El superhéroe Hulk

Los acontecimientos ulteriores se vieron definitivamente influenciados por las opiniones anteriores. Y es que todo lo que vino después, estuvo condicionado por los comentarios, algunos no sin malicia, de aquellos que desde hace dos semanas vienen regalándome una apreciación subjetiva que no digo yo que no sea verdad, pero que tampoco pasaba nada si se la hubieran guardado para sus adentros, porque necesario, en sí, no era. Porque aunque uno tenga una naturaleza de por sí pasota, todo el mundo se ve mellado en su autoestima cuando le dicen a cuento de nada algo que no le gusta escuchar y que, en mi caso, se dieron las circunstancias de que no fue uno, ni dos, ni tres, sino unos cuantos los que coincidieron en afirmar que, pudiera ser no digo yo que no, que en los últimas semanas haya cogido unos kilitos de más.
“Oye, ¿tú estás más gordo, no?”, fue a la postre, nunca mejor dicho, lo que vino a propiciar la cadena de sucesos posteriores y en los que, a cuenta de vieja, vinieron a participar casi una veintena de personas, algunas con un papel más destacado que otro. Y no digo yo que en la apreciación no haya algo de verdad, porque de un tiempo a una parte, abro más la puerta del frigo que la del ropero donde guardo el chándal, y es que con tanta lluvia, se me antoja imposible despegarme del pijama por las mañanas. Cosa también de los niños de Haití, ellos pasando hambre y yo dejando que se eche a perder esas tabletitas de chocolate que sobraron de las navidades, esos chorizitos pimenteros regalo de familia, esos buñuelitos a los que se les va a poner mala la crema, en definitiva, no es de justicia.
Aunque la teoría de mi madre también pudiera ser cierta, aquella que dice que se me ha ‘ensanchado’ el cuerpo desde los 30 y adónde quiero ir yo ya con la figura espigada y fibrosa que me ha caracterizado la última década. A esta teoría, la del increíble Hulk, achaco que en episodios anteriores se me rompieran no menos de tres pantalones por sálvese la parte al agacharme y que algunas de las camisas que el año pasado me quedaban como un guante, ahora agonicen sus botones por quedarse fijados al ojal. O sea, que cualquier día exploto la camisa y me quedo con los músculos –algo acolchados ahora, cierto- a la intemperie.
En ésas estábamos cuando hoy amaneció con un rayito de sol asomando por la ventana y me dije “tío, hay dos caminos: o te quedas aquí acurrucaito y asumes tu redondo futuro o en un acto de temeracidad sin precedentes, saltas de la cama, te enfundas en ropa deportiva y sales a ver cuánto duras jadeando hasta que caigas al suelo sin aliento” y, como es uno de por sí valiente, allí que salí a la calle temprano, no sin arrepentirme varias veces por el camino por la nostalgia de mi cama.
Todo iba bien, hasta que paré. Pudo coincidir en el tiempo que, cercano a la meta que me impongo al correr por el río, la Torre del Oro, viese al solecito a un guiri leyendo un periódico y comiéndose un bocata que me hizo reconsiderar de lo acertado de mi decisión matutina, y paré. Vi en el agua a un hombre chapotear, pero en principio no me extrañé. Todos saben que esta ciudad es de locos y cada uno tiene sus apetencias por la mañana, de mí también muchos podían haber pensado lo mismo. Pero algo no iba bien y un sexto sentido me hizo vigilar con la mirada a ese hombre, un buzo quizá, en su camino a la orilla, con cortas inmersiones, y como llevaba esa dirección, no me preocupé.
Sí lo hizo una piragüista, otra loca deportista de las mañanas, que se iba acercando al hombre sospechando que podía necesitar ayuda. Así fue. Enseguida se puso a agitar los brazos. Miré hacia los lados, no vi a nadie y bajé corriendo a un ritmo impensable minutos antes para un trotón a auxiliar si había necesidad.
Aquel hombre estaba asfixiado y no podía, más bien no quería, salir del agua pese a estar en la orilla de piedra. Intenté subirlo yo solo, pero con su peso y la ropa mojada, no podía, mientras la piragüista no paraba de chillarme algo en un idioma raro que me estaba sacando de quicio. Sosteniendo la mano de aquel hombre, con la que me quedaba libre empecé a hacerle señas al guiri del bocata, que raudo bajó temiendo que se le iba a cortar la digestión. Y casi, porque nos pasamos un buen rato tirando de aquel hombre –dejé que la mayor parte del esfuerzo la hiciera el joven guiri que para eso él había desayunado- hasta que conseguimos sacarle del agua.
