Cartas de amor

Quizá sea por el bombardeo de miles de mensajes multimedia sobre San Valentín que me he puesto un poco ñoño y se me han venido a la cabeza recuerdos de los primeros sentimientos que las cursis superficies comerciales llamarían amor y que mi memoria recuerda como ‘pillamiento’. Ha pasado tiempo desde aquella primera vez a principios de los 90 y, remontándome, identifico a esa cara aniñada porque, amigo, sigues sin tener ni idea de qué esperan de ti las niñas.
Ella se llamaba Cristina y tenía once, un año menos que tú, o sea, yo pero sin barba. A ti, el mí de entonces, ni siquiera se le hubiera pasado por la cabeza que un día esa personita a la que un día le habías dado un pelotazo en la cara y rabiosa se había revuelto orgullosa para insultarte con un desolador ‘Feo’, podía albergar ese tipo de sentimientos. Por eso, cuando un día se lanzó hacia ti con paso muy serio, pensaste que venía a tomarse la venganza de aquel aciago disparo, pero no, te dio una carta, que guardaste casi avergonzado mientras ella se escapaba apresurada del lugar tras dejar en la estela aquella risita infantil “jijiijiji”. Pensaste.: ¿Carta bomba?
Y era normal, porque aquel patio de cuartel en el que vivías no era precisamente terreno abonado al amor. Unos treinta chiquillos de diferentes edades pasaban allí sus horas al terminar el colegio, hasta la noche, y quien os estuviera observando habría diferenciado dos mundos: el que se movía y el que no. Porque mientras ellas jugaban en un metro cuadrado, a las casitas, las muñecas, la comba o la piedra, a vosotros las murallas se os quedaban pequeñas de perseguiros los unos a los otros para daros mamporros.
Porque vivir de pequeño en el patio de un cuartel requiere de un fino instinto de supervivencia. Cuando no es un niño mayor el que te persigue, es tu madre, que puede ser menos veloz, pero más paciente, porque sabe que tendrás que pasar por casa en cualquier momento y tirará del hilo umbilical cuando quiera atraparte. Todo mientras los mayores permanecen ajenos a las carreras y no te defienden de los coscorrones, ensimismados en su urgente dedicación de salvar a la Patria.
Así que mientras permanecías alerta, aquella niña de pelo corto sin ganas de devolverte el testarazo se acercó. Mantuviste la carta a salvo en el bolsillo toda la tarde, extrañado, felizmente ignorante, y al terminar de cenar, leíste. Buff, otro problema más, como si no tuvieras suficientes con mantener tu piel a salvo, ahora le gustabas a una chica contra la que habías chutado.
Se lo contaste a tu mejor amigo, tu fiel escudero, tu primer cómplice de historias de alcoba, que por entonces se llamaba el Migue. Y recuerda, aquellos días que siguieron fueron todos para planear qué ibas a hacer con tu primera gran preocupación en las relaciones con el sexo quieto: ¿cómo demonios te las ibas a ingeniar para hacer eso que habías visto en la tele y que tenías que cumplir como supuesto novio de una chica, ese temido momento del primer beso?
Ideamos, el Migue y yo, que sería en el callejón de atrás, el lugar oscuro y alejado de miradas curiosas, donde en uno de los rincones, los niños mayores escondían las revistas de niñas mayores, donde en otro rincón martilleábamos monedas de duro y pegábamos una a otra para hacerlas 20 duros y jugar a las maquinitas. Allí iba a llevármela. Lo de donde iba a poner las manos y cómo iba a mover la lengua lo dejamos a la improvisación, ni Migue ni yo sabíamos muy bien qué hacer con eso.
El plan estaba trazado con minuciosidad, todos los finos hilos puntados en un perfecto ovillo, y todo seguramente te hubiera ido bien si en lugar de enredarte en mapas de campo y estrategias de combate, no se te hubiera pasado por alto un simple detalle fundamental para que los planes salieran bien: ella. De la que hacía días, desde que te dio la carta, que no tenías ni idea de por dónde andaba.
Así que cuando unos días después salías del cuartel y en la fachada del bloque de enfrente leíste su nombre dentro de un corazón de tiza junto al de un tal Torrico, del que ya habías oído hablar como el maldito nuevo Jason Prestley del barrio, saboreaste por primera vez el amargor de otro nombre en la que creíste iba a ser tu boca y comprobaste la fugacidad de la pasión de una carta de amor.
Una sola semana había pasado desde que (vaya con la tímida) se acercó a ti y ya caminaba de la mano con otro por el bloque de enfrente, justo delante de aquel corazón que te atormentaría aún durante meses y que ni siquiera las lluvias llegó a borrar de tu infortunio.
El desamor del primer amor esfumado tampoco te llevó a reaccionar cuando, vistiéndote junto a tu amigo con abrigos de grandes bolsillos para el enésimo golpe a las estanterías del supermercado, a él se le cayeron varios papeles arrugados en los que la letra te resultó conocida y que, sí, pertenecían a ella. Durante semanas te había escrito esperando una respuesta, mientras tú no habías cruzado palabra, furioso, melancólico, avergonzado, y aquellos papeles se los había entregado al que tú mismo habías elegido como aliado, al que ella veía junto a ti diseñando planes mientras te espiaba por el resquicio de su ventana, amigo que había decidido por sí mismo ocultar esas cartas y que todo fuera como siempre, él y yo como compinches sin chicas de por medio que ya habría tiempo, y al que di la razón y seguí a su lado porque ni esas primeras cartas, ni esos primeros sueños, ni tampoco esos primeros desengaños, iban a ser, afortunadamente, los últimos.

Anuncios

3 Respuestas a “Cartas de amor

  1. ¿Qué te pasa a ti pelirrojo? Eso que has escrito da una penita… Ni cartas de amor, ni calcetines con dedos, ni pijamas. Quien te conozca, sabe bien quien eres. Así que deja ya de ofrecer tu corazón que va tocando que te lo ofrezcan a ti. Y por cierto, aunque tuviera 1o ó 11 años. Otra tia más que me cae mal. Quillo, ¡que después no tengo amigas!

  2. A todo esto, ¿ y el Migue ese y tú…?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s