La leyenda

Lo que viene a continuación es una historia que probablemente sea exagerada en las versiones de los años venideros con algunos detalles que contribuirán a hacerla casi antológica o, por el contrario, será deslegitimada por sus detractores con la intención de poner en duda alguno de sus pasajes, por lo que 24 horas después de la sucesión de acontecimientos me dispongo a contar lo que puedo recordar de la noche del pasado sábado con la ayuda inestimable, para completar mis océanos de memoria, de algunos testigos que pudieron presenciar la que ya es denominada por los protagonistas como la castaña más legendaria de nuestra vida.
Todo comenzó con lo que a partir de ahora voy a llamar la teoría de los tiempos destructivos, que viene en primer lugar a decir que, si te marcas una hora de vuelta a casa nada más salir por la puerta, esa hipotética hora será superada irremediablemente con creces sin que puedas, uno, haber llegado a imaginar que ibas a pasarte tanto y, dos, ni siquiera recordar qué estabas haciendo a la hora que pusiste como límite. Ejemplo: “Yo como mucho me voy a las dos que se lo he dicho a mi novia y mañana tengo que trabajar”, dijo mi colega a las seis de la tarde con una cerveza en la mano.
La segunda acepción de mi teoría del tiempo destructivo es que las reacciones son diferentes según la hora en la que se sucedan los acontecimientos y éstos estarán inevitablemente marcados por la hora en la que pasen. Ejemplo. Si ese sábado hubiera ido a recoger al suelo un dardo y sólo hubieran sido las seis de la tarde cuando al agacharme escuché cómo a mi espalda se rajaba una tela, probablemente hubiera mirado a todos los lados del bar, hubiera disimulado al quitarme la chaqueta, me la hubiera puesto en la cintura y hubiera mascullado ante mis amigos algo así como un “ahora vuelvo” para unos minutos después haber regresado con otro pantalón puesto.
Pero no eran las seis, eran las nueve y media y ya iba por mi cuarto cubata, así que sólo me limité a comentar entre la pandilla si se veía mucho y, aunque prácticamente la rotura me llegaba hasta el tobillo, todos los allí presentes dimos por bueno el incidente y yo continué la velada con medio culo fuera. Nótese que a la teoría del tiempo destructivo no le afecta el lugar, porque la primera vez que se me rompió un pantalón por semejante sitio (¿qué está pasando con la calidad de la industria textil?) fue hace unos meses en Nueva York y, aunque es la ciudad que todo lo tolera en cuanto a tendencias, sigue siendo puritana en cuanto a lo de enseñar el culo se refiere.
Y este sábado hubiera sido un día más, salvo por el pantalón, si a servidor no se le hubiera ocurrido convencer a sus colegas para ir a la zambombá rockera, donde sólo había chavales con una decena de años menos y donde los cubatas venían en una legendaria forma que casi ya habíamos olvidado, pero que todos recordábamos con cariño: las macetas, también llamados litros, y sus correspondientes pajitas para compartir. “Ostias, tío, ¿te acuerdas?”. “Sí, pídete dos, que vamos a beber como en nuestros tiempos”.
Y ésta es la conclusión de la teoría del tiempo destructivo: ya no podemos beber como en nuestros tiempos. Ni podíamos demostrarles a aquellos chavales que éramos y somos los más borrachos del pueblo, que en una competición una maceta puede caer de un par de tragos, que éramos y somos los que me saltan en los conciertos o los que más gustan a las tías. Las leyendas no tienen forma humana ni tienen que ir a trabajar el lunes.
Así que lo que hicimos fue cogernos la castaña más legendaria de nuestra vida, que hemos tenido que recomponer a trozos en las 24 horas posteriores.
Como ha pasado en la reveladora llamada de hace unos minutos. “Tío, la borrachera más grande de nuestra vida”. “Sí –hago memoria, aunque para esta clase de experiencias es traicionera-, la más gorda”.
Ahí empezó a tergiversarse la historia, porque mi colega empezó a añadirle episodios que dudo estuvieran en la versión original. “Yo cuando más me reí fue cuando mire atrás y te vi en medio del parque victoria con la cara en el suelo y los pantalones por los tobillos ¿qué coño estabas haciendo?”. “Ehhh, no los llevaba por los tobillos, se me habían roto antes ¿no te acuerdas?”.
Pero ya no se acordaba y la noche pasará a los anales de la historia (sin bromitas) como la noche en la que acabé con la cara en el suelo y los pantalones bajados mientras buscábamos el coche, lo que en parte explica por qué tengo aún las palmas de las manos to zollás y un moratón en el brazo.
“Bueno ¿y cómo acabaste?”, ha preguntado mi amigo llegando a asustarme. “¿¿Cómooo?? ¿¿No me fui contigo??”. “No, yo llegué a mi casa y tu hermano me llamó para preguntarme dónde estabas, ¿dónde acabaste?”. La noche más legendaria de los últimos años aún tiene un final abierto y, sea cual fuese la realidad, voy a tener que esforzarme para que la fantasía de los narradores al menos me deje con los calcetines puestos ante las nuevas generaciones que conozcan nuestra leyenda.

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Una respuesta a “La leyenda

  1. No has sobrevivido al cambio de año o es que aquella noche quemaste tantas neuronas que se te ha olvidado escribir???

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