Un san Antonio texano

Llamadme delicado, pero no me gusta cocerme en mi jugo a 40 grados a la sombra. Así que hago el petate y cojo camino de mi casita de verano, la que tienen mis padres en usufructo hasta que les metamos en una residencia. No saben de mi llegada, pero la sorpresa me la dan ellos nada más cruzar la puerta. “Esto, ¿y tú dónde vas a dormir?”.
La casa de mis abuelos lleva más tiempo en obras que la Sagrada Familia y mi cuarto lo okupa mi tito soltero. “Bueno, ya buscaremos algún sitio”, repone mi padre en tono conciliador, aunque inquietante. A las horas han encontrado una solución. “¿Cómo que hay un sitito en el sotano entre la lavadora y el armario de los zapatos? Pero qué soy, ¿la tabla de la plancha?” Llenando a pulmón un colchón de aire, mi padre escucha como el que oye llover la furia del primogénito, que amenaza con echarse una novia esa misma noche con casa donde quedarse a dormir en oposición a tamaño desagravio. Mi madre no puede reprimir la emoción y se pone a tocar las palmas. Más de una vela va a tener que ponerle…
Por compensación, me dicen mis abuelos, nos van a invitar a comer. Somos cuatro los que celebramos san Antonio (mi abuelo, mi abuela, mi padre y yo) y hace años que no coincidimos. Por lo visto, a la tradición familiar se ha incorporado un restaurante de Sanlúcar, El Rancho, y el menú se lo conocen mejor que la tabla de multiplicar. Ya por el camino han decidido con la boca hecha agua cuatro parrilladas, tres de chistorra, dos de chuletas, otras dos de costillitas y de solomillos y patatas bravas. “Y unas ensaladas”, añado en voz baja. Ante la inminencia de mi salida de la línea hereditaria, mi padre repone para tranquilizarme que debajo de la chistorra ponen lechuga, con lo que el saldo de vegetales queda cubierto.
El Rancho tendría un eslogan fácil en su campaña publicitaria: “aquí se viene a comer”. Cuatro salones llenos de mesas largas de madera y camareros llevando bandejas y jarras para saciar a la plebe. No es un restaurante de diseño, me extraña no haberme encontrado en la puerta abrevaderos para las bestias y se nota que los cuadros de bodegones se han puesto para darle uso a las alcayatas. Mi familia se conoce cada rincón y son los más rápidos a la hora de adelantarse a otros cinco para pillar la única mesa libre. Se celebra como el triunfo de una batalla, mirando orgullosos a los que se quedan de pie hambrientos y desolados ante un clan superior. En la repetición de la jugada, se hubiera observado un leve codazo de mi madre a la señora enlacada de la otra familia, punible pero dentro de las reglas de juego, como el atleta que se hace hueco en una carrera.
En El Rancho las servilletas de tela no han estado de moda nunca, los refrescos son en latas, lo que se conoce como entrantes allí se llama aceitunas de las gordas, el pan es de pueblo y vino el de la casa, los platos se sirven todos a la vez y los cubiertos te los ponen si los pides, en realidad, si los pido. “Claro, como éste está acostumbrado a que lo inviten a comer los ministros”, se mofa mi padre de los recatos del niño ante la risotada general.
Cuando llega el cochino en trozos que está reservado para cada mesa, tiembla el suelo. A mi abuela le han pedido unas ortiguillas, que es un bicho con algas rebozadas típico de la zona y que al final tuve que comerme yo, Antoñito el verde, porque ella se tiró a la morcilla y la panceta para no desentonar en la estampa.
En la mesa de al lado, otra reunión familiar chillaba más que la nuestra, pensábamos que de otra zezeante tribu cercana, chipioneros o sanluqueños, hasta que vino a saludar un chaval que por lo visto había estado en mi colegio. No le reconocí, ahora pesaba 40 kilos más, un asiduo al tex-mex, intuí. “Y yo que me pensaba que erais forasteros”, les hizo hueco mi madre, que así denomina a todos los que no son del pueblo, mientras mis abuelos ya no los miraban recelosos. Cuando volví de fumar con mi hermano, las dos mesas eran una y allí corrían jarras de tinto y cervezas como en una taberna, los niños correteaban, la carta de los postres estaba en el suelo y el ‘digestivo’, eufemismo del whisky con hielo, venía de camino.
A las tres horas y media de haber entrado, ni mi padre sabía lo que era la tensión, ni mi tío el colesterol, ni mi madre el azúcar, ni a mis abuelos les dolían las piernas, ni las camisas ignoraban los lamparones. A la salida, aún con 40 grados, mi padre me tenía reservada una sorpresa más camino del coche, las llaves. “Bueno, ha estado bien la reunión familiar, vamos a casa”. Pero entre parrillas, se había diseñado un plan alternativo para el que no hacía falta mi consulta: me tenía que meter dentro de la ciudad, mi abuela quería ir al centro comercial. “Allí podemos merendar”, escuché a mi espalda. Cambio rancho en Sanlúcar, por una casita de playa en San Antonio.

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Una respuesta a “Un san Antonio texano

  1. Ya te vale, aguillilla, ya te vale. Vuelves al nido y al menos tienes cama y proteínas para alimentarte (ni que te hubieran dado un bocata de york y queso o una lata de atún). Últimamente el blog sólo te sirve pa quejarte. Un quejica, con gracia, pero un quejica al fin y al cabo.

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