El diablo se viste de Zara

Cuando el sol cae, se unen los ángeles y los crápulas, y se confunden.

Sé como me metí en la conversación y no sabía salir. Me contaban de la oferta del cardenal Amigo Vallejo para irse a Roma con el tan consabido prólogo de “uy mejor no te lo cuento que eres periodista, bueno, pues pasa que…”, cuando la otra interlocutora de mi fuente, presencia desapercibida hasta entonces, abrió la boca. “Puessss, sabesssss, la iglesia está ahora super abierta, el otro día en misaaa hablaron de la mujer y de cómo tienen que enseñar a sus maridos la igualdad” (en adelante, obvio el tono pijo que se me queda el dedo pegao a la ese).
Fue de esos momentos de cumples en los que te quedas solo y buscas una mirada cómplice, también solitaria, con la que volver a integrarte en el grupo. La chica va todos los días a misa de diez, respetable, y se lleva al novio consigo los domingos. Miré al chaval con compasión, un buen culo no compensa que te levanten de la cama el día que hasta el señor descansó.
La cosa pudo quedar ahí, ella a su religión y yo a la mía que viene con cubitos, pero no. Cuando buscaba el baño para expulsar los inconvenientes de mi fe, allí estaba, sor-presa. “Oye, pues tu cara me suena”. “Soy amigo de los cumpleañeros”. “No, pero de otra cosa”. Si pensaba en misa o de excursión al campo, atinada no iba. “Oye, que a lo mejor te has quedado un poco flipado, pero es que para mi Dios…”, empezó mientras yo volvía a caer en mis pecados, con seis cervezas soy presa fácil para comerme cualquier sermón. Entonces dios, buda o quien sea escuchó mis plegarias, el de dentro terminó, la puerta del cielo se abrió, y con una sonrisa me escabullí hacia los adentros con la excusa perfecta. Me llevé mi rato y antes de salir, miré hacia los dos lados, sin peligro.
La noche transcurrió, unos fieles al vaso largo, otros al redondo. Pero cometí un error, ir solo a la barra. Entonces escuché de nuevo su voz a mi espalda. “Holaaa”. ¿Pero qué quiere? ¿Evangelizarme? Ahora no venía a hablar de ella, era peor, quería saber de mí. Apunté en mi cuaderno mental: “aprende a hacerte el borracho, ponte delante de un espejo, ensaya y cuando estés de copas utilízalo”. Así que ahí le conté un resumen versión para todos los públicos de mi vida fuera a ser que se asustara hasta que el novio se acercó y volví a mis quehaceres.
Cuando ya me mosqueé, porque me di cuenta de que aquello formaba parte de una misión rara y recé porque fuera una broma de cámara oculta, fue cuando a los pocos minutos estaba tan tranquilo moviendo las zarpas en la pista de baile y la ví venir hacia mí. Me temí que viniera a clavarme un punzón en el corazón de lo decidida que venía y cuando llegó me clavó a bote pronto “¿y tú crees en dios?”. Ahora mismo, no, no puede ser tan cruel, pensé. Lo que ella vio fue a un tipo que suspiró profundamente, miró a la copa queriendo meterse dentro, la miró y se quedó callado unos segundos interminables.
Allí la dejé, pero al rato tuve que ir al baño. Cuando salí, no me lo podía creer, no podíamos tener los esfínteres tan sincronizados. Seguía esperando una respuesta, adiviné en sus ojos, en su mirada que me estaba corroyendo por dentro, en su sonrisa, en su boca semiabierta. En mis hombros, el diablillo estaba machacando al angelito, sólo esperaba a que alzara el pulgar hacia arriba para darle el estoque y que allí se desatara sodoma, gomorra y las mil plagas de Egipto todas a la vez mientras los jinetes del apocalipsis pillaban un ferrari. El fin de aquella noche estaba cerca. Entonces pensé en lo bien que se está en la cama los domingos, sonaron las cornetas en el cielo llamando a todos los ángeles a la carga, vi la luz y me libraron de los pecados capitales mientras mis demonios salían en estampida.  Mi alma volvió a unirse a mi cuerpo y juntos volvimos a la pista de baile.

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