poeta y como director populista de La Barraca”. Luego hubo palabras altisonantes en el despacho, insultos y Fortes denunció al poeta, en el juicio que empezó el miércoles.
Estoy seguro de que esta movida le divierte, disfruta, llevando la literatura a debates sofistas, a primera plana, a la eterna confrontación, con el juez Miguel Angel Torres, el de la Malaya, de convidado en su espectáculo para que la literatura sirva de acicate, de motivo de controversia, porque en las palabras nacen, se hacen y conoces a los hombres, y a las mujeres.
Esta tarde he estado buscando su movil para mandarle la letra que le he escuchado a Robe, y que sepa por donde van mis referentes poéticos, pero no lo he encontrado. Imagino que me hubiera respondido, “chico, está usted más loco que yo”, porque siempre me trató de usted o “chico, sigue usted sin saber ni una letra de poesía”. Sé que hubiera respetado los versos.

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