Eaun Paul, el guiri, y yo, dimos el ok a la piragüista, por lo visto holandesa como Eaun, y empezamos a desnudar a aquel hombre que no estaba para preferir nada, pero que seguro acogió mejor la chaqueta del guiri que la mía sudada. Llamé al 112 mientras Eaun recostaba al socorrido, pero en un despiste, éste se incorporó vueltas las fuerzas e hizo el amago de volver a tirarse. Mi movil se fue al suelo y ayudé como pude a Eaun a reducir a aquel tío, que se había quedado con más ganas de agua. Aquello no era normal, nos miramos el guiri y yo, y seguí insistiendo a los del 112 que vinieran, y pronto, debajo del Monumento a la Tolerancia.
Intentamos tranquilizarle, pero el hombre, más bien un chaval de no más de 35 años, iba tan borracho que sólo decía algo de sus padres y de un coche. Cuando pasados cinco minutos eternos llegó el primer poli motorizado de los 20 que vendrían después, Paco, que así se llama, volvió a intentar el tirabuzón de doble vuelta hacia el agua, pero ya nos cogió prevenidos y lo agarramos, mientras el poli no iba a más de 10km/ hora. “Yo no voy más a buscarle al agua”, le dije al poli apresurándole.
Entonces llegaron otros y, por lo que le sacaron del relato de los hechos, Paco había saltado del puente de Triana. Intentaba sumergirse y acabar con sus problemas de un trago largo, pero el instinto humano de supervivencia le hacía salir a flote, para volver a sumergirse cuando pensaba de nuevo en los problemas del mañana y con resaca, y volver a salir por instinto. Así en esa cadencia, hasta que se le hubieran acabado las fuerzas de no haberlo auxiliado, nos dijo el poli que nos tomó declaración a Eaun y a mí, para informarnos de que acabábamos de realizar “una acción heroica” que yo y Eaun ya nos habíamos felicitado con un “well done” por su parte y un “bien hecho, picha”, por la mía.
Según nos dijo el poli, la acción altruista quedará recogida en los archivos policiales –no me dio tiempo a preguntar si se puede convalidar por una multa de estacionamiento indebido o si me cogen por la calle con un piti- y que, Paco, cuando se recupere, podrá agradecernos personalmente, si quiere. “Me debe un cubata”, me dije, pero quizá no sea aconsejable, para él digo, ni quizá tampoco para mí si tengo que perder esos kilillos de más por los que esta mañana salí temprano.
Si no hubiera sido por aquellos que me han martirizado estas semanas, nada de esto hubiera pasado, así que a pesar de todo en definitiva, gracias, porque los superhéroes, también Hulk a pesar de que ensanche, tienen que estar en forma por si alguien les necesita.

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4 Respuestas a “El superhéroe Hulk

  1. Estoy fliping, como Eaun (¿no podías haberte encontrado con un guiri de nombre romano?) al principio iba a decirte que estaba con tu madre en lo de la teoría del ensanche pero ahora no hago más que pensar en Hulk, el pelirrojo. Esta noche soñaré contigo, como se merecen todos los hombres que emprenden acciones heróicas. Pero anda con cuidado a ver si a Paco le cobran la intervención policial y te busca para echarse al río contigo atado de peso.

  2. Cómo le decía mi tía a mi primo cuando era pequeño “tú no estás gordo, estás fuerte”; y el joío se tenía que comprar los pantalones en la sección de caballeros. Ya te digo.

    Por otro lao, me vuelvo a rendir a tus pies, Antoñito. Ere un fenómeno.

  3. Qué grande eres Antoñito…..no, si todavía te voy a ver recogiendo un diploma el año que viene en el acto de la policía del Lope de Vega.
    Ya estoy imaginandome mi crónica “….entre los galardonados, Antonio Fuentes, compañero del Diario que no dudó poner en peligro su vida para salvar a un joven en dificultades….”

  4. esto no te ayudara a superar tu panico por los puentes….

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