Viva el arte de la picotilla

Encaminé mis pasos hacia el centro de arte contemporáneo. “¿Adonde?” Al centro de arte contemporáneo. “Tú estás mal, tío”. Inauguraban una exposición, tenía la tarde libre e iba a tomármela en plan cultureta, una vez superado los recelos, pensaba, tras la sorprendente visita al MoMA. Con todo, aún no hay quien me quite el chubasquero que me pongo antes de entrar para que me resbale la sensación de “¿éste tío se está intentando quedar conmigo?” Como me dice un amigo, mi afición favorita es picar a los picosos, pero se me funden los cables si es al contrario: si alguien intenta desconcertarme con algo que me resulta ilógico, me cortocircuita.
Me pasó al principio en el MoMA. En la recepción habían elegido la obra de un chino, Song Dong, de objetos reciclables que parecía aquello un mercadillo. Tranquilo, me dije. Luego la primera obra que vi era la foto de un gordo en una bañera. Clic, clic, me toqué la cabeza porque algo estaba a punto de estallar. Y después una lámpara a la que, por muchas vueltas que le di, no le encontré el interruptor mientras la gente le echaba fotos. Un instinto interno me llamaba a pintarme la cara y empezar a bailar cheroke mientras me quedaba solo dando machetazos. Por suerte para ellos, apareció una coreana a la que seguí y descubrí a Richard Avidon, Allen Ruppersberg o Robert Rauschenberg, que no eran marcas de cerveza sino artistas que me alejaron de la idea que tengo de este arte de “esto lo hago yo con la polla en dos tardes”.
Volvía a poner a prueba mi control sobre el arte contemporáneo. Por el título, Máquinas de mirar o cómo se originan las imágenes, tampoco pensé que me hiciera falta la pastilla para ponérmela debajo de la lengua. Además, una de las comisarias es amiga y prometió que los artistas iban a explicarnos sus obras. No sé si eso fue mejor. Porque si ves una obra y no le encuentras explicación, coges y te vas. Y si se la encuentras, pues es la tuya y te da igual lo que signifique. Pero si piensas que es una cosa, y viene el creador y te dice que es otra que está en las antípodas de lo que tú has pensado, mal vamos. Por mi parte, saco el estuchito, elijo tres colores que combinados signifiquen ira, indignación y ganas de matar y me voy coloreando la cara para lo que viene.
De repente me vi en un cuarto que, al atravesar la puerta, se encendían las luces. Al adentrarte, se apagaban. Depende de donde estuvieras un sensor de movimiento te detectaba y proyectaba un imagen en la pared, pero solo un cuadradito, como si fuera un puzzle, de modo que si acaparabas todos los sensores, unos nueve, la imagen quedaba completa (una casa, vamos, tampoco es que fuera una cosa extraordinaria). Lo que yo explico en dos líneas, el tío se llevó veinte minutos porque, claro, la casa representa el orden de la memoria de no se qué y el movimiento la revolución social de no sé cuanto. Sumado a todo esto el cachondeo de que mientras el artista explicaba, si alguien se movía levemente y encendía una luz, le jodía la explicación y tenía que empezar desde el principio. A mí con la risa sólo se me ocurría preguntarle si pagaba mucho a Sevillana por el invento. Definitivamente los artistas no tienen sentido del humor. Si alguien le encuentra otro significado a sus obras, se cortocircuitan.
En ese momento le dije a la comisaria que, como última oportunidad antes de irme al bar, quería una obra donde se tocase algo, por interactuar vamos. Antes de llevarme a la sección infantil, presentó al grupo a un artista argentino que nos contó su obra. Resumidamente, eran unos 50 microlibritos que si pasabas rápido los fotogramas contaban una historia, la de una familia convencional en la que él se entromete porque le gusta la pibi. Está divertida. “¿Y cuánto tiempo has tardado en montarlo?”, pregunté. “Dos años y medio”. Creo que me quedé mirándolo como dos minutos sin que me viniera ninguna palabra con la que seguir la conversación. “Pues, muy bonito, esto muy chulo, gracioso”, ¿qué se dice en estos casos? “original”, sí, creo que ésa es la palabra que mejor le caerá después de la inversión.
Con tanto interiorizar, nos olvidamos de que fuera había un cóctel gratuito para la inauguración, y cuando llegamos, la cinta de lomo estaba a punto de la extinción a causa de los verdaderos amantes del arte, del de “illo, me pones una cervesita”. Allí estaba el mundillo: artistas, patronos, políticos, periodistas. Y una madre que gracias a su aportación me resumió la velada cuando le dijo a dos de sus churumbeles mientras sostenía una cruzcampo “niños, venid ya p’acá que me tenéis hasta la picotilla del chocho”. Señores, eso es arte, y lo demás….

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