La luz de la mañana

Toca despedida de la playa. A primera hora de la mañana, la arena sólo la tocan algunos abuelos que se han levantado temprano para dar un paseo o el primer baño. Miran hacia el horizonte, hacen estiramientos y ni se saludan unos a otros, inmersos en su relación con el mar. Si de repente a mi cerebro le apeteciera ver a una chica en bikini, más me valdría ir en busca de un quiosco. Sin embargo, esta nublada mañana mis instintos están absortos en la melancolía de mi último día de vacaciones, una sensación que me ha llevado a considerar como una buena idea saltar de la cama como un resorte a las 8.30 y salir a correr por la arena para aprovechar las últimas horas.
Tengo que asumir que en este pueblo no tengo competidores cuando cojo el ritmo. Mis temores iniciales a que en los primeros pasos me dé un patatus y acabe con la boca llena de algas o algún que otro carajo de mar se han esfumado y a los abuelos sólo les queda echarse a un lado para dejar paso a esa máquina de bufar que va echando por la boca todos los excesos del verano. Cuento los segundos para llegar a la sombra del paseante que oteo a lo lejos “treinta, veinte, diez,…” lo pillo y a por el próximo.
Así sigo hasta que mis pulmones dicen basta y acabo en una playa lejana, superado ya el hotel a pie de playa que marca el límite tradicional de los bañistas. A mi mente vienen las primeras palabras de mi madre cuando he abierto los ojos “¿qué te vas a poner, pantalón de correr o bañador?”. La he mirado con desdén ante el despiste de la que no sabe que tiene un hijo casi deportista profesional que va a correr con todos sus avíos. “Con el calor que va a hacer yo me pondría bañador”.”Mamá, por favor”, he corregido su ignorancia.
Son las nueve (no hace falta detenerse en cronometrar la carrera), el cielo está nublado, el agua tiene una pinta estupenda y por aquí no pasa un alma, he pensado antes de que me asaltara otra buena idea esta mañana. Mirada a izquierda y derecha, tenis fuera, camiseta fuera y, sí, todos los avíos en un montoncito para quedarme como mi madre me trajo al mundo antes de correr evitando todas las piedras cojoneras con punta hacia arriba hasta zambullirme en el agua cual perrillo con la lengua afuera. Me sumerjo, buceo con los ojos abiertos, vuelvo hacia arriba, nado, siento que las olas acarician la piel, libre de ataduras y nylon. Otra vez. Y una más. Hago la postura del muerto y me dejo llevar por la corriente mientras mi brújula apunta hacia el primer sol de la mañana.
Pienso que es un gran final para un gran verano y en ésas estoy cuando voy abriendo los ojos con cuidado para que no me entre sal, dirijo la mirada hacia la orilla y advierto cómo por una pasarela para mí desconocida va bajando una veintena de camisetas y gorras blancas. En un primer momento, con los ojos achinados, les veo lejos, pero al abrirlos completamente, están más cerca de lo que imaginaba. Están enfrente. “Buenos días”, saluda uno de los viejos hacia el mar, donde, no hace falta mirar a los lados, sólo estoy yo. “Ehh, buenos días”, le chillo sorprendido de que pueda haberme visto y maldigo lo educados que son los viejos por las mañanas. Son más de 20 y lentamente van posicionándose a mi vista, en corro, con lo que parece ser una monitora en medio y sólo cuando veo el pequeño montoncito de ropa que está a apenas un metro de ellos y en el que no han reparado, advierto lo comprometedora de la situación. Pienso en salir rápido del agua, responderles con un buenos días a todos así en plan naturista, coger mi ropa y largarme, cuando a mitad de camino compruebo que lo que me parecía una monitora no es tal, es peor.
Otras palabras de mi madre a las que no había echado cuenta en estos días asaltan de repente como un fogonazo: “tu tía se ha puesto a darles clases de yoga a los viejos del hotel”. Sólo hay un error, no es yoga, es tai chi, que para mi infortunio es más lento. Empiezo a trazar planes de fuga como un poseso pero ninguno me convence. En todos mi tía acaba viendo el regalito de su sobrino. Sólo uno me parece una buena idea esta mañana. Si me pongo algas en la cabeza y en el bigote, nadie reparará en lo que viene por debajo y más importante, mi tía no me reconocerá. Pero sólo me valdría para salir del agua, la ropa está estratégicamente depositada que más parece del grupo que mía. Tampoco puedo quedarme en el agua eternamente, me está empezando a entrar frío, y salir por otra parte de la playa me obligará a quedarme en pelotas o cubrirme con arena hasta que la sesión acabe. ¿Y si se despistan y se acaban llevando mi ropa?
Este pensamiento me hace decidirme. Tengo cierto afán exhibicionista, pero no tanto como para subir unas escalerillas y andar desnudo por una avenida hasta mi casa. Sería un final curioso para el verano, pero no. Así que vamos allá, pero… ¿qué salgo mostrando lo de adelante o lo de atrás? Ya que vamos, vamos con todo.
Creo que no había acabado de salir del agua cuando mi tía ya había intuido que aquel tío que ni siquiera se tapaba sus vergüenzas era su sobrino. Será por los andares, porque mis primos se me parezcan o vete a saber, pero le veía en la cara que estábamos a punto de protagonizar la postura del loto más entretenida de la historia. No chilles, no chilles… “¡¡Pero Antoñito¡¡”, chilló. Te he visto, tita, te he visto…
Entonces los abuelos y las abuelas se giraron y allí estaba yo, la luz de la mañana. Con naturalidad, pasé el trago y sonreí a las risitas divertidas. Creo que es buen final para el verano, sobre todo porque tengo que salir huyendo de casa antes de que una reveladora llamada a mi madre la haga dirigirse a mi cuarto para, una vez más y como en las últimas semanas, recordarme quién lleva la razón: “no te dije yo que te llevases bañador”. El verano que viene, el verano que viene…

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2 Respuestas a “La luz de la mañana

  1. Uff, qué activo estás, no paras estos últimos días¡¡¡ enhorabuena por tu actividad postvacacional..Sin embargo, yo estoy agotada, agotada¡¡¡¡…. Como siempre, me ha encantado.

    Merchita

  2. Ahhh… Ahora entiendo lo de ‘pishita’.

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