Jijiji, la tele

Siempre me ha sorprendido la gente que cuando por la calle le dicen “perdone, ¿una preguntita?” se para, mira a la cámara, y responden a lo que el redactor/a de turno le pregunta, así sea por el estado de la macroeconomía mundial, el último fichaje del equipo del pueblo o las preferencias sexuales del mosquito de campo. Saben de todo, y lo que me fascina más, están como en el salón de su casa ingenuos a que su próximo comentario lo verán miles, quizá millones de personas y que si, en ese momento, alguna neurona no conecta con otra y sueltan o se les escapa o se les viene alguna salvajada, recorrerán a su pesar un inevitable camino hacia el próximo boom de youtube.
Esa seguridad, temeraria, la envidio. Incluso cuando durante meses mi trabajo fuese el de parar a incautos por la calle y elegía las calles populosas, también estrechas y sin salida, para acorralar a los anónimos y sus opiniones. Porque la cámara, a pronto que te desacostumbres, impone.
Y si un equipo llega esta mañana al diario para ir haciendo entrevistas por el día de Andalucía, medallas y otras historias, entiendo que allí de pronto corra el personal como si por la puerta hubiese entrado el demonio echando humo con 13 brujas empuñando metralletas. “Al que cojan, que tenga suerte”, se ha escuchado. Pero los de La Nuestra venían con objetivo marcado, uno de los jefes con discurso correcto, y los demás respiramos.
Salvo cuando llegaron los planos de recurso. Ahí estaba el hombre dando vueltas, cogiendo el teléfono, leyendo el periódico, haciendo como el que escribe, y el cámara detrás como si fuera Belén Esteban. La redactora le ordenaba “haz esto, haz lo otro” que si le dice “ponte dos platillos en las orejas y haz el pino”, el tío lo hace porque es la tele y razón tendrán.
Y como fuera que no se le ocurría que más hacer, enfiló camino hacia los plumillas que, a las 12 de la mañana, bastante tienen con estar despiertos y pasaban los minutos hojeando periódicos a la espera de la actualidad y el frenesí, también llamada como Hora Warner, que en un periódico llega a partir de las siete.
Se le veía venir y muchos pensaban “a mí no, a mí no” como si aquel hombre que caminaba disimulado por el pasillo de la redacción llevase consigo la peste bubónica y cada vez que paraba con alguno, los demás decían “ufff, por poco”.
Y a eso que el hombre mira hacia arriba, nos ve a los tres de la mesa allí entretenidos y yo que empiezo a avisar al de al lado “que viene, que viene”, como si nos diera tiempo a no sé qué, y allí que vino. Y la cámara enfrente. “Bueno, vamos a hacer como que hablamos” que dice, gajes del oficio cuando te enfocan, y en el plano que se ve, se verá pero no sé cuando, a dos como que pasan un montón y al hombre que reclama, por favor, que alguien le eche cuenta que la tele ha venido. Decido echarle un cable y me pongo a charlarle, del tiempo como en los ascensores, pero con tan poca naturalidad, con ese jijijiji, con esas miradas de reojo a la cámara que, sí, sé que la cámara sigue estando allí, que me da por reírme y eso parece de todo menos espontáneo, que me falta sólo saludar a mi madre y decirle que hoy como de cuchara. Y como el hombre no sabe que más decirme, me suelta “muy bueno lo que has dado del agua hoy”. Y yo que pienso: “mamona, es la primera vez que me felicitas por una noticia” y él que se pone en plan jefe a señalar cosas del ordenador con el dedo muy tieso como si estuviera dando órdenes y allí los demás de figurantes acatando, para que el jefazo quede molón cuando lo vean los andazules.
Al rato, él se va, pero la cámara se queda y me hace un primer plano, de recurso sí, pero primer plano que describiré a continuación cuál será la reacción de los espectadores cuando lo vean: “ese chaval que está ahí sentado, aparte de que se le ve que no tiene ganas ninguna de estar ahí, tiene una cara de sueño que no puede con ella”, porque en esos 20 segundos interminables de monólogo que me apunta cual conejo deslumbrao estoy con cara de pena mirando fijo como suplicando “por dios, que me dejen acostarme”, con lo que espero que el programa lo pongan por la mañana temprano porque la imagen es capaz de contagiar sueño a media Andalucía, la que no ande aún dormida.
Así que cuando me he apiadado del hombre al que todavía seguía la cámara y que sólo le quedaba sacar el cartucho del tóner y poner otro para demostrar que él va por allí todas las mañanas, una compañera ha comentado “anda ya, pero si a él le gusta”, entonces me he dado cuenta de que jamás seré jefe de nada porque, ni ahora ni nunca, valgo para figurar, saber de todo lo que me pregunte una tele y posar como un star system en la simulada alfombra roja de una redacción de noticias. Lo mío es, otra cosa.

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Una respuesta a “Jijiji, la tele

  1. Pues yo te vi en la tele… de espaldas. Por cierto, muy bueno lo que escribiste del agua. Y ahora me voy que tengo que hacer un bizcocho

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