No somos nadie, sr. Scrooge

¿Tú quién eres?, abres la puerta. “Ahh, debes ser el espíritu de la navidad”.

Si conociera a quien inventó los auriculares le pondría una estatua en mi pasillo, el gran invento del siglo XX. Te los pones y a pasar de la peña, salvo fuerza mayor. Fue en el 1, esa línea vertebradora de la ciudad en la que se puede hacer un experimento sociológico. “Vamos a mover el culito p’alante”, sesea el grasioso sevillano, una , dos, tres y cuatro, mientras la gente se aprieta y nos ahogamos en el pachuli de las señoras mayores. “Pues yo me voy a cagar en tus muertos”, salta al ruedo un espontáneo y se monta el cirio. “¡El que me haya dicho eso que levante la mano¡”. “Al fondo maricona”, me grita en la oreja por la que no veo un señor mayor que no ha dormido sus ocho horas y hasta el que se viene acercando entre empujones un medio metro que es como los perros chicos, que son los que dan por culo. “Venga, no peleen, que es navidad”, media una señora pachuli del 1. “Con las mujeres no quiero nada, señora yo hablo con machos, con tíos”.
Una chica con boca de pato me mira, le leo en los ojos que espera de mí una acción humanitaria estilo ONU o de otro chavalillo con aurículares a mi lado que también se ha quedado en medio del fuego, siempre mueren inocentes. Pero yo llevo barba y parece que me toca la voz cantante mientras al grasioso le faltan sólo dos cuerpos. Me quito el pinganillo derecho, el único que me funciona por cierto, y afino la primera voz de la mañana. “Esto.., venga que es navidad”, apelo ante el viejo al espíritu de la bondad y me mira con el ojo con el que no oye porque pasa de mí y sigue con su canción mientras el pachuli corea “que vergüenza, qué vergüenza”. Fuera o no su parada, el señor mayor toca el timbre a la llegada del grasioso y mientras se baja se van deseando las fiestas a sus modos. “Mueve el culo tú que seguro que te gusta”, deja de aguinaldo al despedirse el “paparruchas, paparruchas”, que sin ninguna duda me cae más simpático que el que se queda en el auto convenciendo a las pachulis de que “en este mundo ya no hay sentido del humor, es un amargao”.
Con la anécdota rondando, llegó a ver al señor Arenas, al que le ha nevado en la cabeza. Dice que ha tenido que bajar la ventanilla dos veces en el camino para escuchar a unas señoras que le reclamaban que arreglase unas farolas estropeadas. Las pobres señoras andan confundidas, éstas han escuchado lo de los enchufes y se creen que es electricista, o piensan que lo mismo es abrazarlas que repararlas. Después de casi dos horas escuchando paparruchadas, vuelvo a mi mp3 hasta llegar al super.
Si algo me gusta de ir a comprar en estas fechas es el sentimiento que me inunda al escuchar villancicos de hilo musical. Mi particular tradición navideña, y llevo ya años, se basa en apropiarme de almendras, nueces o polvorones sin pasar por caja, el arte de las manos rápidas al bolsillo de la chaqueta. Hoy hay unas almendras con muy buena pinta, así que me quito los auriculares para tener los cinco sentidos alerta, me acerco sinuoso, observo la posición de vigilantes, encargados, reponedores y simples clientes y en un movimiento ágil como el de un hurón, almendra a la saca. JAJAJAJAJAJA. De pequeñas victorias vive el gran hombre. Y no me llevo una pera de agua porque no me gustan las peras de agua.
Pero de repente una señora mayor, qué mañana, me tira de la sisa y un frío halo de terror se apodera del cazador cazado que se prepara para confesar ante el tribunal de los feos del Mas el robo de la almendra. ¿El espíritu del pasado? “Joven, ¿los goyures?”. “Aquí señora”. “Me coge unos de ciruela que es que…”. “Ya, ya, no se preocupe”, y rebusco entre tocinos de cielo y natillas. “Suerte señora”. Ella mete los goyures en el bolso y a paso lento se marcha sin pasar por caja y dar las buenas tardes. Me reconforta que se mantengan las costumbres navideñas.
Y al llegar a casa, publicidad. Me armo de valor y marco los números del Canal Plus, por fin me voy a dar de baja, definitivamente. La última y única vez que lo intenté en estos tres años, me llamaron como una novia arrepentida y dije sí al paquete de series gratuito. Pero esta vez se acabó, en el folleto dan gratis un montón de cosas a los nuevos y yo pongo 20 euros todos los meses sin encenderlo apenas. Tras 20 minutos de 902, una operadora. “Te regalamos el paquete de películas”. “NO”. “El de deportes”. “NO”. “El de documentales”. “Ehh”, sé fuerte viejo, no mires atrás,”NO”. “Está bien, suspendemos el contrato”. Reconozco que me queda el mal sabor de las despedidas de las novietas, un sentimiento amargo e inconsolable, melancolía del futuro. Sé fuerte viejo, que no te vean llorar. A los 20 minutos marco de nuevo, no puedo hacerles esto ahora…y tengo el Discovery a partir de enero, después de las navidades.
Me siento en el sillón, pongo a cargar el mp3 para la tarde y me como mi almendra tras abrirla con una puerta. Pienso en ti, sr. Scrooge, demasiado corazón.

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3 Respuestas a “No somos nadie, sr. Scrooge

  1. JAJAJA! Lo del goyú de ciruelas no me lo creo… Muy bueno!

  2. ¡Vaya Cuento de Navidad! No recordaba personajes así en las historias naviceñas que me contaban cuando chica (más chica quiero decir): ‘grasiosos’ con ‘malage’, electricistas, abrazafarolas, mangantes de goyures… Que los Reyes Magos te traigan un saco de felicidad… y de almendras para que no tengas que echártelas al bolsillo

  3. Explícame qué es eso del pachuli de las señoras, que no entiendo la grasia gaditana, mi arma.

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