Los niños del Rif

En las ciudades de Marruecos hay niños en cada esquina. En torno al 60% de su población tiene menos de 20 años. Frente al envejecimiento de Europa, la juventud está en África y guste o no, ellos quieren vivir en el mundo de los lujos. Por lo que hemos visto hoy en Alhucemas, capital de la región más pobre del país, el pueblo marroquí nos adora y recibe como nosotros a aquellos americanos en los 60. Masas de niños. Un autobús nos lleva desde Rabat a esta ciudad que mira a través del mar la costa andaluza. Motril, dicen. Estamos tan cerca que la bandera española más lejana está a tan sólo 300 metros, en el Peñón de Alhucemas.
En esta ciudad se ven más velos que en la capital o en Casablanca. Dicen que se ha puesto de moda entre los jóvenes. En otros muchos que tapan toda la cara se adivina a mujeres mayores. En las teles de los bares, antes veían las cadenas españolas y ahora sintonizan Al Jazeera. El polvorín del radicalismo crece porque quieren las soluciones que su opíparo Gobierno no les da. La esperanza se las ofrece el Islam, la mezquita les cobija.
Los niños no paran de saludarnos, creo que pensando que somos un equipo de fútbol, alguien importantes, y corren detrás. Decenas de niños. Cuando bajamos y nos ven, se les borra de la cara la infantil ilusión. No somos ni los Iniesta o Messi de los estampados de sus carpetas colegiales, porque Marruecos es más del Barça.
Nos cuentan miembros de Unicef que la educación, los colegios, es la única manera de impedir que un día se convenzan de que cruzar el mar en una lancha de juguete es la mejor solución para ser alguien en la vida. O de que se enrolen en las mafias del narcotráfico que campan al otro lado de las montañas del Rif para que sólo los grandes jefes vivan como jeques gracias a los porritos de los occidentales. Educación y formación para que esos niños sean alguien en su país.
Una señora decía a una compañera periodista cuando visitamos un centro de salud con las últimas especialidades que ha financiado los impuestos de los andaluces: “Muy bien, pero aquí queremos trabajar”. Luego fuimos a un colegio de niños y nos miraban como lo que quieren ser. Alguien.
Una chica quería una foto con el presidente porque de mayor quiere ser periodista y Griñán nos sorprendió al decirle: “pues lo mejor es que te hagas la foto con ellos”. La acogimos y posamos, aunque no le contamos que allí sólo podrá trabajar en los medios oficiales, porque todos los medios son oficialistas, del rey. Mohammed el omnipresente, porque su cuadro está en todos los edificios públicos, hoteles y hasta en casas particulares.
Los corresponsales extranjeros no tienen mejor suerte. Nada más llegar les avisan de las tres líneas rojas que no deben pisar para evitar problemas o la expulsión: la Casa Real, la religión y el Sahara. Ahora viven con la certeza de que tienen pinchado los teléfonos y que unas chotas de policías los vigilan. Les acusan de instigar a un grupo de chavales que se negaron a seguir los preceptos del Corán, pero sólo fueron a cubrir la noticia.
Ajenos a las páginas que arden en las hogueras, la niña y todos los de su clase cantan al presidente, con algunas estrofas en castellano. Choukran o merçy. El árabe y el francés son sus idiomas oficiales y el inglés apenas lo hablan. Las maestras nos cuentan que los mocosos llevan semanas preparando el momento. Terminada la fiesta, recogemos y nos marchamos.
Los niños del Rif se quedan y algunos nos piden un saludo, un beso, tocarles las manos, la cabeza. El autobús deja a toda la delegación andaluza a la puerta del avión, como estrellas de rock. En sólo 40 minutos estaremos en nuestro mundo. Si nos hubieran acompañado y les viéramos desde las ventanillas, no hubiéramos podido marcharnos. Hay que volver.

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2 Respuestas a “Los niños del Rif

  1. Otra gran crónica, maestro. Has visto más allá de los escenarios oficiales, de los escaparates y de los falsos espejos…y sí, hay que volver, siempre hay que volver

  2. Tas superao, colega. Muy bueno el post.

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