El traje

En un centro comercial, me siento como un elefante en una pecera. Me agobio. La táctica consiste en llegar, probar y comprar y, la mayoría de las veces, saltarse uno de los pasos y pasar de los probadores. Esta vez, es un traje, por lo que me voy concienciando del mal rato. La idea la aporta mi abuela, que está pasando unos días en casa porque la suya está en obras, y la secunda sin miramientos mi madre, que está ya vistiéndose para acompañarme, a la vez que chilla a mi padre que se deje dar cabezadas en el sofá y se venga. Él, volviendo del sueño de los justos, anda preguntándose que está pasando para tanto revuelo.
Agradezco la compañía porque sé que soy capaz de decirle a un dependiente desde la puerta que me cobre el del escaparate sin llegar a entrar ni en la tienda. En mi plan, mi madre hará de shopper mientras me quedo con mi padre fumando en los aparcamientos. Y así voy escabulléndome entre el A-22 y el A-23 hasta que descubre mis propósitos y, sí, voy a tener que entrar en la tienda, mirar los expositores e incluso entrar en los vestuarios y no salir de ellos hasta que el conjunto goce de su visto bueno. Mi padre va por el B-23 con cigarro en la boca y sin mirar atrás, su evasión ha tenido éxito.
Bueno, vamos allá. Busco a un dependiente, hombre, en Massimo Dutti, para exponerle la teoría de las tres B y la L. Bueno, bonito, barato…y ligero. Él me comprenderá. Primer aviso de que esto no va a ir bien. Va a llamar a la compañera de la sección masculina. Rezo a todos los dioses porque no esté buena. Me pasa, sé que se me va a poner cara de tonto y no voy a ser capaz de decirle que no así me vista de tortuga ninja. Soy de ese tipo de personas incapaces de llevarle la contraria a una tía buena y mantengo la firme teoría de que las contratan en las tiendas de tíos para que nos gastemos el sueldo del mes y salgamos de la tienda con cara de tontos y un montón de bolsas con ropa modernita que quedará en el fondo del armario mientras nos vestimos con la clásica camiseta de dos agujeritos del cigarro con la que tantos momentos hemos compartido.
Me sudan las manos pensando en el dineral que me va a costar la tontería cuando aparece Mari Carmen, gracias a dios, sólo monilla.
Con el primer traje, negro, parezco el muñequito de una boda, sueca claro. Mari Carmen se da cuenta de que estoy mirándome en el espejo preguntándose quién es ese tío. Se va y me trae otro, con el que entro en la piel de James Bond. Juego a disparar a mi madre mientras me paseo. Mi padre ya anda por aquí, sentado en un taburete que no sé de dónde se ha sacado. “Ten cuidado no te vayan a confundir con un maniquí” le digo mientras se despereza y se arrasca la barriga a la vez, toda una destreza digna de ser grabada y analizada por antropólogos.
Mari Carmen trae refuerzos, otra compañera con dos trajes. Con uno casi reviento el botón del pantalón y con el otro, si me sueltan en el Polo Norte nadie se dará cuenta de que no soy un pingüino. Dos trajes más y esto ya me está costando. La dependienta se da cuenta: “manoli, deprisa, que el chaval se está agobiando”, avisa de que las alarmas están a punto de sonar. Mi madre alo suyo, no pierde oportunidad: “uno que le esté bien que a lo mejor le valga hasta para su boda, aunque sea en el juzgao”. Mamá, no me vendas tan bien, la chavala ya ha tenido que intuir que estoy soltero cuando he venido contigo.
Mari Carmen ya va a saco, pasa de lo que opina mi madre y ahora un traje gris pega con una correa y unos zapatos marrón porque lo dice ella y con una corbata morada porque ella lo dice. A estas alturas estoy en sus manos. “Te estoy vistiendo a mi gusto”, y yo encantado. Me da dos vueltas pa adelante y pa atrás y dice que qué tal. Yo la miro, me dice que me ve muy bien y yo con mi Mari Carmen al fin del mundo. Vámonos.
A la hora de pagar, deslizo la camisa hacia el lado de mi madre, por si pilla la indirecta. Mi padre a metros ha visto la jugada y de pronto le han entrado ganas de fumar. La complicidad con Mari Carmen es total, creo que voy a ir guapote a la boda, “¿la camisa se la cobro a usted señora?”, y yo que tiro de “no, mujer, no” y mi madre se siente atrapada en su condición de ser quien me trajo a este mundo ante la muchacha y pica hacia el monedero.
En el camino de vuelta recuerdo que mi abuela debe seguir en casa. Le están arreglando el cuarto de baño, que le está quedando precioso, yo le he dicho que no se preocupe que iré a verlo. “No te preocupes abuela, el día que me quité la barba voy para allá y te dejo aquello to lleno de pelos”, le avisé por su idea del centro comercial, mientras mi madre me miraba con cara de “verás tú que al final son tus bromitas las que se cargan a la abuela”. Llegando voy con las manos planchando por lo alto el traje. Abro la puerta y entrada triunfal, “mira abuelita, que traje más chulo me he comprao yo solito”.

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8 Respuestas a “El traje

  1. Te voy a decir una cosa, no sé cómo se puede tener tanto arte siendo de Rota, hijo de la Benemérita, pelirrojo y encima periodista. Antonio sigue escribiendo, por dios

  2. Cada vez que leo alguna de tus aventuras me haces pasar un buen rato. Alguna vez leí que la sonrisa enriquece al que la recibe, sin empobrecer a quien la ofrece. Gracias una vez más.

  3. No me imagino yo un pelirrojo con un traje, aunque me informan que, precisamente, no son trajes los que te nublan la vista nocturna.

  4. Estoy con Luigi. Un pelirrojo con traje es algo raro. Aunque por otro lao, pienso que te va a venir mu bien para la próxima Semana Santa sevillana. Ahí si que vas a triunfar.

  5. qué gracioso eres, la verdad… que me he reído una jartá como dice la Melani del Antonio, ese, el Banderas. Por cierto, y de la Mari Carmen, qué? ná de ná? uff, esto ha de tener segunda parte.

    Merchita.

  6. Que divertido eres! me he reído mucho con tu post.
    Saludos desde Caracas.

    http://cienporcientobodaselblog.blogspot.com

  7. Muy divertido, he conocido tu blog por el de luigi.

    Estoy contigo en lo de que a veces ponen a gente guapa para impresionarnos.
    A mí una vez un tío de infarto me hizo una entrevista de selección, que además tonteaba… y uff, claro qué difícil es mantener la claridad mental necesaria…

    Al final el tipo me dijo que eligiese el puesto que quisiera y yo le dije que quería el suyo. Creo que en ese momento se le rompieron todas las expectativas sobre mí, y por su puesto no me llamó 🙂

  8. Esa tía no tiene ni idea. Traje gris y cinturón marrón yo no lo veo, ni para los pelirrojos, la verdad. Bueno, depende del gris. Mari Carmen lo que quería es toquetearte, que las dependientas son todas iguales.

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