La estrella del heavy

Yeahhhh¡¡¡¡¡ El heavy no es violencia¡¡¡¡¡

Si existe algo en el mundo con lo que se me cae una lágrima de la pena no es con la última escena de Titanic ni cuando Marco encontró a su madre. No, a mí lo que me toca la vena sensible es ver a un heavy triste. No sé que me entra por dentro que se me parte el corazón.
Y tengo a un colega heavy con pose marchita estos días porque le ha dejado su heavylona y está cayendo en el oscuro abismo. Ya ni se vuelve a zurcir, minucioso, los parches que se le van deshilachando de su chaqueta vaquera y eso es síntoma muy heavy para un heavy. Está tan mal que el otro día le puse Estopa en el coche a ver si reaccionaba y ni me miró. Se quedó ahí, ensimismado, cuando lo normal es que hubiera abierto la puerta y saltado en marcha a la vez que chillara “mariconessssssss”. A él, que le he visto pegarse a litronas con otros tíos por discrepancias sobre un riff de guitarra, ahora le digo que Estopa son “la polla” y no las nenitas de Black Sabbath, Led Zeppelín o Rainbow y se me queda igual. Lo dicho, es lo más triste del mundo.
Le conocí hace más de quince años, cuando éramos unos criajos, bueno yo, que él ya era un heavy metal que proclamaba que “ya no habrá un concierto como el de Donington del 88” y decía que los Europe eran una “panda de sarasas drogadictos comerciales”.
Todas las noches, o casi, me hacía buscar en el cielo la estrella del heavy, que decía que allí iban a parar todos los rockeros buenos, y que si no la veía era porque yo, ni bendiciéndome Satán, podría llegar a ser nunca un heavy auténtico porque no había sido elegido y que siguiese de ahí en adelante con mi vida como pudiese sabedor de mi infortunio.
En nuestros primeros tiempos, nos costó adaptarnos como amigos. Si a mi me molaba la idea de pasarnos por locales como el Aqua, el Salsaya o el Mareíto, que eran los que estaban de moda y había niñas monas, él sólo sabía del Zambra, donde cada vez que se abría la puerta, en sus buenos tiempos, salía un estruendo del infierno. Ahí no se podían pedir ni martinis con limón ni malibúses con piña ni cosa de nenazas. O cerveza o whisky, preferiblemente jackdaniels, y si podía ser todo junto mejor que mejor.
Mi colega bebía cerveza y si alguna vez conseguía que nos acompañase a los locales que yo creía cool del poblacho pedía zumo de melocotón como prueba de su disconformidad. Lo agarraba, iba a mitad de la pista y se lo echaba en la cabeza mientras se descosía la garganta cual último guerrero con un “Guajjjhhggaaahhhhhh¡¡¡”. De drogas también tuvo su rato. Decía: “Yo he dicho No a las Drogas, pero ellas no me escuchan”, cual Marilyn Manson.
Se echó novia pero, a diferencia de otros amigos, sabía siempre donde encontrarle en mis retornos. Siempre lo he dicho: nunca me tomaré una cerveza solitaria si no quiero, sé que él va a estar.
No está bonito decirlo aquí y ahora, pero a mí ella no me caía bien. No tenía punch, que es como denomino a ese golpe que te dan las personas que llaman la atención por alguna cualidad, y que va desde el extremo de la inteligencia a la simpatía, pasando por la espontaneidad o la sinceridad. Y ella no tenía ninguna clase de punch, más bien era una pija relamida que quería presumir de salir con el chico malo de la chaqueta de parches. A pesar de los años, seguía mirándonos como a extraterrestres cuando saltaba una buena canción, dejábamos el vaso sobre la mesa, o no, y nos disponíamos a vivir ese instante. Porque un acorde de guitarra es una patada en las pelotas. Y cada solo una puñalada en el corazón. Pero cuando volvíamos del trance, allí estaba su fría mirada reprobatoria.
De eso ya no se acuerda, por más que se lo recuerde. “Es normal que no lo vieras, tú ibas flipao, o borracho, o flipao borracho”. O sólo se dejaba llevar por la conmoción que envuelve al verdadero seguidor de este tipo de música. “Teniendo en cuenta lo hijos de perra que somos, las pocas pulgas que tenemos”, se sonrió aún absorto en sus cavilaciones. Asentí y pedí otra. Tarde o temprano, mi colega volverá a chillarle al viento, a agitar la melena y verá de nuevo brillar una estrella en el cielo. A todos se nos apaga alguna vez.

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