Toni Jones (y el pago del alquiler de mayo)

Mi lista de quehaceres un lunes libre parece la agenda de un ministro. Lo más importante, tras llevar el traje al seco, será rendir cuentas con mi casero, aquel que insistió como un mandamiento que tenía que pagarle en los primeros cinco días del mes. Cojo camino de mi banco en sandalias y los diez deítos todos a una me preguntan qué ha pasado con los calcetines, que están arrecíos con la rasca mañanera.
Muy serio a mi llegada a la cola, una señora sentada me avisa con voz desagradable “oiga, que la última soy yo”, a la vez que las dos perritas pijas que lleva empiezan a ladrarme. Observo que la diferencia entre la cartera de esa señora y la mía no será tanto en el billetaje, que más o menos andaremos igual, sino en el número de fotos de carné que lleve. “Ésta es mi hija la mayor, ésta la chica, mi marido que estará en la gloria, ésta la nieta de la grande, éste el sobrino de la pequeña, éste un perro que se me murió, éste un guardia que me puso una multa y éste el funcionario que me la quitó”, me imagino que relatará al que pille confianza. “Yo voy antes que ese chico”, la escucho a la espalda dando la bienvenida al que llega y vanagloriándose de su lugar privilegiado a pesar de que está sentada 500 metros más atrás.
A su turno, la mujer mira a un lado, después al otro y dice muy bajito: “4.000 euros, en billetes de 500”. Miro yo también a los lados por si alguien más la ha escuchado, no por buscar un cómplice que se encargue de sus acompañantes mientras me acerco a la vieja, que no sería por falta de ganas de llevarme puesto en las sandalias una calcamonía de las perritas que no paran de ladrarme, sino por saber si tienen la misma curiosidad que yo de ver por fin un billete morado de ésos, un misterio de los que todos hemos oído hablar alguna vez, pero nadie con certeza asegura su existencia. Creo que Iker Jiménez le dedicó un programa un día.
Me pondría las gafas de sol por si eso reluce y me deja cegato, pero no tengo. La vieja mira otra vez hacia atrás, sus perras siguen ladrando. Mete en su cartera los billetes y se larga como si nada hubiera pasado. Es mi turno y me siento como si el de delante en la barra de un bar hubiera pedido un Jack Daniels con agua y yo fuera a pedir un batido de fresa con pajita. “Hola, buenos días, me pone un billete de 500 y uno de 20”. No voy a ser yo menos para pagar mi alquiler, además me hace ilusión.
El del banco me pide el DNI, todo conforme. Miro hacia detrás yo también, izquierda, derecha, cojo mis billetes, los introduzco en la cartera y al dar dos pasos hacia la puerta empiezo a sospechar de todo el mundo con mirada aviesa.
De mi banco al de la cuenta de mi casero me separan 50 metros y una esquina. Empieza a sonar la banda sonora de Misión Imposible, “tan tan tana, tan tan tana”. Me echo la mano a la cartera, sigue allí. Al salir por la puerta todo está en su sitio, no hay ningún coche negro aparcado en la puerta que no hubiera visto antes, el cuponero parece tranquilo y el que da a probar garrapiñadas en la esquina parece que no le hace señales delatadoras a ningún sicario. En las obras de la Encarnación parece que no hay movimiento, bueno, como en el último año y medio, el camino parece despejado.
Dudo si echar a correr, no me tendría que haber puesto las chanclas, y opto por caminar muy despacio con la mano pegada al bolsillo del pantalón. Joder, tengo que comprarme unas gafas de sol para no llamar la atención. Unas gotas de sudor empiezan a recorrerme la frente y creo que me van a dar con un palo en la cabeza en cuestión de segundos, pero ya he llegado a la esquina y veo de lejos el cartel del Santander. La vieja de las pipas no sabe nada, los dos mendigos no me miran a su paso, las chicas de carpeta de instituto no están organizadas y llego sin problemas al banco lamentando no encontrarme a nadie de seguridad en la puerta. Espero encontrarme a la vieja y sus perritas haciendo cola de nuevo para compartir experiencias, pero a saber dónde estará la capo de la mafia sevillana.
Cuando tras un ratazo me toca mi turno, saco de la cartera esa pieza de museo morada y hasta el cajero se sorprende y dice “coño”. Me siento como si fuera Indiana Jones entregando el Santo Grial al British Museum después de hacerme hueco con mi látigo por la calle Imagen y salgo del banco sonriente y con la impresión de que he hecho un buen trabajo. Voy a tener que repetirlo todos los meses, hasta el alquiler me parece hoy barato.

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Una respuesta a “Toni Jones (y el pago del alquiler de mayo)

  1. Qué arte tienes¡¡¡ yo he visto estos billetitos en la publicidad que hacían fotocopias en color y por milésimas de segundos, el corazón se te iba a salir por pensar que eras rica por un día¡¡¡ Endevé, lo que hace un cacho de papé¡¡¡

    Merchita

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