¿A qué huele el poder?

El poder, o su ausencia, absorbe casi todas las horas de mis dos últimas semanas. En una comida de despedida con Gaspar Zarrías, mano derecha de Chaves, mis sentidos, salvo el del gusto que estaba pendiente de los chupitos, estaban interesados en los gestos, palabras y movimientos del político a ver si me olía algo. En un momento, quizá inspirado por los vapores del licor de hierbas, me ha venido a la mente mi única experiencia como líder de masas, pastor de individualidades, guía de espíritus perdidos: mi legislatura como delegado de clase en el colegio.
Fue una grata etapa de mi vida, que vino tal como se fue. Tras el paso por la clase del León en la guardería (ése era el dibujo de la puerta y el nuestras tarjetitas), estuve matriculado en varios colegios madrileños, incluso algunos meses en más de uno, mi padre no paraba de moverse. Entonces llegó el traslado a Andasulía, donde haría carrera. Entré a finales de 3 curso de EGB y aquellos 43 chavales apiñados (coño de ratio había entonces) observaron desde sus pupitres a un zagalillo menudo, tímido, naranja, que no se atrevía a levantar la mirada cuando el profesor Miguel, hoy panadero, presentaba al niño nuevo con un guión que me sonaba. “Tratadlo bien”, lo que viene siendo en lenguaje llano, puteadlo pero no os paséis.
Enseguida me gané el calor de aquellos salvajes gracias a mi simpatía, mi espontaneidad, mi talante y sobre todo, a mi puntería en el recreo como delantero palomero (dícese del que no corre en media hora y se queda al lado del portero contrario para rebañar cualquier pelota que pase en un metro). El deporte me hizo popular y mi primera candidatura como delegado de clase fue arrasadora. Unos 30 palitos en la pizarra, mayoría absoluta. Y ahí todo el año que si el prefe del profe, el de “ve a buscar a no sé quien”, el de “lee esto en voz alta”, el perejil de todas las salsas. En quinto revalidé. Y en sexto. Y en séptimo.
El éxito pasa factura y me recuerdo nervioso el día de cada elección, deseando que nadie levantase la mano para postularse como alternativa, que ese día el empollón hubiese cogido la lechina, que el profe abriera el cuadradito de papel y dijera “Antonio” y así uno tras otro y al final aclamación, aplausos, dolor en la derrota de los adversarios, y deportividad, claro, al acercarme orgulloso a consolarlos de una victoria cantada.
El programa electoral era básico: “clases de pintura, ¡dos horas¡”, “los deberes, nada de fines de semana o que los haga tu hermana”, “descuentos en regalices y piruletas” y “la tabla de multiplicar, hasta el cuatro”. Y mis compañeros “bien, picha, bien” y el profesor intentando amainar la marea y yo con las manos alzadas y los dedos en uve. El mensaje ya había calado aunque el profesor me corrigiera. Ellos ya sabían que, conmigo, we can, y mis amiguitos ya se encargarían de convencer al resto de la clase.
No me explicó qué falló. La hora de la sucesión llegó y no me lo esperaba. Se llamaba José Luis. No recuerdo el proceso y cómo fui perdiendo adeptos. Quizá mi discurso estaba agotado. No era más alto, ni más fuerte, ni más rubio que yo, tampoco hubiera importado porque todos éramos tíos, era un colegio salesiano, y recuerdo que estaba totalmente confiado en terminar el colegio como delegado con un currículum brillante de liderazgo. Pero esa mosquita muerta, ese tío con gafas de culobotella que no había un tío menos popular en aquella clase, arrasó y me quedé con unas escasas rayitas de tiza que no daban ni para cruzarlas. Sólo unos pocos fieles y algún que otro traidor se acercó a mi pupitre, en primera fila.
Desde aquello caí en barrena. Octavo fue un infierno. Protagonicé mi única pelea en la que embestí al Fofi contra una ventana y desde entonces me llaman Toro en el pueblo, nunca más leí el salmo en misa, no recité a nadie en las invitaciones a los padres, ni hice teatro ni canté villancicos en la navidad. Me empezaron a crecer pelos por todos sitios y en aquel momento nació el adolescente que más tarde llegó al instituto con más ganas de cerveza que de caracola. Perder el poder, sabe mal, Gaspar, te lo he visto, escuchado y palpado hoy. No nos lo olíamos.

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Una respuesta a “¿A qué huele el poder?

  1. Increíble, una vez más… ni él ni nadie se lo esperaban ehhh, pero él estará más jodío que nosotros, claro está… Y mientras tanto, “el cabeza” sin poder decir: “andasules y andasulas…

    Besos y gracias por tu visita … ahhh, y ánimo, nunca es tarde para presentarse a una nueva candidatura, ya sea del cole, ya sea de president para la comunidad de vecinos. ;o)

    Merchita

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