La misma piedra

Hay que ser muy hombre o muy animal para caer siempre en lo mismo.

“¿Pero dónde vienes así?” Me recibe un compañero de Cultura fumándose un pitillo en la puerta. Tiene razón. Con la que está cayendo y a mi paraguas le ha dado por soltar varillas a diestra y siniestra mientras lucho por recomponerlo. “Un poco de dignidad hombre, o te mojas o te compras uno, pero no puedes ir así por la calle”. Al día siguiente, miro por la ventana, tampoco parece que sea para tanto, un chirimiri. Me armo con mi desvencijado paraguas para un nuevo asalto y…llego chorreando. Parece que me estaba esperando. “Pero, ¿otra vez?, tíralo de una vez, hombre”. “¡Si estoy en ello¡”, repongo medio ahogado. Me deshago de un par de varillas que vienen de sobra, lo cierro y para arriba con él bajo el brazo. Queda menos para verano.
“¿Por dónde vienes?” “De camino”, le respondo a mi padre. “Pues más vale que vengas fuerte…hay que pintar”. “No puede ser posible, si está lloviendo”. “Los cuartos, hijo”. No puedo decirle nada al sargento, recibe órdenes de la sargenta. Otro año más he vuelto a caer. Intuía que éste no era el fin de semana apropiado para ir a casa, algo en mi interior me lo decía, pero pensé en descansar, ver películas, salir a tomar algo, tranquilo, comer bien. Al llegar, entro por la puerta de la cocina. Saludo a los fideos con caballa como a uno más de la familia, siempre están ahí en mis visitas al hogar, creo que llegaron el mismo día que las mesas y las sillas y cuando falten habrá un hueco mayor que si quitan el frigorífico y busco a mi madre para intentar convencerla de lo cara que está la pintura. Ha sido rápida. Los muebles de mi cuarto y el de mi hermano, que por cierto ha salido de improvisado viaje, están el pasillo. Sonríe mientras me recibe brocha en mano. Queda menos para volver al curro.
“¿Vienes o qué, no quieres que te meta el rabito?” La situación se volverá a repetir, perderé y saldré humillado. Pero como me voy a tener que ir a dormir anca mi abuela para no drogarme sin salir de casa con el olor a pintura, puedo pasar a echar unas Play antes por casa de un colega. De camino, doblo una esquina y me encuentro con unos niños jugando con un monopatín y, al verme, cinco o seis salen corriendo. Por instinto, miro al suelo a ver dónde han colocado los petardos estos pequeños cabrones, pero no suena nada. Doblo otra esquina y allí están esperando para volver a salir corriendo. Otra esquina y se tropiezan en su huida con mi colega Wally o Willy, en verdad, tampoco somos tan amigos. “¿Pero qué les has hecho a éstos”. “Los críos, a saber”. “No me extraña que corran, con esas pintas”. Tiene razón. Dije que iba a poner una lavadora el miércoles, lo dejé para el jueves y allí estaba la ropa el viernes y ahora me veo con una camiseta que a duras penas me tapa el ombligo, pantalones a cuadros y un chaquetón de mi época Glam con cuello de plumas, ni en carnaval hubiera estao tan conseguío. Tipo, tipo. No sé por qué correrían, pero para confundirme con alguien estaba complicado. La próxima dejo algo de ropa en casa para cuando vuelva. Queda menos para que acaben los rebajas, y todavía no he ido.
“¿Y a qué vienes entonces?” Mi abuela tiene razón. Para decir que no voy a quedarme a dormir allí, que me quedo en un sofá, podría haber avisado antes de prepararme el cuarto. Pero bueno, ya que estoy allí, a ver si le puedo programar el video porque ella se queda dormida y se pierde no se qué programa del corazón. Una hora estuve la última vez leyendo un manual de un video VHS, una pieza que no haría feo en un museo. Ahora me dan casi dos, pero me aprendí bien la lección porque sé que la próxima visita me tocará de nuevo. De vuelta a casa, me encuentro a los mismos niños en el mismo lugar.
El error ahora es de ellos. Salen corriendo tan rápido que sólo uno se queda despistao y no se da cuenta de que sus amigos han salido corriendo. A ése me voy a comer. Es muy pequeño para haber visto películas de terror y saber que el que se queda atrás no lo cuenta. Al advertir mi sombría presencia en la fría noche, se da la vuelta y se queda inmóvil ante la figura imponente de un hombre del saco con barbas y un chaquetón de plumas que no hace justicia a su varonil rostro y penetrante mirada. “Tú, ¿se puede saber qué les pasa a tus amigos?” No dice ni mu. Se ha quedado de piedra. Le miro fijamente y le adivino en la mirada que ha cometido un error por quedarse allí cuando yo estaba rondando aquel lugar. Quiere echar a correr y le dejo tranquilo siguiendo mi camino preguntándome con quién coño me habrán confundido. Bueno, ya madurarán, me digo. Los mayores no tropezamos en la misma piedra, sólo cogemos un adoquín y nos pegamos en la cabeza hasta que la hacemos gravilla.

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