Queridos reyes magos

He querido esperar unos días por si se habían dejado algo y no encontraban mi casa. Pero a pesar de que miro y remiro por la ventana, por aquí no aparece nadie y creo que, un año más, con lo puesto me quedo. Hasta cinco pares de calzoncillos, otros tantos de calcetines y un pijama nuevo, ése es el saldo de sus majestades para conmigo, un cada día más desconfiado de la realeza. Y no es porque este año me haya portado peor que en los anteriores. En teoría viendo los regalos, me he portado igual. Cinco años con lo mismo y me pregunto ¿quién le mandó esa carta entonces que se les ha quedado grabada a fuego a estos tres?
Me los imagino diciendo, “vamos a casa de éste, a ver qué ha pedido… anda, como el año pasado”. “Y el otro” dirá un segundo rey. “Y el anterior”, dirá un tercer rey. “Pues a mí me pide lo mismo”, completará Papa Noel.
Si desde aquí espían esto, quiero decirles que se me antoja casi imposible romper un pijama cada año por mucho que me esfuerce aunque, reconozco, que el del año pasado ya lo tenía un poco desgastado y que las visitas se quejaban de la sorpresa que saludaba por el hueco de la cremallera del pantalón.
Así que ellos me dirán con qué animo empiezo yo el año con el propósito de dar limosna, ayudar a las viejas a cruzar la calle o devolver el cambio equivocado en las tiendas cuando sé qué me encontraré el día de hacer balance. Seguiré con la misma cara cuando me llega la carta que pone: con tu ayuda, un niño de Guinea podrá ir a la escuela. ¿Qué pasa, que el niño no sabe el camino?
Luego me toca padecer el disfrute de los demás con sus estrenados regalos, los más cercanos provocados por mi altruismo navideño que, perjuro todos los años, será el último. La única que me entiende es la peque, que siempre me da la razón.
Si yo por ejemplo le digo cuando está abriendo su regalo: “ay, menos mal que los reyes te han traído un libro porque si fuera por tu padre aprendías a hacer el pino antes que a leer, que si, que tu padre na más que sabe de whisky y de golfas, ajo, ajo, ajo”, ella me mira y se ríe porque llevo razón. Si hasta mi madre después de decir “no le digas esas cosas a la niña” añade “pues es verdad que la joía está diciendo que sí” es porque la niña no miente, a ver si no vamos a conocer a su padre.
Aún les doy una última oportunidad para terminar con buen pie estas navidades si acceden a mi deseo de que los bares no cierren tan temprano, que pongan rock&roll a todo volumen y que el Lucky no suba de precio. De ser así, os prometo portarme muy bien este año.

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