Francisco Ayala

Descubrí quién era Francisco Ayala gracias al profesor de Literatura de la Universidad de Barcelona David Viñas. Hasta entonces, era uno de los nombres que se apilaban en una colección de libros verdes sobre escritores españoles a la que nunca había echado cuenta. Siguen apilados. Nunca he leído un libro suyo aunque alguna vez me atreví a empezar, pero me superaba. De hecho el profesor lo advertía en el libro que nos hizo coincidir a los tres por primera vez. “Toda la novela del siglo XX ya la había anticipado Ayala”. Su opinión estaba formada en que se había leído toda la teoria literaria del siglo XX y eso le bastaba para concluir que el análisis de Ayala sobre la creatividad literaria se anticipaba a los formalistas rusos; que aquello de reflejar las vivencias del autor en la obra, de la estética idealista de tradición alemana, Ayala ya lo había experimentado; que la polifonía, la multitud de voces en una novela que acuñó Umberto Eco, el escritor granadino ya lo anticipaba en 1947 e, incluso más sorprendente, me contó que Ayala pronunció una conferencia en 1929 en Nueva York y ya hablaba de la disputa entre las distintas teorías literarias cuando éstas, en España, no cuajaron hasta los años 60 gracias a teóricos como Dámaso Alonso.
Para un aficionado a la literatura, Ayala era un libro en sí mismo, vivo, abierto, y su longevidad, la calma para comprender que hay tiempo por delante. Si en 1929 ya estaba dando una conferencia en Nueva York y ahí seguía, no había por qué meterse prisa.
Pero la conversación con Viñas sobre Ayala no quedó ahí. Me contó que escribió sin muchas esperanzas a Ayala para comentarle su teoría de que era el gran maestro de la novela del siglo XX y que éste le contestó, casi avergonzado, humilde, para responderle que escribiera cuanto desease de su persona, no sólo si le ponía bien, también si veía errores en su obra. “Contestaba a todas las cartas”.
Luego de repente comenzó el circo sobre Ayala, como para desagraviar la injusticia del olvido. Fue vanal, todos sorprendidos por su edad y cómo mantenía su capacidad intelectual, como el libro de los récords. Dos manzanas, una cucharada de miel y un chupito de whisky antes de acostarse, decía él, cuando bromeaba en tercera persona diciendo que “estoy harto de Francisco Ayala”.
Algunos años llevábamos mi compañero de cultura y yo colgados con una necrológica a la que le salían telarañas y que cada cuanto actualizábamos con más premios y homenajes para el día que su corazón fallase no nos cogiera desprevenidos. La inhumanidad del oficio. Tuvimos que dejarle el encargo a otros porque ahí seguía, inmortal, cuando nos fuimos a otras empresas.
No podía contarle esto el día que le vi en persona, uno de esos en los que la Junta le hizo abandonar la comodidad de su casa para pasearlo por un teatro. Mi empresa tenía un encargo que él debía protagonizar y yo ejecutar. Se debatía entonces si en el Estatuto a esta comunidad la iban a llamar realidad nacional o no y estaban los gerifaltes interesados en que le preguntase.
Le observé durante más de una hora de fastos y galones, acechando con grabadora. Terminó el acto y Chaves le acompañaba, no era fácil acercarse. El lobo seguía esperando. Y en un momento en el que le dejaron solo, después de sentarlo en una mesa y ponerle por delante un plato de paella, me acerqué. “Buenos días, ¿puedo sentarme con usted?” “Sí, claro, joven”, dijo con voz tenue y acercándose un plato que se había ganado con creces y al que no le iba a quitar ni una gamba un intruso descarado. “Señor, soy periodista y quería hacerle una pregunta, si me permite”. Los ojos de Ayala me miraron conocedor de que allí había truco y paciente dio entrada a aquel imberbe de apenas un cuarto de siglo. “¿Quería saber qué le parece que Andalucía sea descrita en el Estatuto como realidad nacional?”, le pregunté con boli expectante sobre cuaderno de cuadritos a la espera de una contestación centenaria para la posteridad. “Hijo, ¿usted cree que a mi edad eso puede interesarme?” Lección de historia en toda la cara.
Pude haber titulado por ahí. Al fin y al cabo era una declaración y, en los tiempos que corren, incluso una exclusiva, pero preferí guardármelo para mí y no someterlo a las vacías interpretaciones del efímero periódico del día siguiente para que, en adelante, me sirviera para darle importancia a lo que tiene importancia y a lo que no lo tiene ni lo tendrá. Fue el legado de vida que, en vida, me dejó para siempre Francisco Ayala.

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5 Respuestas a “Francisco Ayala

  1. Sentido común y lucidez, cualidades que pocos poseen en nuestro mundillo… Sólo un libro de Ayala he abordado: El jardín de las delicias. Me cayó en Periodismo y Literatura, en primero de carrera, y se me atravesó tanto que saqué la nota más baja de mi vida. Una puñalada a mi ego de lectora voraz. Pero me repuse, estudie y remonté. Me especialicé en el maldito (luego bendito) libro, y al final, en la repesca, fue a caerme la opción contraria… La regenta. Sigo pensando que Ayala me guiñó el ojo de lejos, guasón, después de tanto esfuerzo, y me ayudó con Clarín.

  2. Creo que no sólo a Francis Ayala no le interesa si Andalucía es una “realidad nacional” o no… Lo importante es la realidad de las personas, no los territorios… sin nacionalidades, sin fronteras… respetando los derechos … En fin, vaya mitín, lo siento…pero es que estas cosillas me enervan un poquito..

    Merchita

  3. Donde está Antoñito, que tienes ” esto” muy ” dejao”?

  4. Hello payica¡¡ pos aparte de andar liao con el rollo que me traigo con el PSOE, estoy preparando un olepapa gigante para que lo interprete mi hermano. Espero terminarlo en unos días y que lo puedas ver pronto. Besos

  5. Eso espero. Y a ver si coincidimos y echamos un cigarrito de vuelta de alguna rueda “coñazo”. Besos

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