On the road

No importa lo duro del camino ni el destino, sólo con quién lo hagas. (Jack Kerouac)

7.30 a.m. ¿Pero qué pasa con los lunes? Sin que sirva de precedente, esta vez he motivado yo el madrugón. Coincide que mi padre tiene que ir a un juicio en Sevilla, de unos que en 1998 (hace dos días) daban licencias técnicas para cacharritos de feria a ton ni son y casi se matan los chiquillos en el gusano loco. Lo acordamos por la noche y ahora me arrepiento. Mientras pienso en momentos similares de tortas de sueño no tan lejanos, voy abriendo los ojos acercándome a la cafetera. “¡¡¡Noooooooooo¡¡¡¡”, me gritan a las espaldas cómo si fuera el día del juicio final y retrocedo ante el espíritu maligno con pitorrillo.
Es el buenos días de mi madre, que se ha autoinvitado al viaje y me avisa de que, en todo trayecto que la lleve incorporada, se desayuna en la carretera porque ella es de no comer recién levantá y ya nos conoce que después le entra hambre y nadie quiere parar y si paramos se queda sola en la mesa porque es de sentarse y el uno se queda en la calle fumando, el otro se arrima a la botella de anís y la falta mi hermano que se quedaría en el coche durmiendo y, como eso es así desde que el mundo es mundo, venga ligero que ya estás tardando. “¡Pero mamá¡”, alego sabiendo el resultado: 1-0 para ella, que juega en casa.
La venta del Pan, premio a la originalidad, se llama donde me tengo que tomar el café y obligatoriamente con tostada, porque para eso vamos a la venta del pan y no a la venta del bollycao. Está en Las Cabezas, a una hora de carretera nacional, y por el camino, a mí lo que menos me apetece es, evidentemente, cantar. Y por sevillanas. Pero qué pasa, que mi hermano, Caín a partir de ahora, ha grabado en una cinta de los chinos el último de los Ecos del Rocío, que van a disco por año como a película Woody Allen, y mis padres se toman cumplida venganza de cuando tuvieron que tragarse lo último, lo primero y lo de en medio de Parchís, Petete, los grandes éxitos de Los Payasos, por mi parte, y Los Pitufos Maquineros y semejantes de Caín. “¿Pero ésta no es del año pasado o del anterior?, todas son iguales”, interrumpo sin éxito; ellos a lo suyo.
Justo cuando juro y perjuro que jamás, y he dicho jamás, volveré a casa de mis padres en los próximos diez años, un puesto de naranjas y enfrente, un bar. Ellos que salen disparados así dejasen dentro al perro, porque la manteca colorá les llama desde dentro como a un drogata su primera dosis matutina. Error. Doble tirabuzón y la cinta, al campo.
Voy atando cabos, y sargentos, la venta del pan está llena de guardias civiles. Según mi padre, eso está prohibido, porque tienen 20 minutos para ir uno y después el otro. Por eso dejan el Patrol camuflado al lado del puesto de naranjas, para que no lo vean si pasan los superiores. “Eso no está bonito, papá, las parejitas tienen que ir juntitas”, bromeo a las 8.30. “Te voy a dar un guantazo que te voy a quitar, de una, todas las gilipolleces”, anuncia antes de las 8.31. Anoto en mi cuaderno mental: toca silencio por mi parte hasta las 9.30 que lleguemos.
Pero un asunto dramático me devuelve al primer plano de actualidad, ya en el coche. Entre los fines de esta aventura, uno primordial, desplazamiento de ropa de invierno. Pero se me han olvidado las mantas. Entre el olvido, de mi exclusiva responsabilidad, sentencian, y que no encuentran la cinta de los ecos en la guantera, “¿dónde coño la habré puesto?”, tengo que abrir las ventanas porque la tensión se palpa en el aire. Cualquier comentario puede ser usado en tu contra, anoto de nuevo.
Mi madre es una valiente y suelta: “mira, pero si está la luna llena y es de día”. “Ezo el el zolstizio de invierno, mari, que no ze puede zer más cateta”. E insiste, son 30 años juntos: “Pues yo me voy a montar en el tranvía ése que se ha caido en el chiringuito”, le suenan campanas pero no sabe en qué iglesia. “Será porque no hemos estado 10 años en Madrid y no estarás jarta de montarte en el metro, si hasta vino mi abuela”, dice el nieto de mi bisabuela, esa mujer-cactus que conocí de pequeño y que me pinchaba como si me estuvieran haciendo acupuntura.
Y para rematar, RadioMarca que empieza con que al Betis le han vuelto a meter dos chicharitos y, sobre todo, el peaje de Las Cabezas y el inocente de la cabina que no sabe lo que se le viene. “Son 2,70, caballero”. “¡¡Casi 500 pejetas, pero cómo¡¡” y le veo echando marcha atrás que me da a mí en la nariz que volvemos a por las mantas que están jartándose de reir en la silla.
Pero hay es donde emerge de las profundidades la figura de las madres. Saca las vueltas del desayuno, las deposita suavemente en la mano de mi padre, y templa sus ánimos con un agradable tema de conversación que le tranquilice y le devuelva el humor, con una historia hasta ahora desconocida a mis oidos. “¿Te acuerdas de cuando estaba embarazada de éste y un coche me dio un topetazo que casi me mata”.
“Así se quedó de tonto”, y mi padre ríe y ríe comomun demonio hasta que pasamos el Arroyo de las Culebras, el Guadaíra y el Puente del Quinto Centenario y me deja en mi casa todavía con una sonrisa indisimulable en la cara, que aún le dura cuando les veo a la hora de comer y me cuentan que han estado allí y allá y esto y lo otro y que ya podría haber llegado antes que la tostá la tienen en el deo chico del pie y que no se me ocurra llevarles a un sitio de esos modernos que les apetece comer de cuchara y nada de calabacines, cebollitas caramelizadas, roquefort o semejantes. La próxima, de ida hecho miguitas de pan duro y de vuelta hago el camino andando.

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