La cobra y el búho

Chicos, cuando uno tiene 30 años y vive la mayor parte de su tiempo en una ciudad, observa cómo se mueven los seres que se mueven a su alrededor y aprende a identificar los pasos de los extraños. Forman parte de un catálogo, se repiten.
Se intuye quién es la madre del pequeño que juega en el columpio, porque le mira desde la cercana distancia, permitiéndole el engaño de su libertad al balancearse. Se adivina por el ritmo quien camina deprisa hacia ninguna parte, porque comienza de pronto a apaciguar sus pisadas, da igual un minuto después. Se presiente que pronto llegará quien se siente junto a aquel que lee un libro distraído en una terraza y bebe a pequeños tragos, casi sin querer, sorbos de espera. Y se conoce, por los ojos, quién anda enamorado con la mirada pérdida y quién busca al rey o reina de corazones.
Por eso chicos se puede llegar a descifrar la identidad de dos individuos desconocidos que zozobran juntos en la barra del bar una tarde cualquiera. Si son pareja, amigos, compañeros de trabajo o amantes se decidirá en breves momentos, sólo hace falta observar.
De las cuatro opciones, una queda descartada si irrumpe un beso en los labios. Puede ser una pareja en un gesto cotidiano, amigos que descubrieron la atracción justo en el momento en el que curioseabas o compañeros que por fin se atrevieron tras días, meses, años de galanteo y papeles en la mesa, pero nunca amantes. Aún hay luz.
Por esa misma razón chicos, porque todos los días los extraños se mueven de acuerdo a un patrón, tuve que haber parado a aquel casi adolescente de barba rala. A los ojos de los demás podían haber pasado por cualesquiera, ella caminaba a su lado y se sentaron. Él, el chico que nunca se debería haber levantado, le consultó y se dirigió a la barra, a mi lado, para pedir dos té con limón. Ella ya había decidido por los dos, era obvio que, él, nunca antes había probado eso y decidió que era buena ocasión. Esperó demasiado a la lenta camarera, sin acercarse de nuevo a su objetivo y la dejó pensar. Error. Ella ni siquiera podía imaginarse que esa tarde había objetivos.
Se sentó enfrente, con mesa de plástico barrera y surtidor de servilletas, y comenzaron a hablar. Ella sonreía y él, siguiendo el patrón mil veces visto, se apresuró a sacar los títeres para divertirla. El repertorio era el clásico, la misma obra, juego de manos y de palabras que la hacían por momentos reír, enfadarse, coquetear, quizá desear, soñar.
“Ahora déjala a ella”, le telegrafíe mentalmente desde mi taburete-cumbre. Hasta los niños se aburren al rato de los títeres, y fuera porque le llegó o porque ella quería participar y empezó a mover los labios, él se echó hacia atrás y escondió los muñecos. Por un momento pareció que la escuchaba y ponía cara de interesarle. “Estás muy atrás, ¡ahora¡”, le transmití. Pero el chico que nunca debería haber sacado a los títeres estaba impaciente por una segunda función, la cortó, dejó de asentir a lo que ella decía y pronto volvió a querer demostrar lo divertido y espontáneo que era, necio y atolondrado chico.
Entonces se levantó y ocupó la silla vacía sin abrigos, dándole el perfil a ella y a mí la espalda. Total, para el caso que me estaba haciendo. Perdí el interés por unos momentos y escuché a mi acompañante, que andaba con no se qué historia de una película de no sé qué actriz. Cuando volví, ahí seguía con su teatro, intentando hacer magia cuando aún es un torpe aprendiz al que se le verían los trucos. “Tócala el brazo”, chillé en silencio en un último intento. Pero nada, era sordo.
El chico que nunca debería haberse sentado al lado de ella no escuchó y se tiró hacia delante, quizá con los ojos cerrados, lo más fácil para precipitarse al vacío. Ni siquiera llevaba la mitad de su té de compromiso.
No había percibido ni mis señales ni ninguna, porque a ver, chaval, ¿ella te había mirado con ojitos brillosos? ¿Se había mecido de lado a lado, casi imperceptible bamboleo, apoyándose en un pie, luego el otro, en una cadencia impaciente? ¿Ella había apoyado la barbilla en una de sus manos, mirándote y sonriendo? ¿Ella había cerrado los ojos en algún momento para que tú, temerario, te lanzaras suicida, como si conocieras todos los agujeros oscuros del universo misterioso de la feminidad?
Pues no. Así que cuando tú sacaste a la cobra, con ese ataque inesperado que no sé cómo no te rompiste el cuello, con un ímpetu instintivo fuera de toda lógica, golpe de cabeza sin manos en la suya donde paralizarla en la mordedura, ella se asustó y te hizo el búho, echó la cabeza hacia atrás y te miró con los ojos muy abiertos, más que sorprendida, acojonada, mientras tú retrocedías sin orgullo, chico impulsivo que ya tienes edad para pedirte un cubata.
Porque ya después de aquello, mientras yo a tu espalda meneaba la cabeza de lado a lado y volvía a mi ‘conversación’, ella te dio unos minutos para que te explicases antes de levantarse, coger su abrigo y marcharse por donde vino, pero ya contigo a unos pasos más alejados, si no en otra dirección. Aprende de este buho, que a todos nos ha pasado, y fíjate, observa a la gente a tu alrededor en este universo y aprende, pequeño predador.

Anuncios

Una respuesta a “La cobra y el búho

  1. No sabes lo que me alegra tu vuelta. Me animas el día nada más comenzar….besos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s