El truco del mago

Es de sobra conocido que en el arte del ligoteo todo vale, que las miradas nunca son inocentes, las mentiras son medias verdades, que todas las palabras llevan a Roma. Hay profesionales que, en menos de un chasquido, consiguen su objetivo y otros a los que les cuesta media vida cazar a la víctima de su engaño, aún poniendo en escena todo un arsenal de habilidades.
Entramos en un bar, de ésos en los que en un racheo identificas a los presentes. Un camarero pendiente de la hora, una pareja sentada en una mesa alejada de la barra y de incómodos curiosos, un extraño solitario en la barra con afán de conocer gente, y dos al fondo, que parecen pareja pero no lo son.
El esforzado chico habla en inglés de Móstoles. Reímos su esfuerzo. Ella parece china, de las americanas, y recompensa con sonrisas a su anegado pretendiente. Es algo que les encanta a las mujeres, oír a los hombres hablar sobre ellas. De repente, cuando ya habíamos perdido interés, el chico hace algo que reaviva nuestra atención.
Saca una baraja de cartas, el truco del mago, la estrategia final, el más estrepitoso de los fuegos de artificio, el paso más avanzado de los talleres de seducción, el último trago de la copa.
Cada uno tiene su jugada maestra con la que atrapar al objetivo. Lo comentábamos horas antes: “los sevillanos se apuntan a las cofradías para ligar”. A mí no me convence demasiado la relación, pero mi interlocutor insiste en que las guiris se aprestan a acudir a los ensayos. Cada uno lo intenta con lo que puede y de todos es conocido el fin de la táctica, un gancho, como el que a veces se utiliza para subir a casa.
Porque un verdadero caballero utiliza un pretexto para llevar como señuelo a una honorable dama a su apartamento, algún tema de interés o de belleza que ambos puedan admirar cinco minutos antes de que ella se abalance. Para unos será una guitarra acústica con la que dar unos acordes o unos relatos a medio escribir, para otros una colección de máquinas de fotografiar antiguas o un cerdito vietnamita. Es el cepo. Otras pueden utilizar un libro, un disco de vinilo o la última copa. Conviene distinguir esta práctica de la despreciable del anzuelo, dícese de aquella que trata sobre tener a una persona enganchada aunque te interese otra, esa deshonesta frase de “me gustas muchísimo y estaría genial contigo, pero no en este momento”, que dejaremos para otra ocasión.
Porque el chico de las cartas ha empezado a barajar y ella le mira expectante, también nosotros descarados. Es habilidoso con las manos y, al darse cuenta de que estamos mirando, cambia de posición para que no se le descubra el truco. Ella elige carta, él sigue mareándola y cuando llega la hora de los aplausos, allí aparece la carta deseada. Tachán. Pero rota en cuatro cachitos. A la chica no le convence el final y le pide que la carta vuelva a ser recompuesta a su original, pero eso ya no pertenece a la gala que el prestidigitador daba por finalizada.
Reímos sonoramente y él lo ve claro: necesito cómplices para distraer la atención. Así que nos invita como público y participamos, pero el mago va pelín borracho y sólo distrae con palabrería, las cartas se caen, las picas no se convierten en tréboles y la chica está empezando a preguntarse qué hace allí en ese momento y no en su Virginia natal.
Pero el mago se recompone, acierta por fin en un truco realizado a la chica que forma parte de nuestra expedición (importante, no hacer magia a descreídos) y mientras ella ríe despistada, el ilusionista ilusionado mira hacia atrás para atrapar de nuevo la confianza de su objetivo. Pero ella no está. “Ése que ha sido un buen truco, se te ha escapado a lo Houdini”, nos mofamos, conocedores de que ella sólo ha ido al cuarto de baño a la espalda del mago. “¿Y a quién me follo yo hoy?”, se lamenta el iluso, que corre hacia la puerta ya sin as en la manga.
Cuando la chica-china vuelve del baño, “qué cabrones sois”, da por finalizada su función con nosotros y vuelve con ella. Cuando nos disponemos a marcharnos, parece que el conejo está a punto de entrar en la chistera. Ha guardado las cartas y cuenta los segundos para que la fantasía se cumpla. En un chasquido de dedos, ella no sabrá por dónde han salido esos polvos mágicos que han abierto el cierre de su sujetador.
Sólo se trata de ilusionar, concluimos, jugar con el enigma, el misterio, la diversión, la treta es conocida y vale para una noche. Sin embargo, para conquistar a la dama de corazones, the true love, hace falta más que un habilidoso juego de manos y palabras manipuladoras en la barra de un bar. Sin estrategias ni ganchos. De todos es conocido que lo único que se precisa es que esas técnicas se sucedan tan rápido que un día, sin saberlo, sean tan naturales y cotidianas que no haga falta invocar a la ilusión, porque el hechizo ya convive entre los dos. Porque nada es lo que parece y a un buen mago nunca se le ve el truco.

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3 Respuestas a “El truco del mago

  1. Que romántico eres. Por cierto, te quedaste en cómo se hacía el truco: por si un día nos hace falta. Otra cosa: “un chico anegado” es un chico que ¿ya estaba muy húmedo o era otra cosa?.

  2. sí, un chico empapado, tú me entiendes. es que no se puede ser fisno… y en cuanto al truco, si lo intentamos hacer nosotros, nos metemos un deo en el ojo (cada uno en el suyo, se entiende)

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