La memoria frigomiko-selectiva

En uno de esos días de los que nada recuerdas de la noche anterior, se puede jugar a qué imágenes, palabras, nombres se han quedado dentro de la cabeza quizá para siempre. Se descubre entonces qué cantidad de información inútil hay en el cerebro, escondida a la espera de un estímulo. Como a muchos otros, se me da mal recordar los nombres de los semi-conocidos con los que converso unos minutos en esos eventos populosos que ahora tocan pero,  alejado de la más prudente de las reglas, intento adivinarlos en ese momento con la lógica del acierto- error. En unos segundos mis neuronas son capaces de contradecirse hasta el punto de que, lo que en principio me parece una malísima idea, se convierte en el sugerente reto de recibir la más alta complacencia de mi interlocutor si recuerdo su nombre, el de su pareja, o el de su perro, sobre los que ya habríamos conversado en una espontánea reunión anterior.
En los recovecos de la mente pienso hoy después de que ayer no fuera capaz de salir victorioso de ninguno de los numerosos desafíos nominales que se me presentaron en una copa que ofreció el PP. No di ni una pero, sin embargo, cuando esta mañana me preguntaba si definitivamente me he quedado tonto y mi memoria no supera a la de un pez, un estímulo visual la ha puesto a prueba y he salido airoso. Porque no seré capaz de recordar los nombres de personalidades, consortes y mascotas del PP, pero mi memoria es capaz de recordar toda la lista de helados de Frigo y de Miko.

La opción más barata era el popeye pero, siendo precisos y según la clasificación de las madres, no se podría hablar propiamente de helado, porque a su juicio eso se llamaba hielo y te cogía de la garganta. Pero costaba unos 5 duros y estaba más bueno que los flash, aunque sólo los había de naranja y de limón. Había unos niños repipis en mi pueblo que se las daban de muy viajados que aseguraban que los habían visto de otros sabores, como de menta, pero ese extremo no lo he llegado nunca a confirmar y, de lo que recuerda mi mente, eso no pasó nunca.
Yo tengo que reconocer que era más de los flash, de los de dos duros que eran más grandes que los de un duro, aunque algunos amigos de entonces, que hoy serán economistas, pensaban que el de dos duros era un tongo porque salía mejor a cuentas comprarse dos a un duro porque el de dos duros no era el doble de tamaño. Tuve que empezar a darles la razón cuando salió el de dos duros a dos sabores y ellos se compraban dos a un duro y les duraba más que a mí. Toda esta disputa que tan bien recuerda mi mente se vino abajo cuando salieron los flash de cinco duros supergordos, que problabemente era una ingenuosa promoción comercial de la gran Fábrica de Flash para acabar con los que se compraban los flash de un duro. Era igual de largo que el resto pero tres o cuatro veces el ancho, y costaba tanto metérselo en la boca que a veces provocaba cortes en las comisuras de los labios. Luego ya vino otro que era todavía más grande, medio metro de hielo que tenía dos o tres sabores, pero que fue la muerte por ambición de la familia flash, porque hoy a los niños apenas les veo comerse estos hielos a los que las madres siempre culpaban de los refriados de garganta.
Y me parece mal, porque el flash era un estilo de vida y fomentaba las relaciones personales. A todo el mundo no podías dejarle que le diera un bocaito a tu flash, tenías que tener confianza en quien te dejaba las babas allí o, si no, te arriesgabas a esa extraña maniobra de cortar un pedazo con las manos y entregárselo pringoso en las manos al otro con el riesgo de que aquello se resbalase y hubiera que empezar de nuevo. E incluso fomentaba la solidaridad, porque si un buen amigo te pedía disfrutar de lo mejor del flash, ese caldito del final que era ya la apoteosis del sabor, tú se lo dabas como muestra de amistad. O no, y que le dieran por culo. Aunque siempre sospeché que de quien te pedía un trocito aprovechaba para sorber y llevarse un poco, mira que me fastidiaba eso.
Y después estaba el frigodedo, que en mi opinión, bien, sobre todo por el sabor cocacola del índice, y ya en la categoría de helado helado según las madres el frigopie, a mi gusto, una auténtica aberración en todos los sentidos salvo por las bromas a las que daba lugar.
En buen lugar se encuentra también el incombustible Calippo que quita el hipo, el twister, muy bueno y, para mí sin duda el más grande en relación calidad-precio, el mikolápiz, helado de ¿vainilla? con una mina de chocolate. Una maravilla de la ingeniería heladística, con ese palo redondo que permitía girarlo para poder sacarle punta, y que cuando se acababa, podías coger la base en la que se apoyaba el helado para usarlo como una peonza improvisada. Versiones posteriores añadían nuevas funcionalidades, el palo era un silbato o contenía caramelos. Y lo que era lo mejor, igual que los popeye podías repetir si te tocaba premio, con lo cual la ilusión al comérselo era mayor, porque después podía venir otro y si no venía, no había desilusión porque aún estabas saboreando la mina de chocolate. Y tocaban muchos. Era sin duda, el mejor.
Ya por último y aunque me cogió con la litrona en la mano y no pude hacerle mucha fiesta vino el colajet, una suerte de cohete que aunaba cola, vainilla y punta de chocolate. Una mezcla arriesgada, pero exitosa. Ya se escapaban del presupuesto los cucuruchos, el almendrado (el favorito siempre de mi madre) y el superchoc (creo que en mi comunión me compraron uno) . Y había algunos que eran imposibles porque “llevaban alcohol” (léase copa brasil).

Por todo ello concluyo que no he de preocuparme porque no recuerde ciertas cosas de los señores del PP y recomendarles que la próxima vez, de haberla, lleven todos un helado en la mano para que pueda diferenciarles y acordarme bien a la siguiente, porque tengo una memoria frigomiko-selectiva.

Anuncios

6 Respuestas a “La memoria frigomiko-selectiva

  1. Jajajaja, me ha encantado aunque te hayas olvidado de uno de mis preferidos, el ” Drácula”. Era un helado entre morado y negro, relleno de una indescifrable capa roja y blanca. Que buenos tiempos aquellos de los flash en los que deseabas que se derritieran para beberte ” el caldito”. Durante mucho tiempo tuve incluso heridas en las comisuras de los labios de tanto chuperretear los plásticos.
    Ah, me debes uno de Nancys y Leslies.

  2. Muy mal toro,muy mal. Esperaba mas de ti. Tu, con tus estudios universitarios que te apartaron de tus amigos a tan temprana edad, tienes en tu amplio saber temas mas interesantes de que hablar. Un besito. Y si quieres te recuerdo yo de que y por que te falla la memoria a corto plazo…….

  3. heridas en las comisuras de los labios Y/O boqueras, que eres tu muy “fisno”.

    comisuras ….eso no lo has dicho tu en tu vida! jajajaja

  4. Muy, muy, muy bueno, como siempre. Mi preferido era el frigopié, me encantaba y me encanta… Y es normal que recuerdes las cosas interesantes como la lista de helados y no las personalidades del PP… A Aznar, le ponía yo el frigodedo… pa que lo usase… aunque a este personaje es difícil olvidarlo, sobre todo, si abre esa boquita… Gracias por tus palabras-risas compartidas. Besos

  5. Buenísimo jajaja, me he reído bastante compañero. Qué recuerdos!!!

  6. mi preferido, sin duda, el superchoc, aunque lo probé en eventos y contadas ocasiones. el que más comí, el Calippo, de lima-limón, con caldito al fondo del carton. Una pregunta existencial: alguien sabe cual era el sabor del Friguron???

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s