La vecina (The return)

23.15 horas. Tocan al timbre de la puerta. Descarto la primera opción de meterme debajo de la cama por si los que tocan son un grupo armado de violadores albano-kosovares y me acerco sigiloso a comprobar por la mirilla a quién se le ocurre llamar a tan intempestivas horas a una casa semi decente. Es mi vecina mujerona, como se recordará de capítulos anteriores, batín con lamparón de natilla, primera temporada, y carta extraviada de amor, un especial navideño.
“Hola, soy tu vecina de abajo”, saluda, más bien sonríe, o sugiere sensual, podría decirse que incluso gime. “Hola, dime, acabo de salir de la ducha”, contesto excusándome por mi apariencia, pantalón de pijama del revés con los bolsillos por fuera, calcetines de ejecutivo y camiseta de tirantes de albañil, soy un clásico. “Jijijiji”, prosigue ella. Un resorte salta en mi cerebro. Ninguna chica ríe así si no está buscando guerra. Esas cosas las reconoce un infatigable soldado del amor.
Vale que en los últimos días tenga el guapo subido, pero es que ya ni en mi casa me dejan tranquilo, pienso para mis adentros. Voy a tener que salir con escoltas, porque es que así no se puede seguir viviendo, qué culpa tengo yo si, por decirlo de manera resumida y objetiva que soy muy modesto, estoy hecho un sex-symbol del siglo XXI. No es justo que una persona sola, un minúscula mota de polvo en este inmenso mundo, tenga que soportar este peso que es que ni yo me aguanto del atractivo que tengo en lo alto. Si es que hasta el mariquita del trabajo me ha dicho hoy cuando me iba: “uy, que chaleco más mono, te sienta muy bien” y he tenido que pararle los pies porque no, uno da para todo y vale que Ricky Martin haya salido del armario, pero eso no quiere decir que todavía no queden heterosexuales de tomo y lomo con sus abanderado sueltecitos donde todo se mueve alegremente.
Una pena lo de Ricky Martin, por cierto, a ver qué hago ahora con sus discos, porque yo era de los que me creía que era un tío de los de antes, de los que se bañan en varon dandy y no de los que les gusta comer almohada. Con esos himnos de la hombría: “Muevete mamita que me vuelvo loco, emborrachadita de la bomba estás” o ése que sí que se sale, un temazo, el de “she bangs, she bangs, Ay mírala, she moves, she moves”. En fin, nos estamos quedando tan solos.
En todo esto iba pensando mientras la miraba agitarse como un flan y explicarme no sé qué de si la tele me funciona bien y cojo todos los canales, decía mientras miraba hacia dentro del pasillo de lo que, probablemente en un futuro no muy lejano, sea conocido entre los guías turísticos como el piso del amor, ese pequeño reducto donde también los hombres no temen comportarse como son, porque aquí, si se te cae un cacahuete al suelo, no pasa nada, y eso para un hombre, es una tranquilidad. Porque en mi casa cuando se le derrama una cerveza o se le cae un fruto seco a un amigo de ésos que viven en pareja y se levantan con un respingo a buscar una fregona o una escoba como si estuvieran abducidos, se les dice “psss, tranquilo, que ya se recogerá solo”, porque aquí nadie les va a echar la bronca. Yo les veo, orgulloso, cómo se sientan con alivio, calmados, y por eso la casa se me llena los días de fútbol.
Ella seguía dándole vueltas a lo de los canales, con su sonrisita, con su caer de pestañas, con sus piernas cruzadas, y yo que sí, que aquí se ven todos menos Antena 3 porque la tele es nueva y todavía no la he sintonizado, hasta que me he hartado de la conversación y le he dicho que suerte, no sin antes, claro está, hacerle un repaso de arriba abajo, comprobar otra vez que es demasiado alta para mí, que podría llevar sin reparos una camiseta con letras impresas que pusieran “soy de las que tienen los muslos gorditos” y pensar que, quizá, el ombliguillo que asomaba por la camiseta mereciera una oportunidad.
Posiblemente ella esperara que la invitase a comprobar que mi tele funciona bien o, incluso, que bajara en pijama y camiseta a programar la suya, que es una cosa muy de hombres pero, lo siento vecinita, tengo mejores cosas que hacer, porque acabo de salir de la ducha y, a las horas que son, aún no me he recortado los pelillos del pecho, cosa que dejo para los lunes para mantener mi sex-appeal. Otra vez será.

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4 Respuestas a “La vecina (The return)

  1. Además de killer, castigador. A ver pa cuando un manual de lo que hay y no hay que hacer en estas y otras situaciones de alta tensión.

    Si lo haces, te sugiero que le copies la portada a Jorge Molina, que le ha quedao mu mona.

  2. Ni en sueños pierdo oportunidades así.

  3. Te entiendo. La vecina podría haber pensado en ponerse algo más seductor para ir a contarte el camelo de lo de la tele….aunque pensandolo bien , si imagino sus pintas con el pijama al reves y la camiseta de camionero, también tu estarias para salir corriendo pasillo abajo….

  4. Aishh, igual no hay un “otra vez será”…. muy bueno como siempre. Un saludo después de muucho tiempo. Merchita.

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