Put-apio

Después de una gran carrera por el río en la que he batido a todos los viejos que me he encontrado, me merezco un homenaje. Creo haber visto a un par de conocidos por el camino, pero la velocidad de mis zarpas en acción seguramente les habrá impedido distinguirme, es algo imperceptible para el ojo del ser humano. Para reponer fuerzas, voy a prepararme una comida reponedora.
Busco por Internet en recetasfaciles.com (tampoco es plan de estar toda la mañana en la cocina), buceo y de repente, plas, ahí está, éste será mi menú. Llego al supermercado concentrado, con un posit en el que he apuntado todos los ingredientes necesarios. Mi lista de la compra me dirige hacia la sección de verduras. Primer problema. ¿Qué pone aquí, un puerro, qué cojones es eso?
Hay veces en las que uno se sorprende a sí mismo. Cierto es que durante determinadas épocas de mi vida he tenido dificultades para diferenciar ciertas verduras. Ésta es una de esas etapas, algo prolongada, de 30 años. Me ayudo de los cartelitos, pero no lo veo. Por suerte, el encargado pasa por allí, pregunto y me manda a la sección de “frescos”. Le miro, me parece lógico, y cojo camino. Allí diferenció a las lechugas, “hola qué tal” y a las frutas metidas en tarritos, pero dónde está el maldito puerro. Admiro la determinación de las señoras, cogen y se van, sabias de las verduras frescas. Aquí no hay cartelitos y me decido por un paquete de “cosas”. Nada más darme la vuelta, el encargado está reponiendo y me advierte sin mirarme: “eso son apios, los puerros están abajo”. Como no es cuestión de llevarle la contraria, dejo el paquete y cojo lo que él dice, una especie de, no sabría definirlo, planta o algo así con un montón de hojas. El apio me parece más asequible.
Con las manos en la masa, el plato a preparar lleva patata. Bien. Chorizo. Bien. Cebolla. Bien. Pimentón. Bien. Y puerro. Bien, picha, bien. Son la una y para Los Simpson estoy yo ya sentado a la mesa con mi barra de pan para mojar sopa. Me veo bien pelando la cebolla, a un tío tan duro una lagrimita de vez en cuando no le hace daño, con las patatas apenas me corto y el pimentón creo que lo he cogido bien, que no es pimienta ni nada de eso.
Ha llegado el momento puerro. Lo miro. Me mira. Cojo el cuchillo para intimidarlo (como se eche para atrás la cosa ésta salgo corriendo por la puerta) y cuando voy a entrar a matar me pregunto “vale, ¿pero dónde?”. Reflexiono. Si a una lechuga se le quitan las primeras hojas, esto debe ser más o menos parecido, es de la misma familia, de los “frescos”. Pero una duda me corroe al ir quitando media docena de hojas y no encontrar nada: sería muy absurdo si de una lechuga me comiera sólo el tallo. Da igual, hay que arriesgar, descarto comerme las hojas y me quedo con el tallo. Cuando compruebo que me he quedado con un tronquito y que todo el puerro está descartado, busco la factura: 1,80.
En ese momento se me viene a la cabeza un recuerdo que tenía olvidado. No es la primera vez que veo a un puerro tan de cerca. Hace dos años (entro en una especie de flashback), vi esta receta y me dije: tiene buena pinta. No consigo acordarme de cómo di con un puerro, pero estoy seguro de que llegó a mi frigorífico. Luego, por estas cosas que pasan en la vida, se me apetecería otra cosa o me llamó alguien para salir a comer fuera, y durante días, aquello acompañó a los yogures y a la coca-cola. Recuerdo que me dije: no lo tires, esto no se pone malo, ya lo cocinarás. Y durante cierto tiempo aquello permaneció en el frigo, no sé calcular cuánto, probablemente se escondió en las rendijas de las verduras, hasta que un día la abrí y dije: “qué coño es esto”, lo metí en una bolsa y lo tiré.
Ahora no se ha salvado, porque me he atrevido a pelarlo. Vuelvo al ordenador y pone que lo corte a la juliana. Bien… ¿A la qué? Estoy por llamar a mi madre, pero no puedo esconderme siempre bajo su falda, cuando vienen los problemas hay que enfrentarse de frente. Así que cojo la planta ésta y cha cha cha, a la olla.
(…)
“Son las tres y media, me llamo Antonio y tengo hambre”, podría grabarme en una cámara como la tía de Callejeros. La patata está dura, el puerro, como intuía, ha desaparecido en la olla y todavía no le he echado el pimentón porque me he quedado sin Internet y no sé si es demasiado pronto o ya es tarde.
Improviso y a las cuatro y media, cuando la patata tiene toda la pinta de un puré y aquello cuesta reconocerlo como la foto que había visto en el ordenador, me sacó de comer. Lo pruebo, y creo que la cosa ésta me ha estropeado mi guiso. Marco por teléfono. 954425849. “Sí, hola”. “Hola, ¿Telepizza?”. “Sí”. “¿Todavía poneis de comer”. “Sí”. “Pues una pizza”. “¿De qué, señor?”. “De lo que sea, pero que no lleve ni una verdura”. La próxima vez que vea a un puto apio de ésos, lo mato.

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Una respuesta a “Put-apio

  1. Joder naranjito, estás pillao. Creo que te quedastes así desde aquella vez que te gastastes las mil pelas en el stand de lo sfritos… Todaví ame acuerdo porque al final me acuerdo que comistes de lo que yo traía de mi pueblo, como casi siempre mamona. Eso sí, magnífico el día que nos pusimos tú, el de vargas, raulito y yo hasta las cejas de langostinos a la plancha.

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