La ceja de Zapatero

No adivino lo que le quedará de presidente de Gobierno, pero a mí, personalmente, Rodríguez Zapatero me hace gracia. Desde el primer momento, cuando en sus inicios le adoctrinaban para que supiera a dónde mirar cuando daba ruedas de prensa. Me divertía ver los gestos de sus asesores enloquecidos porque, el presidente, siempre miraba para donde no era. E imagino que un día su equipo de comunicación le sentó y le dijo “presi, lo de las cejas mola, pero oriéntate” y el hombre practicó y ahora no lo lleva tan mal, me he dado cuenta esta mañana en el Consejo de Ministros, al que casi no llego porque mi orientación recuerda a la de sus primeros días.
Podría aducir que iba distraído, que también, pero con tanta cantidad de policía no acertaba por donde entraba la prensa a los Reales Alcázares. Así que probé por el patio de los naranjos. Y no. Probé por el patio de banderas, creo que se llama y tampoco. Las alertas policiales saltaron cuando un guía de un grupo de guiris se creía que me estaba escapando y empezó a chillarme que volviese con el grupo. Los policías se quedaron moscas mientras yo intentaba zafarme del tío, que me dejase tranquilo que ya tenía bastante con lo mío.
Al final llegué y cuando me dieron paso en el control de acreditaciones, de nuevo me perdí. Porque siempre presumo que el camino más fácil no es el correcto y si mi dicen “p’adelante”, siempre sospecho que recto no puede ser. Entonces me metí por un camino a la izquierda que, tozudo, hasta que no llegué a tocar pared sin salida no paré y tuve que pedir ayuda para volver al sitio de salida, y entonces, me pareció convincente tirar hacia la derecha que, menos mal que me paró uno de seguridad advirtiéndome que, por ahí, sonarían las alarmas, reconduciéndome hacia el camino del centro, recto y lógico, pero aburrido para mi manera de entender las direcciones.
Zapatero compareció pasados unos minutos en rueda de prensa. Sin las niñas, pero con Griñán, que para dar la nota también vale. De cerca, no le he visto mucho, porque la mayoría de las veces sus intervenciones las he seguido de lejos. Pero hubo una vez, sólo una, que casi compartimos mantel.
Se reunió una tarde en Sevilla con los presidentes de Argelia y Egipto, hace como cuatro años. No puedo recordar bien cómo lo hice, pero con el jaleo que se lió me vi de repente integrado a empujones en la comitiva egipcia, con Mubarak a escasos centímetros, y ahí seguí entre guardaespaldas hasta que todos se sentaron en una mesa. Y como no me gusta llevar la contraria, también me senté yo, sin que nadie pareciera advertir una presencia naranja en medio de tanto egipcio.
Cerraron unas puertas y empezaron a poner agua a los comensales. El de al lado me charlaba amigable y yo le sonreía, pero poco tenía que ofrecerle de conversación, la verdad. Así que cuando los españoles que tenía en una mesa de enfrente se empezaron a poner los traductores, me levanté pidiendo excusas en cristiano y me fui dejando un asiento libre. Recuerdo que Zapatero me ofreció una sonrisilla de ésas que tiene él y me arqueó la ceja. Intenté devolverle el movimiento, pero sólo pude torcer la cabeza para simular que levantaba una ceja. Y eso en el caso de que me la viera, que como las tengo rubias, me cuesta más trabajo. Me pasa como con el saludo de Star Trek de los dedos, no me sale. Además yo andaba más preocupado por si la gente de Buteflica me identificaba con un espía internacional y comenzaban allí mismo una Intifada a metralleta limpia.
Esta vez, yo sentado y él de pie, ha sido Zapatero el que me ha levantado esa ceja que me intriga cuando hemos conseguido arrebatarle el micrófono de las preguntas a los periodistas de Madrid. Ni sé lo que ha contestado, porque yo esperaba una respuesta y ésta no ha llegado. Pensaba con esto de las formalidades que en los consejos de ministros los periodistas se presentaban antes de preguntar. Y a mí me hacía mucha ilusión, como en la Casa Blanca, pero será que no es costumbre y me he quedado con las ganas, con lo educado que hubiera quedado. Nada, he ido al grano, creo, porque una cosa era lo que quería preguntar y otra la que he dicho. Pasa que a veces te entran esos nervios por el estómago que te enredas, y sabes como entras pero no cómo sales. Además mi momento venía después de las preguntas de ETA, que siempre salen y en las que el presidente se pone muy serio, como debe ser, pero te corta el punto.
No creo que fuera una venganza de cuando lo dejé allí con tanto musulmán suelto, que parecía ser el único que no se creía que era un guardaespaldas de Mubarak, pero me ha devuelto que no me quedase a comer y se ha marchado sin invitarme. O a lo mejor se ha enterado de que comí el martes con Rajoy, bueno es un decir si a comer se le llama cinco espárragos de lata con mahonesa, que es lo que caté. De todas formas, Zapatero me sigue cayendo bien, aunque tengo que ponerme delante del espejo y ensayar lo de la ceja, por si le vuelvo a ver.

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Una respuesta a “La ceja de Zapatero

  1. Insisto: es esa cosa con alas la que mueve el Mundo. Y como no escribas sobre ella, no nos animamos a dejar un comentario. Dicho de otro modo, la ceja de ZP no nos pone. Agur.

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