Un rocker en calzonas

El cuerpo me pedía esta mañana salir a correr, para liberar tensiones. Odio correr los domingos porque uno, significa que no he salido el sábado, y dos, está lleno de domingueros con la familia en bici que estorban a los verdaderos profesionales. Pero hay que hacer lo que el cuerpo te pide.
Hacía frío, así que empecé a rebuscar el chándal largo, pero, oh sorpresa, no lo encontré. Continué con las sudaderas, pero, oh de nuevo, no aparecían. A pesar de ser tan temprano, en un movimiento de agilidad mental me sobrevino a qué responden las extrañas desapariciones de los últimos días, en concreto, desde el jueves que vino mi madre. Llamé por teléfono: “Mamá, ¿dónde está mi chándal?” “Pues me lo traje a casa que estaba sucio y en el suelo” En realidad, no estaba sucio y se ubicaba en el espacio establecido para la ropa de deporte, que puede que sea el suelo, no digo que no, pero es su sitio. La conversación dio para más, porque me fue desvelado el destino de las sartenes que, por lo visto, tenían grasa (me veo a sándwiches hasta nochebuena), de cinco camisas que, por lo visto, no estaban bien planchadas y de una botella de Tankeray que me había regalado mi compañero y amigo Tito Pedrosa que, por lo visto, había olisqueado mi padre a pesar de mis esfuerzos por camuflarla entre bolsas de plástico. “Tú te lo has buscado por tonto”, remató mi madre para recomendarme que pida por reyes una caja fuerte para las botellas como la de los hoteles.
Bien, a pesar de los repentinos inconvenientes, iba a salir a correr. Me dirigí al armario, calzonas y tenis puestos (no recordaba que tuviera las patas tan blancas) y le di tres vueltas a la ropa hasta encontrar algo que me sirviera de medio abrigo. Descartadas camisas, chaquetas nuevas y camisetas largas, opté sólo dios sabe por qué por una antigualla que ya casi no recordaba, una especie de chaquetilla corta negra de extraordinarios recuerdos con siete u ocho cremalleras y alguna que otra tachuela. Sería por la hora o por mis nuevas sensaciones jevilongas, que me pareció buena idea. La otra opción era un chaquetón largo con cuello de pelitos pero, recordemos, se trataba de hacer deporte, no de que me detuviera la policía o que al pasar por la alameda alguien me pidiera precio.
Para estas cuestiones es una suerte no tener en casa espejos de cuerpo entero, que ya te verás en la calle. De camino, todo hubiera ido bien (me vi el conjunto en el espejo de un coche y. hombre, era peculiar para quien no esté acostumbrado a los carnavales, pero a mí me valía), si no me hubiera encontrado a nadie conocido.
Mira que habré pasado veces este año delante de su casa, pero precisamente tenía que ser hoy. “Ehhh, psss”, noté que me llamaban. Era una hippie con la que estuve un tiempo hace un año o por ahí que, bueno, creo que ella nunca ha tenido espejo de cuerpo entero en casa, pero por primera y única vez que recuerde, iba algo más decente en su vestimenta que yo. “¿Ésta es la chaqueta tuya que me molaba, no?”, ha dicho. “Sí, ahora me la pongo para hacer deporte”, he respondido altivo otorgándole sentido al conjunto y, por qué no reconocerlo, con cierto aire de “fíjate para lo que me vale ahora tu chaqueta preferida” que es una cosa muy recomendable que hay que hacer con ciertas ex, aunque ya no te acuerdes de si fue uno u otro quien rompió o decidió no llamarse más, pero bueno, por si acaso. “¿Y te va todo bien?”, ha preguntado. He estado tentado de decirle “¿no me ves?”, pero he preferido guardar la respuesta para otra ocasión. “Sí, sí, todo bien”, y he seguido mi camino. Si fue ella quien decidió cortar por lo sano, hoy habrá despejado todas las dudas.
Ya en carrera me he visto bien. Mientras estás preocupado porque no se te salga el pulmón por la boca, nuevo oxígeno va llegando al cerebro, se te airea. Y casi no me he dado cuenta de lo que llevaba puesto, aunque sí que en cierto momento he anotado otra cosa por la que no me gusta correr los domingos.
La gente, aunque vaya a paso de tortuga, se pone la ropa del Decatlon y claro, parecen mucho más profesionales que aquí los verdaderos deportistas, que eso va por dentro y no por fuera, que yo hoy más bien parecía un jevi que está huyendo de una pelea y el tío estaba preparado porque llevaba hasta unas calzonas debajo de los pantalones elásticos. Suerte que no me había puesto mi muñequera de pinchos para secarme el sudor.
Sin apenas sobresaltos, a anotar un par de moritos que han salido corriendo cuando me han visto de lejos, y una tía que me sobrepasado (increíble) por el puente de triana y que he tenido que ir detrás hasta el alamillo hasta que se ha cansado y he vuelto a poner las cosas en su sitio (no porque fuera una tía, que también, sino porque a un rocker no se le adelanta así como así), he completado la etapa dignamente.
Al llegar a la meta, en vez de levantar los brazos, podría haberme tirado al suelo de rodillas con el puño en forma de cuerno y chillando “jir aiem taratarara rokiu laik a jurricaaineeeiiiemmmmmm”, pero he preferido no dar la nota. Más, claro.

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Una respuesta a “Un rocker en calzonas

  1. Genial, como siempre, ya se te echaba de menos y nos has deleitado con tus grandes obras de seguido… qué puente más aprovechado¡¡¡

    Un beso

    Merchita

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