La década enemiga

El 22 de marzo de 2000 tenía 20 años. No sabíamos lo que era el euro. Yo era un universitario de segundo de Periodismo y ni siquiera intuía de qué iba eso, sumergido en la niebla de las llamadas asignaturas comunes. Aquel día, a las 22.00 horas, tocaron por última vez en Sevilla el mejor grupo de la historia del rock en español: Los Enemigos. No sé cómo la entrada de aquel concierto llegó viva, pero la conservé. La raspa de un pescado de ilustración, milquini de precio y el nombre de la sala, Salamandra, aún es legible.
Llevábamos nerviosos días, era nuestra primera vez en directo con aquellas canciones que nos habían acompañado en las borracheras y en las resacas, en las vivencias alegres y en las nostálgicas, a la hora de la ducha y a la de de fregar los platos, con una rubia o una morena al lado. Llegaba nuestro momento de ser partícipe de aquel momento. Días antes habíamos comprado el disco doble de despedida, camisetas y el ‘kit’ de concierto de rock, petaca y otros soportes endrogaínos recomendados. Tras el protocolo en casa ante el espejo, cogimos dirección calle Torneo con una botella de Johnny Walker.
Cientos de enemigos saltaban de un lado a otro la mediana de la avenida y toreaban a los coches, de la zona de botellona del paseo a pegar la oreja en la sala por si habían terminado los teloneros. Un par de cubatas y adentro. Si el aforo de aquella sala era de 500, casi se duplicaba, no había un hueco para respirar.
Los Enemigos salieron, tocaron dos horas y media y al terminar nadie seguía llevando la camiseta, a más de uno se lo llevaron de lipotimia y perdí a un amigo que al principio se ofreció a ir a la barra. Ni siquiera la tocó. La única diferencia en ese momento entre un alpinista del Everest y yo al terminar ese concierto era que él, al menos, habría podido moverse. Deshidratado, ronco y apestando a sudor de otros 500 correligionarios. Creo que Josele Santiago, el cantante, no llegó a verme.

El 9 de octubre de 2009 tenía 29 años. Acababa de salir del periódico y fui a sacar dinero para pagar las entradas. Los últimos euros de la cartera me los había gastado horas antes en una medicina para el estómago. No quería ni beber cerveza, y abortaron mi idea de pedir un trinaranjus en la barra. Josele viene a tocar en solitario, la avenida tiene el tráfico normal de un viernes en una gran ciudad y en la sala, ahora llamada Malandar, somos unos 50. Veo rostros conocidos, puede que a algunos de aquellas rutas enemigas, pero echo de menos a los míos de hace una década. El comprador de las entradas las reparte y tiene la deferencia de ofrecerme la 001, el día antes hemos llegado los primeros. Sigo mirando a la puerta esperando a la avalancha cuando Josele y sus Menudencias saltan al escenario, pero no llega.
Lo que vino después es difícil de contar. Apoyado y a veces sentado en la barra hemos cambiado el rock de la guitarra eléctrica por el rock´n´roll de la acústica. Tres canciones de perros y una par de peces. Y la de una pata de un ciempiés, qué puede hacer, aquella que quiere ser seguir su rumbo, pero tiene que hacer lo que ve a las demás hacer. Y Ole Papa, que se merece más que un blog.
Somos diferentes a los de hace diez años, pero aún nos retuerce por dentro un afilado punteo de los que antaño nos dejaban sordos. Es nuestro estilo, esa manera de vivir. El grito desgarrado de Josele cantándole al borracho de la calle ahora se ha vuelto más susurrante para que se le pueda escuchar su voz por encima de las guitarras. Ahora ellas entienden unas letras que a los salvajes de antes no les hacía falta, llegaban directas a las vísceras. La sala se eleva cuando se despide y vuelve para tocar uno de aquellos himnos, quizá la mejor canción compuesta jamás, y los fieles retroceden a algún momento de la vida pasada.
Al terminar, queremos firma. Y la entrada número 1, el primero. Aquella foto que se enconó hace diez años cuando la multitud se lo llevó, hoy es posible. Cuando estamos posando para ese momento histórico, para mí, Josele me mira preguntándose por qué no soy una tía, que aún no se le ha acercado ninguna, nada más que carrozas. Le miro comprensivo, pero le dirijo la mirada a la cámara y cuando salta el flash, se pone a mirar hacia abajo como si tuviera un perro pegado a la pata, la madre que lo… Vuelve a mirarme consciente de que se ha ido en ese momento, pero ya el fotógrafo anda en otra cosa. “Que te vaya muy bien”, le digo. ”A ti también”, responde.
josele y yo

La noche siguió ladrando y no fue hasta la vuelta, a escasas horas de volver al periódico, cuando caí en el destino de la entrada. Otra vez había vuelto a correr el riesgo de quedarse por cualquier esquina, pero de nuevo aguantó arremolinada en el pliego de un bolsillo de pantalón ajustado, como siempre. La estiré y fue a acompañar a todas las demás para que dentro de diez años pueda volver a ellas.

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4 Respuestas a “La década enemiga

  1. Grande Josele, mirando al tendido para hacerse la foto (no quiero pensar lo que estaría pensando de ti en ese momento). Ya habrá más conciertos. Aún quedan muchas décadas. Y muchos Enemigos.

  2. de lo mejor que has escrito, enhorabuena

  3. Yo también recuerdo ese concierto del 2000 como uno de los mejores conciertos a los que he ido. Mira que conocí a Los Enemigos relativamente pronto, en el 92 creo, pero no fue hasta ese concierto cuando los vi por primera y única vez.

  4. El artículo, de puta madre como siempre; pero en la foto me das miedo, Antonio. Tenía que decírtelo… Un besito

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