Mi hermano pequeño

Ver a un niño llorando es desolador. Pegando el coñazo también pone de los nervios, pero a lágrima tendida y sin consuelo durante más de cinco minutos acaba con la paciencia. “Angelito, qué dolor”, dicen las viejas. “O callan al niño o lo colgamos”, pensamos los demás. En este caso la madre optó por pasar de él hasta que se le pasara la llorera y se puso a leer una revista, pero el niño siguió, siguió y siguió y cuando yo me fui, seguían los hipíos del pequeño salvaje, cabreado porque el hermano mayor no le dejaba la play. Los varones lloramos por cosas no muy transcendentales.
Mi madre lo hubiera tenido claro desde el primer momento. A capricho que nos hubiera venido a mí o a mi hermano para montar la llorera a ver si sacábamos algo, ella concedía un minuto. Sobrepasado el tiempo, se acercaba, pausada, la mirábamos pensando que ya la teníamos en el bote, pero de repente nos cogía por un brazo tirando hacia arriba, nos ponía mirando a cádiz y nos atizaba en el culo con la consabida “ahora vas a llorar con razón”. Y hasta que se le pusiese roja la palma de la mano.
Asumo que éramos unos trastos, pero ella debe reconocer que tenía algo de espíritu pandillero. Una vez casi me deja en el sitio. Como hermano mayor, tenía que cumplir con la legendaria responsabilidad de mi cargo y putear cuando me viniese en gana al pequeño, que eso les hace más fuertes. Acababa de merendar y estaba tumbado en el sofá cuando observé cómo mi hermanito disfrutaba tumbado en el suelo pintando con sus lapicillos. No tenía ganas de saltar encima suya, pero era parte de mi tarea de protección, no podía acostumbrase a lo bueno que esta vida es muy dura.
Así que despacio me puse de pie en el sofá, desentumecí los brazos, afilé los codos para preparar el aterrizaje y me acerqué al filo del cojín dispuesto a volar como un luchador de wrestling y caer sobre mi adversario. Justo cuando estaba en el aire, la media sonrisa que llevaba se me borró. Mi madre acababa de aparecer en escena en el salón e iba a ser testigo en primera fila del Axe handle elbow drop, que así se llama. Esta vez no podría alegar que empezó él, me provocó o que estaba llorando a saber por qué. Si hubieran puesto la escena en pause, se advertiría fácilmente que mi hermano era completamente ajeno a su próxima utilidad como colchón, entretenido con sus pinturas, y que el demonio que saltaba por el aire llevaba en la cara una muesca de placer. Hasta que la vi.
No tuve tiempo de protegerme. Mi hermano amablemente amortiguó la caída, pero tuve que hacer uso de los brazos para no perder el equilibrio. Lo último que recuerdo fue cómo el palo de la escoba se me acercaba vertiginosamente y, aunque intenté pararlo con los ojos, me di cuenta de que aún no tenía superpoderes.
Cuando recuperé la conciencia estaba en el hospital, al primero que vi fue a mi hermano, que estaba a mi lado. Luego llegaron mis padres. La escoba no pudo venir, se había partido en dos.
Salí de aquella, pero no era la primera vez que íbamos al hospital. No recuerdo cuántas veces fui yo, pero sí su primera vez. La culpa la tuvo mi madre. Cuando salí de mi cuarto entusiasmado para ir a hacerme las fotos de la primera comunión me encontré de frente a un mini-yo exactamente vestido igual. Él me miró con la cara de lelo de siempre, incluso puede que sonrió, pero a mí eso no me causaba ninguna gracia. Al llegar al estudio, me confirmaron la peor de mis sospechas. Foto de hermanos.
No entendía que hacía él allí si la fiesta era para mí, era un incómodo apéndice, así que decidí cortar por lo sano. Cuando el de las fotos se despistó, cogí un cuadro que había por allí de otro niño con cara de bueno y se lo empotré en la cabeza. Probablemente el chiquillo tampoco quería estar allí echándose fotos, así que le facilité la escapada. La sesión se suspendió y directos al hospital. Hasta dos semanas después no se reanudó, cuando se le quitó el chichón. No salimos mal, aunque él sale con cara de pocos amigos y mirándome de reojo, no ha sido nunca muy confiado.
Aprendió a tomarse la venganza. Su táctica era, de cerca, bocao, y de lejos, lanzamiento de objeto que encontrara a mano. Vuelta al hospital. Las demás veces también fueron cosas de chiquillos. Un mando a distancia que se te escapa de la mano, un tenedor que va a dar contra una mano, un radiador en el que introduces una mano… Pero el tiempo pasa, y ahora pienso en alguien sólo soplándole y que dé por seguro que será la última vez que lo haga, no volver a soplarle, sino tener aire para intentarlo. Es mi responsabilidad, desde pequeño le prometí que iba a cuidar de él. Y ahora, lo que tengamos que llorar, o reír, vamos a hacerlo los dos a la vez.
hermanos

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4 Respuestas a “Mi hermano pequeño

  1. ¡¡¡Cabroncete, si pareces embarazado!!! ¡¡¡Y ese pelucón!!!

  2. Cariño, es que la foto estaba doblá en la cartera de mi abuela, verás cuando se dé cuenta de que le falta. Por cierto, sospecho que tienes una cámara en mi casa, solo llevaba un minuto colgao el post. Si es así, dímelo y me pongo lencería sexy

  3. No me llames cariño que me pones tiennna. De la lencería ni hablamos.

  4. se pasaron con el azafrán…

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