¿Cena de Navidad?

Hacerte 140 kilómetros para quedarte con hambre, no tiene precio.

Cuando llegué por la mañana, la cocina era un hervidero. Hasta cuatro ollas en el fuego y el horno a toda candela presagiaban una cena opípara, de ésas que necesitas cuatro whiskys para recuperar el aire. La noche anterior había cenado dos pasas y una almendra, que era lo único medio comestible que había en mi piso y el desayuno me lo había saltado en carretera, así que cuando llegué a la casa de mis padres, movía el bigote como Carpanta. “¿Qué hay de comer?”, fue mi entrada en escena. “Feliz Navidad, hijo”, corrigió mi madre los modales de su primogénito y vástago preferido. “Sí, eso, ¿qué estamos preparando?”, empecé a abrir cazuelas y platos, donde un montón de bichos me saludaron. “Todo es para la cena, ahora te hago un par de filetes de pollo”.
Menos da una piedra, pensé, y aún tuve suerte de que un calamar se quedó fuera de la sopa de marisco y me lo zampé a la plancha. Tras una reconfortadora siesta, a las ocho y media estaba ya sentado de nuevo en la mesa presidencial a ver que se dejaba caer por allí. Las primeras noticias llegadas desde la cocina no eran buenas: un año más, a mi padre lo han tangado con los jamones y, del disgusto tradicional de estas fechas, se había cortado con el cuchillo. El de paletilla sólo tenía grasa y el de mi hermano, que no le gusta el blanco, estaba fresco.
Para comer queso, tengo 364 días al año, me dije, así que de primeras no le eché mucha cuenta y sólo piqué un par de cuñitas con el mensaje del Rey, que en mi casa prácticamente hay que verlo de pie y con la mano en el pecho, que para eso mi padre estuvo en primera línea de defensa el 23-F. Este año se me hizo más largo que de costumbre pero fue acabar y venga a salir platos.
Como es tradición, de primero, la sopa de marisco, una suerte de caldo con rape, almejas y gambas que a mí nunca me ha hecho ni la más mínima gracia y mi madre lo sabe. Como todos los años, ella pregunta si quiero, yo pongo cara de asco y ella se descojona y me echa un poquito para que la pruebe que hace muy buen cuerpo. “El año pasado ¿comimos en el salón no?”, pregunta mi hermano. “Ni idea, lo que estoy seguro es de que hubo sopa”, e investigo con la cuchara los componentes del plato mientras elevo mi queja de que está casi a rebosar, menos mal que es una vez al año.
Superado el trámite, miro al frigorífico a ver si alguien lo capta y se levanta a por las patas rusas y los langostinos. “Un hijo no es para una madre y una madre sí es para cien hijos”, escucho mientras me felicito de que aún haya reductos del cordón umbilical y una telekinesia innata en nuestra relación.
Seremos de costa, pero nos perdimos el capítulo de Barrio Sesamo en el que se explica la diferencia entre una pata cocida y una pata cruda. Con la boca llena de cartílagos, el resto de comensales se descojona. “Pero si me dijeron que ya estaban cocidas, verás cuando vea a la pescadera”, se defiende mi madre. Las gambas y los langostinos no vinieron a arreglarlo. La sal sólo fue para los elegidos y ellas se llevaron doble ración mientras ellos, sosos, tenían un color amarillento. “Serán de Brasil”, dice muy serio mi hermano mientras yo busco dónde han puesto el queso.
El ocupante de unas de las ollas de la mañana era un pulpo de tres quilos que se ha quedado anoréxico y blando como él solo, los montaditos son de salmón, pescado que no entiendo por qué sigue existiendo, y el lomo caramelizado con manzanas confitadas es para ponerse al lado un café con leche porque parece un postre. “Claro, como los políticos te invitan a comer, ahora todo esto te parece poco”, orgullo herido de la cocinera al comprobar como su ex hijo favorito, que ahora se cree Ferrán Adriá, sólo le hace palmas al vino, que lleva ya media botella.
Este año los turrones son sin azúcar porque a ella le ha salido alto en los análisis, con lo que antes de que lleguen las diez y veinte, mi hermano va cogiendo camino supercontento de lo pronto que se ha resuelto este año, mi padre amaga con los villancicos de Rafael con una medio castaña porque él tampoco ha probado bocado y mi madre se interroga por el escaso éxito del encuentro.
Antes de la espantada general, toca hacer de buen invitado y propongo un brindis. “Bueno, estaba todo muy rico, y seguro que aún es mejor para Noche vieja”. Silencio general. “Yo me voy a una casa con mis amigos a Benamahoma”, informa mi hermano al único que aún no sabía nada. “A mí me toca currar”, se une mi padre mientras se levanta de la silla sin mirarme. “¿Tú no tienes ningún plan?”, pregunta con media sonrisa mi madre, que por un hijo lo daría todo menos volverse a meter en la cocina. “Si, sí, claro, ya había pensado…”. “Oye, que si quieres te vienes, eh”, reponen los anfitriones sin demasiada energía mientras empiezan a recoger platos, la velada ha finalizado. Felices fiestas, familia.

Anuncios

Una respuesta a “¿Cena de Navidad?

  1. Qué milindris nos ha salido el niño no? Supongo que habrás sacado a tu madre de ese terrible error de que los políticos te invitan a comer. Este año se han acogido a la misma excusa que emplean las empresas para despedir a gente y no se han estirado nada de nada. Después de las malas caras de los comensales no me extraña que tu madre no quiera repetir en Nochevieja, la pobre. Por si te consuela, mis padres también vuelan el día 31 y ya me han sugerido que me busque algún plan sin ellos. Pediré asilo en casa de algún amigo, que para eso están. Felices Fiestas o lo que sean.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s