Alegrías de Cádiz

Tiri Ti Trán Tran Tran,
Tiri Ti Trán Tran,
Tiri Ti Trán Tran Tero Ay
Tiri Ti Trán Tran Tran Tran Tran

Todo empezó con el anuncio de un viaje, de vuelta a Madrid. Prometí tener preparado una compilación de canciones para el coche y que esas horas se les hiciesen más livianas a mis padres. Una vez listo el cd, hice otra copia y se la llevé a mis abuelos, esta mañana, sin preguntarme antes si iban a tener dispositivo donde escucharlo. No tenían, pero no hizo falta. Porque cuando comencé a enumerar lo que había grabado lamentándome de la ausencia de nuevas tecnologías en la casa, tiraron de experiencia de vida y me abrieron una puerta que nunca, jamás, querré cerrar.

Al principio sólo fueron susurros “cañones de artillería, y aunque me pongas en tu puerta cañones de artillería, tengo que pasar por ella, aunque me cueste la vida”, recitó mi abuelo por Pericón de Cádiz. Dice que se podrá olvidar de que compró esta mañana, pero no de las coplillas que le escuchó a su madre de pequeño cuando los vecinos echaban alhucema al brasero. Entonces cogió la guitarra y afinó cuerda. Y apareció mi tío pequeño. Y cuando llegó mi padre, mi abuela ya se había levantado del sofá, gitana guapa, y allí de dolores sólo había los de amores de los tanguillos.
Aquella era mi sangre, cantando y bailando, la sangre que corre por mis venas, gitano de nueva generación. Si una cámara hubiera estado grabando, habrían dicho “mira el guiri qué gracioso también cantando”, negando si dar fé si alguien les comentara que compartía genes de los artistas. Pero el espermatozoide vikingo llegó antes que el gitano y por mucho que me encajara mi sombrero, con sonrisa de oreja a oreja, me dejase la camisa abierta y me echase salivita en la ceja, daba el cante pintoresco en el cuadro flamenco de pieles olivas.
De aquella guitarra que mi abuelo tocaba cuando no bebía del vino blanco sacado de la garrafa y de aquel compás de mi abuela que se había quitado cincuenta años de zapateo en zapateo mientras se acompañaba del palilleo de sus dedos. “No te llames Francisco, llámate Antonio, porque Antonio era el nombre, de mi primer novio”.
Entonces un timbre rompió la magia, cuando mi tio ya iba “por las calles de la isla, las campanitas del Carmen, botijotes y boca de San Fernando, con vino chiclanero pa rociarlo, que maravilla, prima, que maravilla, que hasta a San Pedro le gustan las cañaillas”. Me cabreé con los nuevos tiempos, en los que he crecido y vivo, al pensar en la convivencia vecinal y el respeto al del tabique de al lado. El arte no puede entender de respeto. Noté a mi abuela preocupada, mirándose de reojo los zapatos lamentándose de la supuesta causa del alboroto y me dio pena de que la alegría tuviese remordimientos por ser alegre. Que me importara a mí que se sequen las salinas, mientras te tenga yo a ti.
Pensé en aquellos tiempos que la gente cantaba por las calles y en cómo nosotros, que somos llamada la sociedad, hemos apagado esas voces, que ya ni a los afiladores se les escucha. Hoy son locos o borrachos cuando se pasa por al lado y se dedica una mirada recelosa al que comparte una letrilla que a lo mejor es lo más bonito que se escucha en el día. Hoy día la gente no canta en voz alta, se limita a escuchar, cuando no sólo a oir sin que nada le apasione.
Pero al otro lado de la puerta no había una vecina en babuchas cabreada. Había un hombre mayor al que yo no conocía. Titirimundi. No sólo traía una sonrisa en la cara. También una guitarra y a un niño pequeño, de unos siete años, con un plato de chicharrones en la mano. Miré a la cara de mi abuela y vi a una niña paseando por la muralla real, con un genario en el pelo, que bien lo lleva.
Lo que vino después no soy capaz de escribirlo, quizá porque el tiempo se paró. El flamenco lleva la dureza y la pena, pero también la alegría, como nuestro propio ser. Pero se ha convertido en un lenguaje oficial, de políticos que lo sacan a relucir allende las fronteras en lujosos volúmenes encuadernados, perdiéndose en los cauces oficiales mientras el pueblo que lo engendró se aleja y pronto quizá incluso lo olvide porque nuestros mayores no pueden vivir para siempre. A mí no se me olvidará el día de hoy, porque cuando se entra por Cai por la bahía, se entra en el paraíso de la alegría, de la alegría niña, cuando se entra por Cai por la bahía.

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6 Respuestas a “Alegrías de Cádiz

  1. Me has dejado el pellizquito…aquí te has superado, olepapa. Has dibujado de miedo con lo que hay entre el ombligo y la lengua y has subido de escalafón. Olepapa ya es un escritor con mayúsuclas y éste es tu mejor post. Sigue sorprendiéndonos.

  2. Que no picha, que no cuela… que tu eres de Oslo.

  3. Para cuándo la película sobre tu familia, querido? Hay dos secuencias que no pueden faltar: cena de Nochebuena en casa de los Fuentes (con los mariscos sin cocer) y la juerga flamenca de tus abuelos. Mándale el post a Perujo, anda!! Besitos

  4. Qué arte más grande, niño! Viva la familia

  5. Qué bonito, de verdad, me ha encantao¡¡¡¡¡ creo que es el mejor que te he leído, al menos, el más sentío ufff, los bellos de punta chavalito.

    Besos.

  6. ¡Viva Don Ignacio Espeleta! Pero viva más –dónde va a parar– el salero, la gracia y el sentimiento de este gaditano joven que domina el compás de las palabras. Felicidades.

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