La vida, mata

Nos conocimos en la calle del viento. Hace unos siete años, aunque pudieran ser más. El poniente pegaba fuerte esa mañana y estábamos entre dos corrientes. Propuse refugiarnos en un bar y me cediste la elección. Unas cervezas, unas patatas fritas y prisas. Aventuré que siempre llegabas tarde, aunque no supieras muy bien decir adónde.
Sabía de ti mucho antes que tú de mí aquella mañana. Habías sido la esperanza y la culpa de tu hermano, que cargaba la responsabilidad que nadie nos impone a los hermanos mayores. Él hablaba poco, no sólo de ti, y había que afinar el oído para escucharle cuando coincidíamos en los pasillos de la facultad. A veces su menuda boca se esforzaba por agrandarse cuando, orgulloso, te nombraba. Tan sólo eran bocetos, un juego, deseos, a saber qué ocurriría, pero a él se le iba a ir la vida en ayudarte a intentarlo, decía.
El sueño comenzaba a hacerse realidad cuando nos vimos aquella mañana a la que luego siguieron otras, muchas menos de las que me hubiera gustado. El viento te había dejado la cabeza como a un pastor belga, decías, y sacaste un peine del bolsillo de atrás, en un gesto que ya había visto muchas veces en los gitanos, tu cultura y quizá la mía. Contabas que de pequeño te dio por enchorizar tarros de colonia y videojuegos, que ahora te regalaban cadenas de oro y tú se las cambiabas por plata, y que al grupo estaban empezando a salirle seguidores por todos sitios, Barcelona te sorprendías, como si la ciudad estuviera más lejos que Japón. “Los fanes… y los peces”, me hiciste reír. A ti te gustó aquello que yo decía de: “me fío menos que de las gambas del arroz tres delicias”. Pedimos otra.
Tus letras y tu voz rota estaban calando, no sólo en los Jereles, y te mofabas de tus compañeros porque el cantante, siempre, era el que más ligaba. Antes de que me dejaras a deber una ronda en el rafa y more de la Albarizuela, conocí a la chica que le había ganado el pulso a todas las demás para subir al escenario y en la que tantas veces pensé y aún sigo pensando. Te quería como eras. Si te daba por fumarte las flores del parque y llevar los pies sucios. Si querías invertir el dinero en comprarte una VPO y comer todos los días bocadillos de salchichón. Si te llamaba más la atención las garrapatas que el bichito de la lechuga, ella te seguía, aunque a todos al final nos empezaba a costar el ritmo.
Con el tiempo, creo que avisaste de lejos que te ibas yendo y te lo notaron aquellos que tenías más cerca. Hendrix y su guitarra tenían que estar en alguna parte. Te mofabas, qué te gustaba, de la profesión que tu hermano y yo habíamos elegido. Si no eras reportero de guerra, para qué. Esos mismos que, pienso, tiene una razón interior que les impulsa a querer reunirse pronto con alguien que ya no está.

Veintiún años, eras un crío. Algo más que yo y tu hermano, al que he vuelto a ver estos días tras mucho tiempo y con el que sólo he podido cruzar unas palabras triviales para ponernos al día, sin esperanzas. Hacía tiempo que te tenía pendiente y no me atrevía, esas cosas que están dentro y que, cuando asoman, las empujas de nuevo para disimular que existen. Desde aquel día que me enteré, por el periódico, que te habías ido y que ya no ibas a poder luchar por el sitio que te mereces, el de un genio, un duende. Esa tarea se la dejaste a otros, a ti ya no te apetecería, y aquí quedaron tus letras, tu voz y tus recuerdos.

Quería decirte que merece la pena seguir adelante cuando pasa el lado más bestia de la vida. Que las alegrías, como las bulerías, las puedes encontrar cada día. Que las niñas siguen siendo bellas, y las resacas pesadas. Que se puede ser feliz mirando las flores. Convencerte de que era posible tu sueño de vivir como un vagabundo y reírte de los cantantes. Porque el espectáculo continúa, rey del regaliz, aunque más triste.
Seguramente no querías morir, pero tampoco te importó lo contrario. Lo tuyo era la vida hasta que durase el último acorde, que se quebró el día que te marchaste para no volver. Que donde estés, un perro callejero te ladre al verte pasear, libre como el viento.

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2 Respuestas a “La vida, mata

  1. Magnífico texto, chavá. Ma encantao.

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