Science

Creo que voy a llamar a la revista Science. Tengo una teoría sobre las relaciones humanas y sociológicas que probablemente arroje luz sobre un colectivo, quizá minoritario, de gente que tenemos una curiosa incapacidad corporal: no podemos mear con otro especimen del mismo género al lado.
Llamadme raro pero yo, así de primeras, y de últimas, soy un tanto reacio a acercarme a un tío, no entiendo como hay gente a la que le pueden gustar, y si ya es con la mandobla al aire, como que paso de todas, todas. Y ella, como que se corta y no le sale el chorreíto, se siente vigilada y así puedo explotar por dentro que no le da la gana.
Dice mi madre (no sé cómo salió la conversación), que ya era así de pequeño. Que me llevaba al baño, me quitaba los tirantes, me sacaba la pilila, y que yo lo primero que hacía era mirar hacia atrás con cara de “esto no es un circo, así que vayan circulando”.
Luego llegaron los colegas, y ahí me fui soltando, después de la noche de las cervecitas. Teníamos hasta una costumbre cuando salíamos fuera del pueblo. Mear en los sitios emblemáticos. Y cuando los invité en mi primer fin de semana en Sevilla, que el lunes empezaba la facultad, ellos lo tenían claro: la Giralda, la Torre del Oro y Canal Sur. Era nuestro propio tour-meón. No es tan raro. Conozco a una compañera de la cadena que se jacta de haber meado en todos los parques naturales de Andalucía, vamos, que veía un pino carrasco y se bajaba las bragas sin pensárselo dos veces.
Ahí no se me daba mal, aunque reconozco que mientras pintábamos con nuestro pincel “ROTA” en tan ilustres fachadas, que menos mal que no somos de Alcalá de los Gazules, alguna vez tuve que pedir “¿alguien puede hacer sonidito de agua?” y sólo con el “psssssssss” me apuntaba al cuadro, feliz.
Y toda esta reflexión a qué viene y dónde está la teoría, se preguntarán intrigados los de Science cuando reciban mi reportaje.
Pues creo que hay una situación en la que ese colectivo de meada complicada no se siente solo en su desdicha, porque, en ese momento, a todos se nos encoge la picha.
Me ha pasado esta mañana y con ello validaré mi prueba científica.

Pongámonos en una oficina. Digamos así por imaginar que tienes una reunión super importante que has salido corriendo porque, para variar, el despertador se ha quedado mudo y sales con la camisa a medio abrochar que cuando llegas al curro lo primero que dices a tus compañeros es “un momentito, que ahora vengo”, porque encima ha estado goteando y eso te recuerda que has dejado deberes sin hacer.
Te encaminas hacia ese pequeño cubículo al que metafóricamente le dan por llamar aseo de caballeros, y estás ahí brindando por el sol de la mañana, portañuela abajo, cuando, de repente, alguien abre la puerta y entra. Te ha cogido de espaldas y no sabes quién se aproxima, pero cuando escuchas ese “hola” de una voz que te suena familiar, te vas concienciando de que, en ese momento, no te vas a aliviar. Es tu jefe.
Y se te pone al lado el tío, porque sólo hay dos y no hay donde elegir, el libre, que sólo faltaría lo contrario, que también te quitase de dónde estás tú. El tipo no dice ni mu, y empieza el ritual de la bragueta. Y tú, que eres un tío educado dices “qué hay” y el otro “ya ves… ¿bien todo?” y tú “sí hombre tirando”, no te vas poner a pedirle un aumento, pero por mucho que lo intentes, nada, se te ha cortado.
En esa ocasión, lo mejor es que lo dejes para otro momento y salgas corriendo, porque si te esfuerzas y lo intentas, será peor. Porque en esas situaciones, sea tu jefe o cualquier otro, va a hacer lo que este tipo de espécimen indeseable tiene por condición, que viene así por defecto desde la prehistoria, que es seguir la conversación filosófica con una frase intranscendente y entonces hace una cosa que no voy a comprender en la vida, que es ese “aaaaaaayyyyyyy” y con un leve gesto de cabeza, que es como que sí pero que no, ladea un poco la cabeza, una miradita y sí, te ha visto la mercancía.
Esto ha sido así toda la vida, lo único que varía es que los neardentales estaban detrás de una piedra, se hacían el remolón y entonces les salía “ugggghhhhh”…. y te la veían. Así que en esa situación, más vale que te cojan meando, pues a ver si no que coño pintas allí.
Por lo tanto, y en resumen, queridos científicos, mi teoría a compartir con el mundo, que ya me veo dando conferencias con diapositivas detrás, consiste en que esa incapacidad de algunos individuos que no pueden ver ni en pintura a sus semejantes porque les parece una cosa abominable son una especie de lo más común cuando se da un factor que ha sido así desde el principio de la historia y que viene a dar por cierta una verdad como un templo que afecta a toda la humanidad y que así seguirá por los tiempos de los tiempos, amén: los jefes no te dejan ni mear.

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