El amigo con expectativas

En la escala de pretendientes a una chica, dos figuras se ubican en los últimos puestos de interés femenino. ¿Uno que tenga novia? No, te equivocas. ¿El ex que la ha puteado? No, ése tiene posibilidades, por lo de las cenizas. ¿Un desconocido? No, ése puede ser el príncipe azul que busca. ¿Uno que no hable su idioma? No, puede tener interés en enseñarle el suyo. ¿Uno que va vestido de pingüino? No, ése le puede resultar simpático. ¿Un yonki que aún lleve la jeringuilla en el brazo? No, en él ve una posible desintoxicación y un futuro en una casa con perro. ¿Uno que no sea de este planeta? Puede, pero no es definitivo. ¿¿¿¿Entonces????
Los últimos puestos lo ocupan el amigo que es como un hermano, ése más vale que se retire, y el “amigo con expectativas”, dícese del que una vez probó porque a ella le dio por ahí, vete tú a saber, pero que una vez pasado el trance es “un amigo más” y ahí depende de la cobertura de amistad de la chica para saber si perteneces a un grupo exclusivo o entras en una clasificación en la que se está codo con codo con el charcutero al que ve cada dos días y que es “su amigo el charcutero”, los 250 que trabajan con ella o el gorrilla al que le da 50 céntimos por las mañanas, “mi amigo el gorrilla”.
Según relata el equipo de expertos, versión femenina, del olepapa, el relato se escribiría de la siguiente manera:
Resulta que el chaval es un amigo, te cae bien e incluso en tu mente, cosa que él puede incluso ni intuir, te pica un poco. A la chica le coge una noche tonta y dice “bueno, pues con éste”, lo que a él puede cogerle hasta por sorpresa, pero allá que va porque un hombre es un hombre.
A la mañana siguiente, llega la confusión. Él piensa que hay algo más y se pone en plan tontorrón, que si caricias, que si besitos… pero ella pasa. Te cae bien pero se ha puesto en un plan de que eres la mujer de su vida que no sabes de dónde lo ha sacado. Llegan entonces los mensajes al móvil o, como eso es muy impersonal, las llamadas, y los correos que te saturan la bandeja de entrada. Ha pasado del estado embrionario a transformarse en el amigo con expectativas. Ella le recuerda el estado de la situación. ”Somos amigos, nada más”, pero él rasca y dice “sisisisi, aquí hay algo más, si no de qué la otra noche”, pero responde conforme al guión: “claaaaro, por supueeeeestoooo”. Pero piensa que detrás de una primera hay una segunda y después una tercera. Sobre la cuarta, quizá disminuye la presión, pero la segunda es la segunda porque una terrible sospecha asalta sobre su mente si no hay una segunda: “¿lo habré hecho mal?” “¿no le ha gustado?” y eso es algo que la condición masculina no se puede permitir. Los tíos son reduccionistas y hay que salir de la casa mirando al tendido y la niña babeando, o si no, no se sale. El chaval se pasa toda la semana, puñetera semana, intentando forzar un encuentro para volver a pillarte en un momento tonto a ver si caes. No importa que no le cojas el teléfono, “estará en la ducha” piensa él, y se va creando una bola en la que ya ha concluido, sin nadie que se lo confirme, que él y tú estáis juntos. Ya se lo habrá vendido así a los amigos, y puede que incluso te haya presentado ante ellos como “la nueva novia”. Así que cuando al fin coges el teléfono y sueltas “tú y yo somos amigos y esto no va a volver a pasar y como sigas así ni amigos vamos a ser” hay algo en la cabeza del chaval que no cuadra.
¿Solución? Para ella, ni idea. Mudanza a Laponia, quizá. O habérselo pensado mejor. Pero es a él al que quiero dirigirme.

Puede que se te apetezca, ante la desconcertante situación, hablarlo con los colegas. Está bien, no me parece mal, los tíos también tenemos gabinetes de crisis, sólo que lo camuflamos, porque queda un poquito gaylor lo de llamar a un colega y de primeras decirle “tío, que hay una tía que pasa de mí”. Vamos a ver. No, a los colegas eso no se le cuenta así.
La cosa se plantea de modo que tú eres un atleta sexual, vale, y te llevaste a una porque te moló, vale, nada de que la tía se conformó contigo, vale, sino que tú llegaste, pim pam pum, y para dentro, vale, y ahora no sabes si la volverás a llamar o no. Así, de primeras para ponerles en situación. Suelta lo de amigos con derecho a roce o amigas de hoy, polvos de mañana, que eso nunca está de más. Luego ya vas matizando y acercándote un poquito a la realidad, ojo, un poquito, no le vayas a contar la verdad porque con esas cosas nos morimos todos un poco por dentro, eh, nuestra supremacía como macho dominante, la extinción de la especie. En este caso tu polla son nuestras pollas y aquí quien pasa somos nosotros, y si te entra la vena de la sinceridad y lo cuentas todo como es, que ni te coge el teléfono ni quiere saber de ti, omite que te ha dicho que, para ella, el destino os dibuja sólo como amigos, porque cada vez que se dice eso en el mundo, a los tíos nos gusta un poco menos el fútbol y hasta ahí podríamos llegar que hay muchos millones metidos. Hay mucho en juego, así que termina con un leve giro de cabeza y di “las tías es que están todas locas” que tus amigos no dudarán en asentir, desde el casado hasta el párbulo y así todos nos quedamos más tranquilos en un planeta donde, quizá, en un futuro no muy lejano, todos seamos amigos con expectativas. Extraterrestres y dignos yonkis incluidos.

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3 Respuestas a “El amigo con expectativas

  1. Deja a las pobres chicas en paz. Hacen lo que hacen porque nos lo merecemos.

  2. Igual es que hemos aprendido demasiado de los tíos.

  3. Quillo, me recuerdas cada vez más a Burt Reynolds en una memorable película de los 70 (creo), que se titulaba algo así como “Mis problemas con las mujeres”. Un fenómeno.

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