Nathan Fletcher

Oye ¿sabes que eres igualico que Nathan Fletcher?

El hippie de una tienda de souvenirs en Venecia que pretendía llamar la atención del grupo de turistas al grito de ¡¡Boris Becker¡¡¡, el yonki que tenía menos dientes que una gallina que le dio por decirme que era el niño del Sólo en Casa, la gorda borracha que le decía a sus amigas que enfrente tenía al novio de Guinnie Paltrow, sí, el de los Coldplay, el par de canis del Sopa de Ganso que dudaban si robarle o no al que creían cantante de O`Funkillo, aquellos ojos brillosos que miraban al prota de El último rey de Escocia, la compañera a la que le recordaba a los dibus de los Diminutos o  ésos que me apresuraron a que viera El Código da Vinci, que el malo era mi viva imagen.
A todos ellos, muchos inidentificables, guardo en mis borrosos recuerdos. Más o menos acertados o agraciados, a cada parecido tuve una respuesta. Salvo a la comparación del último sábado. Valga decir que cada vez salgo menos porque, probablemente, más no se podía salir, y reconozco que en los últimos tiempos me asalta la duda razonable de “¿para qué, si sé qué va a pasar, con quién voy a hablar y dónde y cómo y sobre todo cuánto me voy a emborrachar?”. Ese espontáneo raciocinio de que las noches ya no están para mí me asalta, curiosamente, antes de tomarme la primera. Luego hago mía la noche y brujuleo en la búsqueda del bar que ponga la penúltima, que la última ya me la pongo yo.
Siempre, saben los que me conocen, el norte de la penúltima copa me tiene reservado un último bar. Omitiré esta vez el nombre de mi preferido para preservar la intimidad de su amnésica clientela. Allí nadie recuerda haberse visto antes. El lugar no tiene más que otro salvo el destilado de su música y el casi amanecer de su horario. En la carta, garrafón añejo. En la primera línea de barra, buena gente, simpáticos personajes, apenas 35 años de cárcel entre todos.
Esta vez en la puerta jugueteaba con el portero un antiguo conocido, de hace tantos años como recuerdo haber puesto por primera vez una pata en ese tuburio (de tubo, vaso), unos diez o más. Nos reconocimos y entramos, cuando sus amigos dejaron de tomarle el pelo al portero. Entonces uno de ellos, al que me presentaron y ahora no recuerdo el nombre pero que ahora bautizo como “el superflipao”, se me acercó muy serio y empezó a pronunciar aquello ya visto de “¿pues sabes a quién te pareces?” y ante mi fingida inquietud en su respuesta continuó y soltó sin disimulo: “al número 14 de la ASP”. “¿Cómo?”. Pese a todos los pronósticos, “el superflipao” había captado mi atención. “Sí, sí, te digo que es igual que el número 17 de la ASP”, le aseguraba a mi amigo antes de que le interrumpiera para anotarle que, sin que yo hubiera hecho nada, me había bajado tres puestos en la clasificación. “Bueno, suele estar entre el 14 y el 17”, se defendió muy puesto sobre los puestos. Tuve que preguntar, porque no te pueden meter entre los 20 primeros de algo y quedarte tan ancho (vaso).
Resulta que la ASP, que yo pensaba era de tenis, resulta que es lo mismo pero de surf y que el 14 de esa lista mundial (o el 15, el 16 o el 17, según le dé), era Nathan Fletcher, deletreó. Eah, pues siempre aprenderás una cosa antes de dormir, me dije, que pese a que ahora salgas menos, la calle sigue llena de flipaos que se refugian en los bares, eso no cambia.
Bien, hechas las borrachas despedidas y con la burla de mi amigo (“oye, ¿sabes que me ha dicho que el tal Fletcher ése es negro?”), que levante la mano al que le hagan una comparación y no se vaya a curiosear al ordenador.
Resulta que este tío, rubio, con cara de loco (mal empezamos) es australiano (más allá de Chiclana, al este), y según coinciden unos 30 comentarios en su web es gilipollas (bueno…) porque va de surfista agresivo (yo no le he pegado en mi vida a nadie, bueno, a uno que es tonto) y se rompió el fémur en dos en el mismo sitio, en las olas de Pipeline (un poco cabezotas sí) cuando se cayó de la tabla de surf (yo de tablas sólo domino, y no mucho, la de la plancha) al arrastrarlo una ola gigante (OLA).
Como era de esperar, físicamente nos parecemos lo que un huevo a una castaña, según opino. A todos los que me han sacado parecidos razonables sólo tengo que decirles que, por no parecerme, no me parezco ni a mi padre, el señor Fuentes, no el señor Fletcher.

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