Estación desesperanza

En casa de la cebra, camisa de cuadros.

7.30 a.m. No me levantaba tan temprano desde el día de la comunión. Estoy en la estación de trenes de El Puerto escoltado por la guardia civil, es decir, mi padre, que me ha levantado sobre las seis pensando que iba a llegar tarde al curro y que qué hacía todavía en la cama, en mi cama, la de casa de mis padres, que será siempre mi cama por mucho que alterne con otras. Venía vestido de uniforme y no me ha atrevido a contrariarle, además, los hombres serios trabajan por la mañana, para qué voy a explicarle ahora que, donde trabajo, no se me requiere como persona hasta las doce y que mi intención era irme sobre las diez, no las seis.
Con la torta de sueño, me pongo en la cola a comprar el billete, mientras que mi padre se despide para iniciar su batalla diaria contra el ejército de los malos y contra los lunes posteriores a los que pierde el Betis, que se le hacen más cuesta arriba.
Y en ésas estamos, cuando llega mi turno, y de repente, fuera por los cristales, aparece un tren. “¿Es éste el que va a Sevilla?”, escucho voces a mi espalda, mientras el avispado del locutor suelta por megafonía “Próximo a su llegada el regional Cádiz-Sevilla y… ya está aquí”. ¿Eso es avisar con tiempo?
Me parece muy bien que mis paisanos se tomen la vida con calma, que no hace falta morirse de un ataque al corazón, pero tío, échale un poco de ganas al curro que así nos va. La oda a la gracia gaditana se la pueden meter por el culo esta mañana. Total, que ya con el tren en la vía, se abren dos posibilidades. Una, paso de comprar el billete y salgo corriendo atropellando a todo lo que se me ponga por delante con mi maleta naranja cargadita de cosas que ha metío mi madre entre las que espero encontrar un morcón de medio kilo que vi anoche en la cocina o, dos, dejarlo al azar, emprender el camino sin prisas, porque esta semana estoy de suerte y el tren me esperará.
Desgraciadamente, también soy de Cádiz y me decanto por la segunda vía, así que cuando llego al andén no me da tiempo ni de sacar el pañuelo para despedirme. En mi lado del lamento, me acompaña una chica que me recuerda a la persona de baja estatura del gran hermano, (después de perder un tren, la enana de los cojones) los únicos que nos hemos quedado en tierra, cada uno por sus discapacidades. Regreso con mi pequeña amiga a la terminal e informo a mi padre por sms de su frustrada operación: “He perdido el tren, sale otro a las 9 y 20, me voy a tomar un café”. “Si es que el que nace inútil…” imagino que dirá a sus compañeros, mientras miro a la pantalla esperando su llamada, no ya esperando comprensión o consolación, sólo compañía, y ahí se me podían haber pasado veinte trenes.
Entonces tomé la iniciativa. Pensé: si me paso la vida contando historias raras, por qué no cuento esto en una hoja de reclamaciones que pueda ayudar en un futuro a evitar carreras descontroladas por culpa del huevos gordos del de megafonía. Se me pegó el papel de justiciero madrugador de mi padre, me fui al tío de la venta de biletes y éste me arrojó de mala gana el formulario.
Y ahí empezó el reto, porque el que se pasa todo el día escribiendo, se debe tomar todo lo que escribe como un ejercicio literario. Hasta un simple post-it debe generar preocupaciones estilísticas, algo así me dijo Benítez Reyes. En mi contra, seguían siendo la siete y media de la mañana:

AL LLEGAR EL TREN REGIONAL CÁDIZ-SEVILLA, SIN PREVIO AVISO DE SU LLEGADA, (aquí me podía haber extendido) LAS PERSONAS QUE HACÍAMOS COLA PARA COMPRAR EL BILLETE COMENZARON A CORRER HACIA LAS VÍAS (nótese el recurso en el que me incluyo en el grupo, hacíamos cola, y me excluyo en comenzaron a correr, figura literaria propiamente gaditana). ENTONCES SE ENCONTRARON CON VARIAS DIFICULTADES. LA PRIMERA, UNOS TORNOS DE CONTROL (cómo coño se llama eso) DE LOS QUE SÓLO UNO ESTABA ABIERTO Y LA GENTE SE AGOLPÓ (no cuento que si me meto yo con mi maleta a dar empujones hubiera sido mucho peor), SEGUIDAMENTE, POR LA DEFICIENTE REMODELACIÓN DE LA ESTACIÓN (soy un clásico, me gustaba más como estaba antes y ya se la tenía jurada a los de la Renfe, sólo esperaba la ocasión propicia) HAY QUE BAJAR UNAS ESCALERAS PARA, TRAS UNOS METROS, SUBIR OTRAS, SIN QUE LAS MECÁNICAS ESTUVIERAN HABILITADAS (aquí me di cuenta de que las descripciones no son mi punto fuerte, porque si alguien de Madrid se lee esto se cree que estoy en el Corte Inglés). UNA PERSONA CON DISCAPACIDAD (en verdad, una enana) CASI SE MATA EN EL INTENTO DE ACCEDER AL ANDÉN (exagero un poquito, para dar dramatismo al relato) POR TODO ELLO, EL RECLAMANTE (ahora no sé por qué me da por ponerme en tercer persona), PARA EVITAR ATROPELLAR A OTROS VIAJEROS (si es que soy un cielo) EN EL INTENTO DE LLEGAR AL TREN QUE APARECIÓ SIN PREVIO AVISO Y QUE YA ESTABA EN LA VÍA (el tren fantasma), LO PERDIÓ Y SE QUEDÓ DOS HORAS EN LA ESTACIÓN. (y me falto poner, tan, tan, tan aburrido, que pidió esta hoja de reclamación).

Ya lo dice el refrán. Justamente cuando puedo demostrar que me paso los días juntando letras me sale esto, un híbrido literario-técnico, un fristror vamos. Y ahora salgo corriendo que en esta estación no avisan de cuando llegan los trenes y son casi y veinte.

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5 Respuestas a “Estación desesperanza

  1. y luego dicen que el periodismo no puede cambiar el mundo…tienen razón…sólo pueden los periodistas

  2. ¡si es que no puede ser! ¡A quién se le ocurre madrugar para perder el tren…! Esperemos que no te ocurra lo mismo en otros menesteres Olepapa

  3. mu gracioso titi! me ha sacado una sonrisilla de esas que salen poco con el frio polar!
    un beso

  4. Mira que eres gracioso coño

  5. Si al final la grasia gaditana…

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