La noticia se vende

Si paso unos días en la casa de la familia y amanezco en domingo, la chica de la papelería sabe que tiene una cita conmigo. Eso es al menos lo que pienso de camino, que sus sábados ya no son lo mismo, inquieta por si, de repente, aparece ese extraño que aún conserva la romántica costumbre de dejarse unas monedas en periódicos, quizá dos, a veces tres. Generosa sonrisa, imagino que fantasea con dónde me detengo para acercarme a lo que sucede en el mundo, una tranquila terraza con una cerveza fresquita, la sombra que cobija en un parque o quizá piense que me introduzco en un sótano oscuro donde, minucioso, recorto artículos, columnas, anécdotas, fotografías, que luego guardo en una carpeta de cartón. Es un juego que me entretiene cuando salgo decidido hacia su reino de papeles, donde ella custodia las noticias de esa mañana, que nunca fueron antes ni serán las mismas.
La guardiana de los tesoros caducos sigue allí, como esperaba, y esta vez le traigo además otro negocio. Un tren a Madrid aguarda y necesito una impresora que justifique la compra. “Eso es un minuto”, promete sonriente. No hay nadie en la papelería, como de costumbre. Pienso que quizá sea el único morador que cada cuanto pase por allí.
La recuerdo en verano, con una camiseta amarilla que, al agacharse, me convenció de que, sí, el mejor sitio para los suplementos era allí, debajo del mostrador. O aquella otra vez en que la revista que quería sólo podría alcanzarse si se alzaba a una escalera y, sí, sigo sin tener ningún interés por las motos, pero su sitio era aquél.
Así que cuando me dijo que iba a tener que esperar un rato porque el ordenador no funcionaba, tampoco me importó. Quizá incluso le contara a lo que me dedico, una de esas manos anegadas que pintan el papel que sólo yo le compro un domingo por la mañana cualquiera, ésos a los que ella vigila cual cancerbera de la actualidad.
De pronto un hombre entró. Ella seguía trasteando sin tino en el ordenador y dejé el ejemplar del periódico que estaba hojeando en el mostrador, por si el cliente quería ése. Deseé que quisiera ése, aunque yo no escribiera ese día. Otros más llegaron, en goteo, y se pusieron en cola mientras ella arreglaba mi asunto, “enseguida estoy”, decía, y comencé a especular sobre cuáles podían ser mis potenciales lectores, no ese día ya, pero quizá otros. La máquina seguía sin funcionar, ella se excusó y comenzó a atender a mi espalda, dándome la oportunidad de analizar a los lectores de un domingo cualquiera. La improvisada espera podía ser provechosa. Crucé los dedos y con los ojos les dirigí a mi montoncito.
El primero, muy serio, pidió El País. “No pasa nada, es sólo el primero”, me dije. Pero se había acabado. Ella preguntó si quería otro, pero ofuscado él se marchó. El segundo, un hombre mayor que llegó con un chico en silla de ruedas, también quería el mismo. Igual suerte, claro, aunque éste añadió que lo quería por la chaqueta de Trancas y Barrancas para el chico. Ella, simpática, le imprimió un cupón y él se fue contento, pero sin noticias. El tercero también quería El País, “por goleada, me dije”, y casi entra en furia por su ausencia. “¿Y no hay otro que tenga esta película?” Ella negó con la cabeza.
Acerqué distraído mi montón, titulares en letra gorda, y parece que influyó, porque el adolescente al que le tocó turno pidió El Diario, y entonces media sonrisilla me asomó. “Ole tus güevo, churra. Eso está bien, tenemos a los lectores jóvenes”, me dije orgulloso. “¿Oiga, pero éste no es el de la taza”. “No, ése es La Voz”. “Ah, vale, pues La Voz”. Quise ahorcar al traidor, imberbe felón que se deja engatusar por un cacho de plástico, “mierda de educación de la ESO”, apuñalaron mis ojos al ingrato.
Luego llegó el que sólo quería el Diario, pero el del Carnaval, el otro le daba igual y allí quería dejarlo aunque ella le obligó a llevárselo todo y una que preguntó por unas ollas que, yo sabía, daba mi periódico pero me negué a revelar ante el desconocimiento de ella, la ex guardiana de los papeles, que se bamboleaba detrás del mostrador buscando promociones de un lado a otro, mercadillo ambulante, mientras los lectores le preguntaban por las tazas de café, el dvd portátil o las toallas de no se qué equipo, en la rifa de los regalos con letras de relleno. “Voy a tener que llamar a mi marido para que mire el ordenador”, soltó a quemarropa, justo en el momento en que ya su figura se desvanecía en un montón de ceniza apilada y se esfumaba para siempre la mercader de los papeles atintados. Muy digno, pagué mi Marca y me fui.

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